El 2021 fue el año de la reactivación económica. La consolidación de la recuperación tiene retos importantes hacia el 2022
17 de Diciembre de 2021
El 2021 se acerca a su fin y en ¿Sabías qué? no queremos despedirlo sin antes hablar de lo bueno, lo malo y lo que preocupa de cara a 2022 desde el punto de vista del desempeño económico, social y de contención del virus. Esta edición comienza por la gran sorpresa positiva de la reactivación en 2021. La recuperación económica, que, apoyada por el rápido avance del plan de vacunación y la resiliencia de la economía colombiana, ha superado los pronósticos.
Aun cuando la anterior es una excelente noticia, esta recuperación de la actividad agregada no ha estado acompañada por un repunte equivalente del mercado laboral, en especial del empleo formal y el empleo de las mujeres. Por ejemplo, hoy encontramos 5% menos mujeres ocupadas, mientras que para hombres la pérdida de empleos es del 2% frente al nivel precrisis. En el frente de la informalidad encontramos por ejemplo que hoy casi la totalidad de la pérdida de empleos urbanos ocurre en el sector formal.
Este fenómeno del mercado laboral, sumado a un mayor avance de los precios de la canasta de consumo de los más pobres son factores preocupantes que pueden poner un freno a la recuperación de la pobreza monetaria y multidimensional.
Una recuperación rápida de la actividad económica
Cuando finalizaba marzo del año 2020, los primeros casos de COVID-19 ya habían sido detectados en el territorio nacional y el gobierno colombiano, al igual que la gran mayoría de países, decretó medidas de aislamiento obligatorias para disminuir la velocidad de transmisión del virus. Rápidamente se hizo aparente lo que más adelante confirmaron las estadísticas oficiales: una buena parte de las actividades de producción y de consumo dependen del contacto humano e interrumpirlo crearía un choque de una agudeza sin precedente en las cifras oficiales.
Comenzando el 2021, lo peor del choque había pasado –en abril de 2020 la actividad llegó a contraerse 14% frente al mes anterior-, las transferencias de emergencia del gobierno ya estaban llegando a los hogares vulnerables y el proceso de reapertura ya contaba cuatro meses. Aun así, los pronósticos de PIB comenzando el año apuntaban a que el nivel de actividad no se recuperaría hasta el cuarto trimestre de 2022[1]. Hoy, con información a septiembre del 2021, la realidad es muy diferente. La gráfica 1a muestra cómo la producción recuperó desde julio su nivel previo a la pandemia, e incluso se encuentra muy cerca de su tendencia previa. Más aún, de 38 países monitoreados por la OCDE, al tercer trimestre Colombia es el noveno país en términos de la recuperación de sus niveles de actividad (gráfico 1b). Este dato es aún más alentador al tener en cuenta que dentro de esta muestra fuimos el cuarto país con la mayor contracción de la actividad económica en el peor momento de la pandemia (abril-junio 2020).
Este desempeño se ha materializado en parte debido al manejo de la pandemia y en particular el avance del plan de vacunación. Hoy en día Colombia tiene una mayor proporción de población vacunada que Estados Unidos, Alemania o que el promedio de países de ingreso alto (ver gráfico 2). Sin embargo, la calidad de la reactivación no debe medirse únicamente con este rasero. Hoy más que nunca la reactivación debe medirse en términos de empleos generados, ingresos recuperados y mejora en las condiciones de vida de la población vulnerable. Como se hará evidente a continuación, una definición más amplia de la recuperación muestra que persisten retos importantes de cara a 2022 y que la necesidad de una política de reactivación que incorpore esta visión más amplia mantiene su vigencia.
El mercado laboral ha respondido, pero está rezagado y su recuperación ha sido desigual
La primera evidencia de que la recuperación de la actividad no se está traduciendo de manera proporcional en una mejora de las condiciones de la población, y en especial de las mujeres, se encuentra en el mercado laboral. Mientras al finalizar el tercer trimestre del año la actividad económica se ubicaba casi 4% arriba de su nivel previo a la emergencia, aún se mantiene la pérdida del 4% de los empleos por cuenta de la pandemia, lo que representa cerca de 850.000 puestos de trabajo.
