El agua en bancarrota: la crisis que no estamos entendiendo

13 de Mayo de 2026
Aerial view of a coastal town with winding waterways and marshlands along the shore.

 

Por: Jairo Barcenas, Coordinador proyecto -Área Ambiente y Desarrollo Sostenible PNUD

Hablamos de la escasez de agua en las noticias, en los informes, en los estudios, en el día a día como si fuera un problema técnico: más represas, más tuberías, más tecnología. Pero la crisis es mucho más incómoda de reconocer. No estamos ante una crisis del agua, sino ante una fractura en nuestra relación con la naturaleza.

Y es que hoy, muchos ríos ya no llegan al mar como ha quedado registrado en la historia el Río Colorado. Los humedales desaparecen para dar paso a urbanizaciones, y los acuíferos se explotan más rápido de lo que pueden recargarse. De hecho, se estima que cerca del 85% de los humedales del mundo se han perdido desde el siglo XVIII, según la Convención Ramsar.

La crisis hídrica no es solo escasez. Es el resultado de una relación profundamente desequilibrada entre la sociedad y los ecosistemas que sostienen el agua. Es por esto, que desde una perspectiva ecocéntrica, el enfoque cambia radicalmente: no se trata solo de garantizar agua para consumo humano, sino de reconocer que ríos, bosques, suelos y humedales necesitan volúmenes, tiempos y calidades específicas de agua para sostener los procesos que hacen posible la vida.

 

Entonces: ¿Cuánta agua necesita la naturaleza para seguir funcionando?

El fenómeno de El Niño es una de las expresiones más visibles de ese desequilibrio. Cuando el océano Pacífico se calienta más de lo normal, no solo cambian las lluvias o aumentan las temperaturas: se alteran los ciclos que permiten almacenar, regular y distribuir el agua en los territorios. Las sequías se intensifican, aumentan los incendios forestales y los ecosistemas pierden capacidad para sostener la vida. En un planeta donde humedales, bosques y acuíferos ya están bajo presión, eventos como El Niño evidencian hasta qué punto hemos debilitado los sistemas naturales que sostienen el agua. Por eso, entender este fenómeno no es solo hablar del clima, sino de cómo el cambio climático y la degradación ambiental están llevando al límite nuestra relación con la naturaleza.

 

Más allá de la crisis

Durante gran parte del siglo XX asumimos que el agua era un recurso inagotable. Hoy los estudios cuentan que no es así. Estamos usando el agua más rápido de lo que los ecosistemas pueden reponerla y es que las cifras son contundentes. Cerca de 4.000 millones de personas enfrentan escasez severa de agua al menos un mes al año, y más de 2.200 millones no tienen acceso seguro a agua potable, según UN Water.

A este fenómeno se conoce como “bancarrota hídrica”: una condición en la que los sistemas naturales han sido explotados por encima de su capacidad de recuperación, consumiendo no solo el flujo anual renovable, sino también reservas acumuladas durante siglos.

El problema se agrava porque los ecosistemas que regulan el ciclo hídrico están siendo transformados. En las últimas décadas se han perdido millones de hectáreas de humedales, y numerosos acuíferos presentan tasas de extracción superiores a su recarga natural. El capital hídrico del planeta se está reduciendo, así lo evidencia el informe Global Water Bankruptcy.

La bancarrota hídrica puede entenderse con una analogía simple. En los sistemas naturales existen dos tipos de “activos” de agua:

 

  • Los intereses: el agua que se renueva cada año a través de la lluvia y la recarga natural.

  • El capital: reservas acumuladas durante siglos, como acuíferos profundos, glaciares y suelos.

 

En condiciones sostenibles, deberíamos vivir de los “intereses”. Sin embargo, hoy dependemos cada vez más del “capital”. Es decir, estamos extrayendo agua que tardó siglos en formarse.

En términos simples: no solo usamos lo que el planeta produce, estamos gastando sus ahorros.

Y el problema se agrava. El cambio climático está alterando el ciclo del agua, intensificando sequías y lluvias extremas, y reduciendo sistemas naturales de almacenamiento.

Este modelo insostenible no ocurre en abstracto ni a escala lejana: ya se manifiesta en territorios concretos. La presión sobre el “capital hídrico” global se traduce en tensiones locales, donde la disponibilidad de agua depende cada vez más de cómo se gestiona —o se sobreexplota— en contextos específicos. En ese sentido, mirar a Colombia permite entender una paradoja clave de la crisis hídrica contemporánea: incluso en países con alta disponibilidad de agua, los desequilibrios entre oferta, demanda y gobernanza pueden generar escenarios de vulnerabilidad.

 

 

Un “zoom” a Colombia: abundancia aparente, vulnerabilidad real

Colombia suele considerarse una potencia hídrica. Cuenta con cerca de 2.360 km³ de recursos hídricos renovables al año y una precipitación promedio de más de 3.000 mm anuales, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM). Sin embargo, esta abundancia es engañosa.

Uno de los principales problemas del balance hídrico colombiano es la desigual distribución espacial del agua. Cerca del 80 % de la población se concentra en la región hidrográfica Magdalena–Cauca, donde solo se encuentra alrededor del 20 % de la oferta hídrica del país.

En contraste, las regiones amazónica y pacífica, donde se concentra gran parte del agua, presentan densidades poblacionales mucho menores.

Esta asimetría genera presiones crecientes sobre las fuentes hídricas de las zonas más pobladas. Un ejemplo reciente fue la crisis hídrica que vivió Bogotá entre 2024 y 2025, cuando los niveles del sistema Chingaza descendieron a mínimos históricos debido a una sequía asociada al fenómeno de El Niño, lo que obligó a implementar racionamientos de agua durante varios meses.

A esto se suma el consumo. Colombia presenta niveles per cápita cercanos a 1.988 m³ al año, según la OCDE, reflejando una cultura histórica de abundancia que hoy resulta insostenible.

 

El verdadero problema: gobernanza

La transformación de los sistemas hídricos no ocurre en el vacío. Hace parte de un proceso más amplio asociado al Antropoceno, en el que las actividades humanas han alterado el funcionamiento del planeta.

Cambios en el uso del suelo, deforestación, contaminación y emisiones están modificando el ciclo del agua. Hoy sabemos, además, que varios de los Planetary Boundaries ya han sido sobrepasados, incluyendo el del agua dulce.

En Colombia, esto se traduce en pérdida de glaciares, degradación de cuencas, contaminación de ríos y reducción de ecosistemas estratégicos como páramos y humedales. Por eso, la pregunta no es si hay suficiente agua, sino si sabemos gestionarla.

 

¿Estamos a tiempo?

El futuro del agua en Colombia y el mundo dependerá de decisiones concretas: proteger ecosistemas reguladores, fortalecer la gobernanza territorial del agua y transformar los modelos de producción y consumo.

En un mundo que enfrenta señales crecientes de bancarrota hídrica, países como Colombia tienen una responsabilidad mayor: demostrar que es posible pasar de la abundancia aparente a una sostenibilidad real.

La pregunta es simple, pero incómoda: ¿estamos dispuestos a cambiar la forma en que la usamos antes de que sea demasiado tarde?