Cuando la justicia también transforma a quien la ejerce

4 de Agosto de 2026
Smiling man in a vest with a badge holds a blue poster showing the number 16 outdoors.

 

Texto por Megumi Nagayoshi y Alessandra Rozas

 

A más de 4,100 ms.n.m., la vida en el distrito de Carhuamayo transcurre entre el rigor del frío de la sierra de Junín, las extensas jornadas dedicadas a la agricultura y las constantes historias de migración que marcan a sus familias. En un territorio rural donde la lejanía y el alto costo de los viajes hacen que los juzgados ordinarios parezcan inalcanzables, un conflicto vecinal o familiar puede escalar rápidamente si no hay alguien dispuesto a escuchar. Es aquí donde la justicia de paz se convierte en la vía más humana y cercana para resolver las diferencias y sostener la armonía de la comunidad.

Para Carhuamayo, Judith Atahuaman Panduro no es solo la jueza de paz de Segunda Nominación; es la persona de confianza que ha convertido su despacho en un refugio para el diálogo. Sin embargo, ganarse ese lugar no fue sencillo. "Al principio pensaban que, por ser mujer y joven, no iba a poder", recuerda. En el Perú, las brechas para acceder a estos cargos son enormes: según datos del Poder Judicial de los casi 6,000 jueces y juezas de paz que hay en el país, apenas el 14 % son mujeres. Si a esto sumamos que en las zonas altoandinas la autoridad suele asociarse históricamente a figuras masculinas, el reto de Judith era doble. Sin embargo, ella demostró que la paciencia y la empatía son herramientas más eficaces que la imposición.

Photograph of a group in colorful traditional dresses posing in a courtyard by a white building.

 

Los casos que Judith aborda en su despacho son, en su mayoría, actas de mutuo acuerdo para pensiones de alimentos y situaciones de abandono de adultos mayores o personas en situación de vulnerabilidad. El seguimiento mensual que realiza a los casos de alimentos cumple un rol clave en la prevención de la violencia contra las mujeres. Al asegurar que el padre cumpla con el sustento de sus hijos e hijas, Judith contribuye a reducir tensiones económicas que, de otro modo, suelen escalar hacia situaciones de violencia física o psicológica entre los progenitores. Mes a mes, reúne a las partes involucradas, promoviendo el diálogo para alcanzar acuerdos pacíficos. En este camino, su labor se ha ido nutriendo de nuevas experiencias, lo que le ha permitido conocer otras prácticas y seguir fortaleciendo su trabajo por el bienestar de su comunidad. "No todos somos iguales, cada uno tiene su esencia y su manera de pensar; pero conversando siempre se llega a un consenso y se puede ayudar", explica.

Businesswoman in blazer with glasses, arms crossed outdoors near a railing; yellow building behind.

 

A más de 150 kilómetros de allí, descendiendo hacia el clima más cálido del valle en el distrito de Orcotuna, el paisaje cambia, pero la necesidad de una autoridad legítima y cercana es exactamente la misma. En este lugar, de profunda tradición agrícola y un fuerte sentido de junta vecinal, la historia de transformación tiene el rostro de Valeriano Calderón Chuquihuaccha. Tras 34 años de servicio militar y al poco tiempo de pasar al retiro, asumió el cargo de juez de paz. Sin embargo, al postularse, tuvo que hacer frente a los prejuicios que a menudo enfrentan las personas de la tercera edad para ser consideradas en cargos de autoridad. Muchos en su entorno pensaban que una persona mayor debía descansar o dedicarse exclusivamente a las labores de la casa. Pero él no pensaba igual; para Valeriano, el retiro no era un final, sino una oportunidad para encontrar un nuevo propósito y el inicio de una nueva forma de servir a su comunidad.

Valeriano aplicó la misma iniciativa de sus años en el cuartel: ordenó, limpió y dignificó un despacho que hasta entonces se encontraba en abandono. Rápidamente entendió que la confianza de las personas de su distrito no se exigía, se ganaba con la presencia y el ejemplo. Los resultados hablaron por sí solos: en su primera elección obtuvo 17 votos; en la segunda, el respaldo mayoritario de 80 ciudadanas y ciudadanos de Orcotuna. Desde ese despacho renovado, Valeriano se convirtió en un aliado fundamental para las mujeres de la localidad, atendiendo y canalizando denuncias de violencia física y verbal, y aplicando el marco normativo para dictar medidas de protección.

Three conference attendees seated in red chairs, looking over documents; name badges visible.

 

En los últimos años, Judith y Valeriano han fortalecido sus capacidades a través de iniciativas como Sumaq Justicia, un proyecto implementado por el Poder Judicial y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, con el financiamiento de la Agencia de Cooperación Internacional de Corea (KOICA), enfocado en trabajar con la justicia de paz en zonas rurales. A través de capacitaciones, herramientas y protocolos especializados para atender los conflictos de sus comunidades y abordar las diversas formas de violencia de género, este proyecto se ha convertido en una oportunidad no solo de adquirir conocimientos, sino de intercambiar saberes con autoridades de otros territorios. Así lo vivieron Valeriano y Judith al participar en el curso “Fortalecimiento de las capacidades de los jueces y juezas de paz para la atención de casos de violencia contra las mujeres y los integrantes del grupo familiar”.

Fue precisamente en este espacio donde ocurrió el verdadero punto de quiebre para Valeriano, no solo a nivel profesional, sino también personal. Allí recibió herramientas y protocolos que hoy son su guía permanente para actuar con celeridad ante casos de violencia, pero fue una simple pregunta de las personas facilitadoras la que lo desarmó frente a todos: "¿Cuántos de ustedes le dieron un beso a su esposa hoy? ¿Cuántos les dijeron a sus hijos que los querían?".

Curtido en la dureza de la disciplina militar, hizo silencio. "Llegaba a las 9 de la noche y salía a las 5 de la mañana. No veía a mis hijas. Así, ¿cómo iba a ser un ejemplo?", recuerda. Esa noche marcó un antes y un después en su forma de ver la autoridad. "Al día siguiente me levanté, le di un beso a mi señora y le dije que la amaba. Fui a la habitación de mi hija y le dije que siempre estaría para ella. 'Papi, ¿te has vuelto loco? Si nunca lo has hecho', me dijo". Hoy, Valeriano atiende las denuncias de su comunidad convencido de que la mejor forma de prevenir la violencia es a través de la empatía cotidiana. Ese respeto y cuidado que ahora exige desde su despacho fue el mismo que decidió construir puertas adentro con su esposa e hijas. "Para ser un ejemplo, primero mi hogar tenía que cambiar", afirma.

Group photo of diverse attendees in a conference room, many holding certificates.

 

Cuando la justicia es ejercida por personas de la misma comunidad, que conocen el territorio, comprenden sus desafíos y buscan mejorar continuamente su labor de servicio, las comunidades no solo resuelven sus conflictos: también fortalecen la convivencia, ayudan a prevenir la violencia y contribuyen a construir un futuro más equitativo.

Sus historias, sumadas a las de miles de jueces y juezas de paz reconocidos y respetados por sus comunidades, demuestran que construir un sistema de justicia más humano es una tarea cotidiana.