Otro factor preocupante, es que la recuperación de puestos de trabajo hasta ahora ha favorecido el empleo de los hombres. Esto representa un riesgo mayor para las mujeres de entrar en una situación de desempleo de largo plazo, y significaría un importante retroceso en términos de la superación de las desigualdades de género. Antes de la crisis había 1.4 hombres ocupados por cada mujer, hoy esta relación es de 1.5, lo cual equivale, en términos absolutos, que para los hombres la pérdida de empleos ronda los 280 mil y para las mujeres es cercana a los 470 mil. La figura 3 muestra que la recuperación del empleo en general está rezagada frente a la actividad económica, y que la de las mujeres lo está aún más.
Otro factor que resulta preocupante es la calidad en la recuperación del empleo. La gráfica 4 muestra que en el punto más crítico de los cierres para el cual hay información disponible, la destrucción de puestos de trabajo estaba explicada en la misma proporción por el sector formal e informal (barra izquierda). Hoy, tras haberse recuperado casi el 90% de los empleos perdidos, el restante corresponde casi exclusivamente a la contratación formal. Lo anterior evidencia una recuperación más lenta del empleo formal en el país, posiblemente por las fuertes inflexibilidades del mercado laboral, profundizando así la ya alta informalidad en Colombia, y por ende, la vulnerabilidad de una mayor parte de la población.
La pérdida de puestos de trabajo y los precios de la canasta de consumo de hogares pobres pueden frenar la recuperación de la pobreza monetaria
Para la mayoría de los hogares vulnerables y de clase media, la principal fuente de ingresos es el empleo, tendencia que se invierte en las distribuciones más altas de ingreso donde la participación de las fuentes no laborales es mayor. De hecho, el empleo y la remuneración del trabajo han sido identificados previamente como factores asociados a la reducción de la pobreza[2].
Como lo mostró la sección anterior, la recuperación de los puestos de trabajo no ha logrado consolidarse. De hecho, 17 de las 23 ciudades principales del país aún no han recuperado todos los puestos de trabajo perdidos por cuenta de la pandemia. El caso de Quibdó es particularmente preocupante, ya que aún tiene por recuperar el 16,4% de los empleos y en 2020 fue por un amplio margen la ciudad principal con mayor incidencia de la pobreza monetaria (66,1%).
Al rezago del mercado laboral se suma el problema de los precios de la canasta de consumo de los hogares pobres. Para entender por qué los hogares pobres han enfrentado una mayor inflación es importante entender dos particularidades:
- En primer lugar, el precio de los alimentos en lo que va del año 2021 ha avanzado un 15%, casi tres veces lo observado en 2019 y en 2020. De hecho, casi la mitad (48%) del avance del IPC total nacional se ha debido a este rubro.
- Segundo, de acuerdo con la última Encuesta Nacional de Presupuesto de los Hogares, la participación de los alimentos en los gastos de los más desfavorecidos es casi tres veces la asignación de los hogares de altos ingresos.
La consecuencia lógica de este hecho puede observarse en el gráfico 4. La inflación que enfrentan las diferentes clases sociales definidas por el DANE es bien diferente. Mientras el precio de la canasta de consumo de los hogares de ingresos altos avanza un 4,11% anual, para los hogares pobres en el último año requieren 6,4% más de ingresos para cubrir el mismo consumo mensual. Más aún, la inflación no solo está afectando a los hogares más pobres de manera diferenciada por la composición de su consumo. En general, el avance de los precios al consumidor se comporta como un impuesto regresivo, el cual tiene un mayor efecto sobre su poder adquisitivo, y, por ende, sobre su bienestar, relativo al de un hogar rico.
Este hecho debería también traducirse en un incremento en la línea de pobreza superior al de años anteriores, haciendo más difícil que las personas que recuperaron parte de sus ingresos con la reapertura regresen a estar por encima de ella. El caso de la pobreza monetaria extrema es más crítico ya que esta se define únicamente a partir del precio de los alimentos -que se han encarecido en un 15% en el año-, pues esta se mide a partir del presupuesto mínimo necesario para suplir las necesidades alimentarias básicas.
