La autora recibe flores por parte de su familia el día en que regresa a su casa. Foto: PNUD China

 

El 23 de febrero, un tranquilo domingo por la mañana en Zhengzhou, China, recibí una llamada de un hospital local, informándome que una amiga que me había visitado unos días antes acababa de ser confirmada positiva para COVID-19. Nos dijeron que tendríamos que ponernos en cuarentena médica en el hospital, y me pidieron que me quedara donde estaba hasta que llegaran los trabajadores de salud para transportarnos. No pasó mucho tiempo antes de que aparecieran tres médicos completamente cubiertos. Mientras uno de ellos desinfectaba mi departamento, los otros dos nos ayudaron a mí y a mis padres a completar formularios sobre nuestro historial médico, el historial de viajes recientes y las personas con las que habíamos estado en contacto desde que mi amiga nos visitó.

Antes de salir de nuestra casa, mi madre empacó todas las máscaras posibles. Yo me apresuré a alimentar a mi loro y rápidamente envié un correo electrónico a mi supervisor en el trabajo. Mi padre tomó todas sus tarjetas bancarias y los documentos del seguro de la familia. Cuando abordamos la ambulancia, noté que los vecinos estaban en sus balcones observando. Pensé para mí misma, "si tan solo la sirena no estuviera encendida".

Por supuesto, como todos los demás, había estado siguiendo las noticias sobre COVID-19 todos los días. Pero aún así se sintió surreal el momento en que entré en el hospital. ¿Estaba sucediendo esto realmente? Lo primero que noté fue el fuerte olor a desinfectante. Pero las primeras noticias fueron alentadoras: no hubo anormalidades en nuestras tomografías computarizadas. Además, todos obtuvimos resultados negativos en la primera prueba de ácido nucleico.

Salud para todos

Me sorprendió que no necesitáramos pagar nada. Los médicos nos tomaron muestras tres veces, pero no nos cobraron nada. Todas las pruebas, máscaras, e incluso la comida, eran gratis. Por lo tanto, para mi padre, traer las tarjetas bancarias y documentos del seguro resultó ser completamente innecesario porque los médicos nos dijeron que el estado se haría cargo de todo, incluso si las pruebas dieran positivo.

Una enfermera venía a tomarme la temperatura a cada hora y tenía una libreta llena con mi registro de temperatura, pero siempre tenía puesta una máscara, así que nunca tuve la oportunidad de ver su cara.

Durante los días siguientes, a mis padres se les permitió ir a casa, pero yo no lo hice porque de repente tuve una leve fiebre. Estaría mintiendo si dijera que no estaba asustada. Verificaba compulsivamente mi temperatura y bebía una gran cantidad de agua, lo que no ayudó mucho. Los médicos decidieron tomar una muestra y escanear mis pulmones nuevamente. Ambos resultados dieron bien, pero mi fiebre duró tres días. Temía que esos fueran mis últimos días. Comencé a bloquear noticias sobre la tasa de mortalidad del virus porque no quería pensar demasiado. Traté de darle un giro positivo a las cosas, me distraía escribiendo, haciendo ejercicio y garabateando. Llamaba a todos mis amigos cercanos para escuchar sus voces, fingiendo que simplemente me estaba poniendo al día. Incluso escribí una larga carta a mis padres, por si acaso. El trabajo también continuó, pero a distancia, lo que ayudó a crear una sensación de normalidad y tener algo que me motivaba.

Disfrutaba más que nunca la reunión de equipo de todos los días a distancia, porque todos los miembros de mi equipo me decían que me mantuviera fuerte, y que iba a estar bien. No tienes idea de lo difícil que es estar en esa situación: tienes miedo porque podrías estar infectada por una epidemia letal, pero no puedes compartir tu miedo con nadie porque no sabes cómo hacerlo.

#PasaLaVozNoElVirus

Me sentí muy orgullosa de poder apoyar la campaña #PasaLaVozNoElVirus (#SpreadTheVoiceNotTheVirus, en inglés), que brinda a cientos de miles de personas una plataforma para ayudar a combatir la epidemia generando conciencia. Al continuar trabajando, sentí que de alguna manera, yo también estaba haciendo mi pequeña contribución a la lucha, incluso desde mi cama de hospital.

Recuerdo que una noche tuve una larga llamada con mi pobre amiga que había sido confirmada con COVID-19. Ambas nos preocupamos por nuestras vidas y comenzamos a enumerar las cosas que haríamos una vez que nos dieran de alta. La conversación siguió y siguió, hasta que ambas nos quedamos dormidas.

Esa misma noche fue la primera vez que dormí bien desde que tuve la fiebre. A la mañana siguiente, mi temperatura finalmente volvió a la normalidad. Más tarde, el médico me dijo que probablemente estaba estresada y que la fiebre no fue causada por el coronavirus. Al día siguiente, me permitieron volver a casa. Más tarde supe que mi amiga a la que se confirmó que tenía el virus también se estaba recuperando.

Un momento muy duro

El virus es de naturaleza transitoria, pero el amor y la atención, que tuve el privilegio de recibir por parte de familiares, amigos, enfermeras, médicos y colegas del PNUD, durarán. Todos han estado allí para mí durante mi vida en el hospital.

Sin duda, todo este período ha sido un momento realmente difícil para todos, pero la manera en que las personas han tratado de mejorarlo, a menudo a través de pequeñas acciones o gestos, manteniendo el ánimo, expresando apoyo y mostrando compasión, me ha conmovido. Supongo que esa sería la conclusión más valiosa de mi experiencia con el coronavirus. Un virus puede ser mortal, pero la calidez compartida entre las personas y su pasión por la vida son lo que realmente importa para ganar en esta lucha.

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