El Caribe sabe de respuesta a desastres. Ahora debe liderar en la gobernanza del riesgo.

28 de Julio de 2026
Four construction workers in safety vests and hard hats pose with shovels on a grassy field.

En un entorno de financiamiento cada vez más restringido, los países que invierten en datos de riesgo, que fortalecen los sistemas de inversión pública y que desarrollan carteras de proyectos bien preparados, estarán en una posición mucho mejor para acceder y desplegar el financiamiento de manera eficaz.

PNUD Jamaica

Cada año, cuando comienza la temporada de huracanes en el Atlántico, los gobiernos de todo el Caribe activan planes de emergencia, prueban sistemas de comunicación, preposicionan suministros de socorro y movilizan a las comunidades. Estas medidas reflejan décadas de experiencia adquirida con esfuerzo en la gestión de huracanes, algunas de ellos entre los más destructivos del mundo. 

Pero para cuando el primer huracán se registra en los pronósticos, muchas de las decisiones que determinarán su impacto ya han sido tomadas. 

La solidez de la infraestructura y los servicios públicos, la calidad de la ordenación del territorio, la robustez de las instituciones y la disponibilidad de financiamiento para la recuperación no son decisiones que se toman en los días inmediatamente previos a que un huracán toque tierra. Son el producto de años de decisiones políticas, inversión pública y gobernanza. 

La siguiente fase para el Caribe es gobernar aún mejor el riesgo, para integrar la resiliencia en las decisiones cotidianas que moldean los procesos de desarrollo. Esta es la esencia del desarrollo informado por el riesgo: planificar, invertir y gobernar de manera que se reduzca el riesgo futuro antes de que ocurra un evento peligroso. 

Gobernanza del riesgo: la próxima frontera de la resiliencia 

El liderazgo del Caribe en la promoción de un enfoque integral de la gestión del riesgo se remonta a finales de la década de 1990, cuando contribuyó a dar forma al Marco de Acción de Hyogo (2000-2015) a nivel mundial, y al posterior Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres (2015-2030). Sin embargo, las profundas transiciones institucionales y de gobernanza necesarias para capitalizar plenamente estos cimientos siguen sin haberse materializado por completo. 

El panorama actual de riesgos exige que los abordemos en su totalidad. Desde 1995, los ciclones tropicales han causado pérdidas que superan el 10 por ciento del PIB anual en al menos veinte ocasiones en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo del Caribe. 

Los huracanes ponen a prueba la solidez de las economías, las finanzas públicas, la infraestructura crítica, las cadenas de suministro y las instituciones públicas. Una sola tormenta puede perturbar el turismo, dañar las redes de energía y transporte, afectar los sistemas de salud y revertir años de progreso en el desarrollo. No se trata simplemente de desafíos de gestión de desastres, sino de desafíos de desarrollo. 

Es por eso que la gestión del riesgo debe convertirse en una función central del gobierno, integrada en la forma en que los países planifican, invierten y prestan servicios públicos. La gobernanza del riesgo es la forma en que los gobiernos ponen en práctica el desarrollo informado por el riesgo, al integrar el riesgo climático y de desastres en cada decisión política importante – desde la presupuestación y la inversión pública hasta la prestación de servicios esenciales como la salud y la educación – asegurando que la resiliencia se construya a través de los programas regulares del gobierno. 

Más allá de las pérdidas y los daños 

El establecimiento del Fondo para Responder a las Pérdidas y los Daños es un hito importante para la justicia climática y la cooperación internacional. Para los países vulnerables, incluidos los del Caribe, éste representa un reconocimiento largamente esperado de que algunos impactos climáticos no se pueden evitar y que los países en primera línea no deben soportar esa carga solos. 

A principios de 2026, el Fondo ha conseguido alrededor de 800 millones de dólares en promesas de contribuciones a nivel mundial, con 340 millones de dólares disponibles a través de su primera ventana operativa. Un hito importante, sin duda, pero muy por debajo del nivel de financiamiento requerido para hacer frente a los crecientes costos del cambio climático. 

Quizás el mayor valor del Fondo de Pérdidas y Daños, más allá de los recursos que proporciona, son los diálogos que fomenta sobre el financiamiento para la resiliencia. Si los riesgos climáticos se están volviendo sistémicos, entonces la resiliencia ya no puede depender del financiamiento que llega solo después de que ocurre un desastre. Se requiere una previsión que combine la inversión nacional, la mancomunación de riesgos a nivel regional, los seguros, el financiamiento contingente, el financiamiento multilateral para el desarrollo y mecanismos como el Fondo de Pérdidas y Daños, en una estrategia de financiamiento de la resiliencia coherente. 

En un entorno de financiamiento cada vez más restringido, los países que invierten en datos de riesgo, que fortalecen los sistemas de inversión pública y que desarrollan carteras de proyectos bien preparados, estarán en una posición mucho mejor para acceder y desplegar el financiamiento de manera eficaz. 

El Caribe ya ha demostrado el valor de este enfoque mediante el desarrollo de bienes públicos regionales y su promoción a través de instituciones dedicadas. La Agencia para el Manejo de Emergencias de Desastres del Caribe (CDEMA) fortalece la coordinación regional en la preparación y gestión de desastres; el Banco de Desarrollo del Caribe (CDB) amplía la inversión en infraestructura resiliente; el Centro de Cambio Climático de la Comunidad del Caribe (5Cs) ayuda a los países a integrar la resiliencia climática en la planificación del desarrollo; y el Centro para las Energías Renovables y la Eficiencia Energética del Caribe (CCREEE) promueve la transición de la región hacia la energía limpia. 

Junto con mecanismos regionales como el Mecanismo de Aseguramiento contra Riesgos de Catástrofes del Caribe (CCRIF), forman una arquitectura de resiliencia regional interconectada, que aporta conocimientos complementarios a las prioridades regionales compartidas, al tiempo que profundizan el liderazgo en sus respectivas áreas. 

La verdadera medida del éxito en este momento sería cuán eficazmente traducimos estas prioridades en la toma de decisiones gubernamentales cotidianas para garantizar resultados de desarrollo resilientes. 

Liderando el próximo capítulo de la resiliencia 

A medida que los riesgos continúan evolucionando, los países y las regiones que integren cuanto antes el riesgo en la planificación, la inversión pública y el financiamiento, estarán en una mejor posición para salvaguardar vidas, medios de subsistencia y los logros del desarrollo mañana. Actores regionales e internacionales promueven un claro llamado a la acción dirigido a los países del Caribe para planificar con antelación la respuesta y la recuperación, así como para fortalecer la gobernanza del riesgo. 

El Caribe se ha ganado el reconocimiento mundial por su liderazgo en la preparación y respuesta ante desastres. Esta experiencia es ahora uno de sus mayores activos en la protección de sus propias comunidades, y también puede contribuir a la forma en que el desarrollo informado por el riesgo se entiende y se pone en práctica en todo el mundo.