Sembrar igualdad desde el campo: cuando cambiar un hábito transforma una vida
12 de Mayo de 2025
Por: Camila Salcedo Moncaleano, asociada para la transversalización de los enfoques diferenciales
Voces que transforman
“A mi familia este proyecto les ha servido muchísimo. Verme a mí trabajar el maíz ha empoderado a mis hijas. Yo tengo unas hijas que no les gustaba casi el campo y ahora están empoderadas a trabajar en la cosecha del maíz… Este cambio ha sido muy espectacular en mi familia.”
— Luz Fay Méndez, Asociación de productoras Asmutol
Cuando una mujer transforma su relación con el campo, transforma también su entorno. Sus hijas, su comunidad, y las futuras generaciones encuentran en su ejemplo una nueva posibilidad de vida. Así lo han demostrado las más de mil mujeres rurales que participan en el proyecto Cosechando Igualdad y Sostenibilidad en los Montes de María y el sur de Córdoba.
¿Por qué hablar de hábitos y estereotipos desde el enfoque de género?
Modificar hábitos y cuestionar estereotipos no solo es posible, sino urgente, si se quiere construir sociedades más justas, equitativas y conscientes. En contextos rurales donde los roles tradicionales aún definen la vida cotidiana, el enfoque de género ofrece una lente para transformar prácticas personales y colectivas.
Los hábitos, como explica James Clear, no se eliminan, se reemplazan. Esto ha sido clave en la estrategia del proyecto: en vez de imponer cambios abruptos, se diseñaron 27 prácticas transformadoras que las familias pudieron adoptar progresivamente, con acompañamiento técnico y psicosocial.
Por ejemplo, una de estas prácticas consistió en redistribuir el cuidado y visibilizar el uso del tiempo para actividades remuneradas, de cuidado y de autocuidado; lo que permitió que muchas mujeres asistieran a las escuelas de campo, talleres, formaciones y participaran en decisiones productivas organizacionales y familiares.
Estereotipos: estructuras invisibles que se transforman desde lo cotidiano
Los estereotipos de género funcionan como atajos mentales que limitan lo que las personas pueden ser o hacer. Se aprenden desde la infancia y se refuerzan en el hogar, la escuela o los medios. Pero también se pueden desaprender.
Para ello, el proyecto no solo trabajó desde la capacitación técnica, sino desde el acompañamiento psicosocial. Como señala BJ Fogg: “Las emociones crean hábitos. No la repetición.” Por eso, se buscó que las nuevas prácticas conectaran con emociones positivas como el orgullo, la autonomía o el sentido de justicia.
Así lo expresa Ruth Esther Doria, joven lideresa de la asociación de productores Proalsi: “Me siento muy feliz de haber logrado una alianza comercial dado que se puede generar ingresos económicos tantos para mí como para otras personas. Esto ha cambiado internamente para mí y me ha empoderado, he visto más recursos económicos, me ha dado experiencia y mucho conocimiento. Este proceso ha generado que los productores que hacen parte de la asociación de Proalsi me vean de forma diferente, para bien, dado que como soy joven estoy aportando nuevas estrategias, nuevas formas de generar beneficios tanto para mí como para los asociados. Uno de mis mayores retos es conquistar a más mujeres jóvenes que hagan parte de estos procesos, que puedan enamorarse del campo de lo que son como mujeres campesinas, que se apropien del campo, que miren el valor tan grande que tiene el campo y ellas puedan hablar desde su experiencia como mujeres.”
¿Cómo acompañar la transformación?
Para que estos cambios se sostengan en el tiempo, el proyecto se estructuró sobre cuatro enfoques transversales: agricultura sostenible, comercialización colectiva, fortalecimiento organizacional y transversalización de género. Esto permitió impactar seis áreas clave de la vida familiar de las mujeres:
Acceso a activos productivos: Esta área se refiere a la disponibilidad y control que tienen las mujeres sobre recursos como tierra, herramientas, maquinaria, insumos y animales. Tradicionalmente, estos activos han estado en manos de los hombres, lo cual limita la autonomía económica de las mujeres. Reconocer quién accede y quién decide sobre estos recursos es el primer paso para redistribuir el poder en el ámbito productivo.
