Los impactos de sentirse solo: ¿el nuevo tabaquismo?
13 de Mayo de 2026
La soledad no deseada es mucho más que un estado de ánimo. Representa un fenómeno social en un contexto signado por una paradoja inquietante: mientras que las máquinas se vuelven cada vez más inteligentes (incluso, sin saber bien qué pasa dentro de esa caja negra), los vínculos sociales se ven amenazados por múltiples factores estructurales, con distintos matices a lo largo de la vida. Algunas de las causas asociadas son: los cambios en las dinámicas laborales —desequilibrio entre la vida laboral y personal, el trabajo remoto, etc.—, la dependencia tecnológica y el desplazamiento de las interacciones cara a cara por un consumo pasivo, el envejecimiento poblacional, las ciudades que crecen sin priorizar la escala humana, la presión social sobre la autonomía individual, la desestabilización de los lazos ocasionada por la pandemia COVID-19, entre otros fenómenos.
Sin embargo, la desconexión social no es un desafío de desarrollo más; es uno que pone en jaque nuestra propia esencia como seres humanos: somos animales sociales y necesitamos de otros. De hecho, nuestra supervivencia como especie dependió —desde sus orígenes— de la vida en grupo, donde la cooperación fue esencial para conseguir alimento, protegerse, cuidar y criar a sus miembros, y expandirnos a cada rincón del planeta. Tal es así que la soledad representa una alarma biológica similar al hambre, que nos avisa que debemos comer, o el dolor físico que nos advierte que algo en nuestro cuerpo no está funcionando correctamente. De hecho, el rechazo social duele y el cerebro lo procesa en la misma región que el dolor físico.
Además, tiene un impacto contundente en la salud y en la longevidad. Las personas con vínculos sociales débiles tienen un 50% más de probabilidades de morir prematuramente; siendo el doble de dañino que la obesidad y cuatro veces peor que vivir en una zona altamente contaminada . Sentirse solo equivale a fumar 15 cigarrillos diarios. ¿Estamos frente al nuevo tabaquismo? Además, cuando este sentimiento se vuelve persistente, predice la aparición de enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares e hipertensión. También es un factor de riesgo que aumenta cerca de un 30% la probabilidad de sufrir ataques cardíacos o accidentes cerebrovasculares . Todas estas razones llevan a posicionarla como una nueva epidemia que, en muchos casos, crece de manera silenciosa.
La soledad no se limita al impacto físico. También empuja a las personas vivir en un estado de hipervigilancia; reproduciendo un sesgo que las lleva a percibir peligros o críticas incluso en situaciones neutrales. A su vez, representa un predictor significativo de la depresión y la ideación suicida. A las personas que se sienten solas les cuesta más ignorar distracciones, persistir en tareas difíciles y regular sus emociones para evitar comportamientos impulsivos . Por el contrario, el estudio más largo —más de ochenta años de investigación— sobre felicidad que viene realizando la Universidad de Harvard sostiene que la calidad de nuestras relaciones es el predictor más sólido y universal de nuestro bienestar.
La soledad también tiene otras consecuencias acumulativas, a lo largo de la vida que se extienden al ámbito educativo y laboral, donde se la asocia al ausentismo, una menor productividad o rendimiento, y una mayor probabilidad de desempleo o abandono escolar temprano. Por otra parte, para la democracia también es una amenaza. La soledad alimenta la polarización, debilita la confianza entre las personas y el sentido de pertenencia, y reduce la disposición de las personas a involucrarse en la vida colectiva; pilares fundamentales para la vida en común.
Por todas estas razones, quizás sea hora de tomarla más en serio y de hacer algo juntos, antes que sea más difícil dialogar, cooperar y construir soluciones comunes. En PNUD queremos sumarnos a esta conversación pública y, por eso, mapeamos más de 100 iniciativas para combatirla. Su selección se basó en: la mención explícita de la soledad (al menos en sus objetivos), su inclusión en estrategias nacionales o locales, la existencia de evaluaciones que demuestren su efectividad y su potencial de replicarse en otros contextos. La diversidad de este mapeo —que incluyó iniciativas de distinta procedencia, alcance, enfoque y horizonte temporal— nos recuerda que no existe una solución única para un problema tan complejo. De ahí que, con esta línea de investigación, procuramos poner de manifiesto que la conexión social y el bienestar —ambos elementos intangibles— son también objetivos de política pública.