El aprendizaje sigue siendo castigado por el menor retorno a la educación pública presencial en algunos departamentos
Como ya fue discutido en una edición anterior de ¿Sabías Qué?, uno de los efectos más graves de las largas cuarentenas sobre el desempeño escolar, gira entorno al efecto amplificador que este puede tener sobre la pobreza, pues no solo pone en desventaja a los hogares más pobres por falta de acceso a herramientas digitales que les permita continuar con su educación, sino que a su vez promueve que estudiantes deserten del sistema educativo, ya sea para responder con responsabilidades dentro del hogar o, así mismo, porque no existen incentivos suficientes para que permanezcan en el sistema educativo.
Si bien el proceso de regreso a la presencialidad de colegios públicos y privados avanza, las cifras más recientes indican que algunos departamentos como Magdalena y Bolívar aún se encuentran muy rezagados. De hecho, la privación que más creció en el Índice de Pobreza Multidimensional con la pandemia fue la inasistencia escolar por la falta de acceso a internet de muchos hogares.
Este menor retorno a la educación presencial no solo representará una recuperación más lenta del índice de pobreza multidimensional, sino que significa una pérdida en la calidad del aprendizaje que está afectando de manera más pronunciada a los estudiantes de colegios públicos ya que la normalización de sus actividades tomó más tiempo. Situación que de no ser subsanada continuará profundizando las brechas de habilidades y oportunidades que brinda la educación privada frente a la pública.
Consideraciones Finales
Este año ha traído muy buenas noticias en el plano económico y de gestión de la pandemia. Pocos esperaban que en julio ya recuperáramos los niveles de actividad previos a la crisis y que a cierre de año casi el 80% de la población hubiera recibido alguna dosis de la vacuna contra el COVID-19. Aun así, estos datos no confirman una recuperación consumada, ni mucho menos indican que las políticas para mitigar los efectos económicos y sociales de la pandemia deban atenuarse.
En esta edición presentamos tres frentes que merecen especial atención para que la recuperación pueda considerarse exitosa en un sentido amplio. En primer lugar, encontramos la generación de empleo. Aproximadamente el 90% de los puestos de trabajo perdidos a manos de la emergencia sanitaria ya se han recuperado. Sin embargo, este noventa ha favorecido el empleo informal y de los hombres. De allí que los esfuerzos de los programas de cooperación internacional y las políticas públicas se enfoquen en la creación de empleo formal para las mujeres. Ello puede lograrse generando incentivos a la creación de este tipo de empleo, además de adelantar reformas estructurales como la reglamentación de la cotización a seguridad de la contratación por horas, o incluso salarios mínimos diferenciales por regiones son propuestas valiosas que deben ser evaluadas[3].
En el segundo frente se encuentra el regreso a la presencialidad en la educación pública. Reunir esfuerzos para que todos los departamentos regresen a la presencialidad en los colegios, no solo disminuirá la carga de cuidado de las mujeres con hijos estudiando en su casa, sino que mejorará la calidad del aprendizaje y la asistencia perdidas por falta de instalaciones y equipo adecuados en los hogares para atender las clases virtuales.
El tercer frente que merece atención es encarecimiento de la canasta de consumo de los más pobres, que ha sido explicado principalmente por el precio de los alimentos. La contención de estos precios desafortunadamente está fuera del alcance de la política monetaria (incremento de tasas del BanRep) y la regulación de los precios puede tener efectos adversos sobre el abastecimiento. Allí, el foco debe mantenerse en proteger la subsistencia de los vulnerables, manteniendo los programas de ingreso de emergencia. De manera más estructural, propuestas como la reducción de los aranceles para hacer los insumos agrícolas menos onerosos[4] pueden resultar relevantes.
La emergencia del COVID-19 se ha traducido en un incremento de las brechas y deprivaciones estructurales para los colombianos. Por esta razón, una política de reactivación incluyente, que tenga en cuenta estos matices de la reactivación, sigue siendo de especial relevancia de cara al 2022.
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[1] Ver por ejemplo, los pronósticos macroeconómicos del informe de política monetaria del equipo técnico del Banco de la República de enero de 2021.
[2] Cecchini, S., & Uthoff, A. (2008). Pobreza y empleo en América Latina: 1990-2005. Revista de la CEPAL. Revista de la CEPAL 94
[4] https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/marc-hofstetter/esta-todo-carisimo/