Toma de decisiones productivas: No basta con que las mujeres participen en actividades económicas; es fundamental que también tengan voz en las decisiones relacionadas con qué se produce, cómo y para quién. Esta área visibiliza quién define las estrategias productivas y si las mujeres pueden influir o liderar esos procesos dentro del hogar o la organización.
Acceso a servicios financieros: El acceso a créditos, ahorros, seguros o subsidios no es neutral. Las barreras sociales, culturales o incluso administrativas suelen dejar por fuera a muchas mujeres. Esta área busca identificar si las mujeres pueden acceder a servicios financieros en igualdad de condiciones, y si cuentan con la información y confianza necesarias para hacerlo.
Uso del tiempo: Las mujeres dedican más tiempo que los hombres al trabajo no remunerado, como el cuidado de niños, personas mayores, personas con discapacidad, enfermos y labores del hogar. Esto limita su disponibilidad para otras actividades como la educación, el descanso, trabajo remunerado o la asociatividad. Esta área permite evidenciar sobrecargas, identificar posibles redistribuciones y valorar el tiempo como un recurso clave para lograr el empoderamiento económico de las mujeres.
Asociatividad: Participar en organizaciones, asociaciones productivas, redes o grupos fortalece la voz y la acción colectiva de las mujeres. Sin embargo, muchas veces enfrentan obstáculos para integrarse o asumir roles de liderazgo. Esta área analiza si existen espacios seguros y equitativos para la participación y si las mujeres se sienten representadas.
Toma de decisiones ambientales: El cuidado del entorno natural y la toma de decisiones sobre su uso también están atravesados por desigualdades de género. Situación que merece especial atención teniendo en cuenta que las mujeres tienen mayores niveles de vulnerabilidad a los impactos del cambio climático. Esta área busca identificar si las mujeres participan en decisiones sobre el diseño e implementación de medidas de mitigación y adaptación tales como: la gestión del agua, la tierra, los bosques o los cultivos, y si su conocimiento, necesidades y expectativas son tenidas en cuenta durante la deliberación.
La estrategia metodológica para transversalizar el enfoque de género contempló el diseño e implementación de acciones afirmativas que facilitaran la adopción de las nuevas prácticas transformadoras de género en las organizaciones y las familias. Esto ayudó a que los cambios fluyeran y el reemplazo de los hábitos negativos fuera progresivo.
“Este proyecto nos ha impactado a nosotras las mujeres porque nos está involucrando más en las labores del campo… normalmente eso lo hacían los hombres. De pronto esas eran las costumbres de siempre que el hombre se dedicaba al campo y las mujeres solo a las cosas del hogar. Hemos profundizado en el tema de la técnificación, que es el aprovechamiento de la tierra, nos han dado muchas capacitaciones. Hemos asistido a capacitaciones… la mayoría mujeres, a veces los compañeros. Las capacitaciones nos han enseñado cuánto produce una hectárea de ñame, cada cuánto se le han apliques, esas cosas que uno a veces desconoce como mujer. Hemos tratado temas de género, ese es un tema que impacta la mujer rural porque nosotras creemos de que el acoso, por ejemplo, no teníamos idea que si alguien nos tocaba eso era una forma de violencia sexual. Esos casos se presentan y por desconocimiento de esos tipos de violencia no hacemos denuncias.” Leonor Pinillo, Asociación de productores de San Isidro
Gracias al seguimiento constante del equipo territorial, las familias han comenzado a incorporar nuevas prácticas como:
Mujeres liderando procesos productivos.
Participación de mujeres en decisiones organizacionales.
Negociación directa con aliados comerciales.
