Semillas que perduran: biodiversidad, resiliencia y fortalecimiento de los medios de vida rurales
21 de Mayo de 2026
La conservación y el acceso equitativo a las semillas que resguardan nuestra biodiversidad agrícola no solo es un tema técnico: es clave para garantizar la seguridad alimentaria y adaptarnos al cambio climático en América Latina y el Caribe. La región alberga cerca del 50% de la biodiversidad mundial, produce alimentos para aproximadamente 1.300 millones de personas y es centro de origen y diversificación de cultivos fundamentales para la alimentación global, como el maíz, la papa, el frijol, la yuca, el tomate y el cacao.
El Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y su Marco Global de Biodiversidad de Kunming–Montreal, reconoce la importancia de conservar la diversidad genética de cultivos y promover su uso sostenible. La experiencia de Colombia muestra que la ejecución de este marco internacional requiere coordinación, respaldo técnico y financiamiento, lo cual abre oportunidades de productividad, innovación y acceso a mercados. Para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), estas oportunidades se vinculan directamente con prioridades como la resiliencia climática, la reducción de desigualdades rurales y la conservación de la biodiversidad. En este sentido, los proyectos financiados por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM) son un mecanismo clave para traducir este compromiso internacional en acciones territoriales.
La iniciativa FMAM–PNUD “Conservación y uso sostenible de la biodiversidad en ecosistemas secos para garantizar el flujo de servicios ecosistémicos y mitigar los procesos de deforestación y desertificación”, se ejecutó entre 2014 y 2019 en el bosque seco tropical, bajo el liderazgo del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible en articulación con las Corporaciones Autónomas Regionales y organizaciones comunitarias. Esta iniciativa integró restauración ecológica de 1.548 hectáreas, el fortalecimiento de 10 cadenas de valor de productos de la agrobiodiversidad, mejorando los medios de vida de 495 familias y fortaleciendo la gobernanza. Esos esfuerzos demostraron que el rescate de semillas nativas es una estrategia de resiliencia climática y desarrollo local.
Montes de María sobresalió por la fortaleza de su organización social que impulsó transformaciones profundas con el rescate de 17 variedades de fríjoles nativos, ñame orgánico de colores y hortalizas nativas a través del fortalecimiento de organizaciones de base comunitaria. No fue el único territorio transformado; intervenciones similares se desarrollaron en otras zonas del Caribe y en el valle interandino del río Magdalena.
En Montes de María, asociaciones campesinas como ASOBRASILAR y ASOMUDEPAS de San Jacinto (Bolivar) asumieron un rol protagónico en la multiplicación, conservación e intercambio de semillas, así como en la organización de la oferta y la conexión con compradores. Como resultado, especies tradicionales y autóctonas recuperaron un lugar central en la dieta y en la economía local. Se revitalizaron diversas variedades nativas de fríjol –como pintado, cabecita negra, diablito y negrito– que estuvieron en riesgo de perderse.
También se promovió la recuperación del guandul, el ñame, maíces criollos y condimentos propios del bosque seco como el ají dulce y el cilantro cimarrón, esenciales para la identidad gastronómica de la región. Este proceso fortaleció la diversidad intraespecífica disponible para las comunidades, redujo la dependencia de semillas externas y permitió adaptar la producción a condiciones de mayor variabilidad climática.
Este enfoque se replicó con éxito en territorios como Dibulla (La Guajira), Aipe (Huila) y Natagaima (Tolima), donde el impulso a la agrobiodiversidad se vinculó con cacao y otros productos agroforestales. Esta amplitud evidenció que la conservación puede ajustarse a contextos ecológicos distintos manteniendo un objetivo común: mejorar los medios de vida mientras se restauran funciones ecosistémicas.
El apoyo del proyecto permitió que las semillas dejaran de estar restringidas al autoconsumo y se integraran en mercados diferenciados, generando ingresos, empleo y reconocimiento cultural. Cerca de mil personas –50% mujeres y jóvenes– lideraron viveros y emprendimientos, mientras el monitoreo participativo fortaleció la gobernanza del paisaje.
En 2026, años después del cierre del proyecto, continúan activas las asociaciones, el bosque seco se mantiene, persisten los sistemas agroforestales y siguen los intercambios de semillas. Estas dinámicas ofrecen evidencia de que enfoques que combinan capacidades institucionales, gobernanza local y conocimiento comunitario son sostenibles y pueden convertir acuerdos internacionales en seguridad y soberanía alimentaria duradera, restauración multifuncional y paz territorial.