Acceso a cuentas bancarias y billeteras digitales.
Contratación de mujeres de las organizaciones como asistentes técnicos, contadoras o auxiliares administrativas para la ejecución del proyecto.
Contratación de ingenieras agrónomas para conformar los equipos técnicos territoriales del PNUD. Ellas son las encargadas de las escuelas de campo, el seguimiento al cumplimiento de indicadores y la asistencia técnica a productores y productoras.
Sembrar desde lo pequeño, transformar a lo grande
Con el fin de maximizar el impacto del acompañamiento, evitar resistencias dentro de las familias y promover la apropiación de nuevas prácticas, se definió un listado de 27 prácticas transformadoras de género. Estas prácticas se abordan desde los cuatro enfoques transversales del proyecto y permiten medir su adopción por parte de las familias. Además, el proceso se complementa con formaciones, capacitaciones, encuentros territoriales, asistencia técnica y la aplicación del Índice de Empoderamiento Económico de la Mujer Rural (una herramienta que evalúa el impacto del acompañamiento brindado por el PNUD en la transformación de las condiciones de vida de las mujeres). Estas intervenciones no son de corto plazo, todo lo contrario, la transformación de hábitos y prácticas requieren de intervenciones de largo aliento que permitan el rediseño de entornos y rutinas, acompañen las fricciones que se susciten y aporten al diseño de alternativas que resuenen con la emocionalidad.
Cambiar un hábito o desafiar un estereotipo puede parecer un gesto pequeño, pero su impacto es colectivo. Como señala BJ Fogg: “Cuando empiezas en pequeño, reduces la fricción y haces que sea más fácil tener éxito.”
Ese ha sido uno de los grandes aprendizajes del proyecto: empezar por cambios mínimos, sostenidos, emocionales y acompañados. Porque sin espacios seguros para sentir, reflexionar y reconstruir, los hábitos no se transforman: se imitan. Y eso no es suficiente.
Conclusión
Transformar los estereotipos de género no requiere gestos heroicos ni cambios radicales de un día para otro. Requiere, más bien, comprender que los hábitos se construyen desde lo cotidiano, desde lo emocional y desde el diseño de contextos que hagan más fácil lo justo. Sin embargo, es fundamental que durante las primeras instancias del proceso de transformación las familias cuenten con el acompañamiento permanente del equipo social y de género para garantizar que los hábitos o prácticas negativas se reemplacen por prácticas de género transformadoras. De lo contrario, se va a generar malestar o agotamiento en las familias porque los procesos se quedan en señalamientos a prácticas negativas, cambios superficiales y modificaciones de conductas para “quedar bien”.
Como plantea BJ Fogg, los pequeños cambios son poderosos cuando se sostienen en emociones significativas y se insertan en la vida diaria con intención. Cambiar intencionalmente una palabra, un gesto, o una decisión, puede parecer poco, pero en realidad es la base de una nueva cultura. Porque cuando reducimos la fricción, conectamos con lo que sentimos y diseñamos entornos que acompañan ese cambio, los hábitos dejan de ser una carga y se convierten en actos de transformación.
Referencias bibliográficas
Bem, S. L. (1981). Gender schema theory: A cognitive account of sex typing. Psychological Review, 88(4), 354–364.
Butler, J. (1990). Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Routledge.
Clear, J. (2018). Atomic Habits: An Easy & Proven Way to Build Good Habits & Break Bad Ones. Avery.
Duhigg, C. (2012). The Power of Habit: Why We Do What We Do in Life and Business. Random House.
Fiske, S. T., & Taylor, S. E. (2013). Social Cognition: From Brains to Culture (2nd ed.). Sage.
Fogg, B. J. (2020). Tiny Habits: The Small Changes That Change Everything. Houghton Mifflin Harcourt.
Scott, J. W. (1996). Gender: A Useful Category of Historical Analysis. In Feminism and History (pp. 152–180). Oxford University Press.