“Ya nadie quiere irse”

Primero llegó el agua. Después, la luz. Y con ellas, nuevas razones para quedarse.

29 de Septiembre de 2026

Cuando acceder al agua y la electricidad deja de ser una lucha diaria, surgen nuevas oportunidades.

Foto: PNUD República Dominicana / Julia Ramírez

Nazarena Rodríguez recuerda el día en que abrió una llave y vio salir agua.

"Me puse feliz. No sabía ni qué hacer, me dio una alegría enorme", cuenta.

Durante años, el agua estuvo a más de dos kilómetros de su casa. Nazarena tenía que caminar hasta el río para conseguir lo necesario para cocinar, limpiar y atender a su familia. A menudo, un burro la ayudaba a transportarla de vuelta.

"Por fin los burros pueden descansar”, sonríe con complicidad mientras lo explica.

Su historia se repite en distintos rincones remotos de la República Dominicana. Pero cuando el acceso al agua y la energía deja de ser una lucha diaria, aparecen nuevas posibilidades. Para cuidar a una familia. Para cultivar. Para estudiar. Para emprender. Y, también, para imaginar un futuro sin tener que marcharse.

El agua que devolvió el tiempo

En los municipios de Las Tunas y Las Dos Bocas, en la provincia de El Seibo, vivieron durante años sin agua corriente ni electricidad.

Las familias dependían de los ríos Anamá y Soco, o de quienes podían transportar agua. Rosy Leonardo llegó a pagar hasta 500 pesos dominicanos por semana para que llevaran agua hasta su casa, el equivalente a casi un día de trabajo para un trabajador agrícola.

Cambiar esa realidad exigió algo más que tender tuberías. La propia comunidad tuvo que abrir el camino. Hombres y mujeres cavaron zanjas para construir una red que hoy supera los 15 kilómetros.

"Para enterrar la tubería, hacíamos zanjas con buey y a mano", recuerda Junior de la Cruz.

Hoy, el sistema, que combina bombeo de agua con energía solar y potabilización, abastece a 93 hogares y se está ampliando para llegar a otras 110. 

Para hacerlo posible, desde el PNUD, mediante el Programa de Pequeñas Donaciones (PPD) del Fondo para el Medio Ambiente Mundial, trabajamos con instituciones del Estado dominicano a través de la Empresa de Generación Hidroeléctrica Dominicana (EGEHID), el Ayuntamiento de El Seibo, organizaciones locales, la asociación Guakía Ambiente y el Banco BHD. Juntos, ayudamos a las comunidades a conseguir los recursos necesarios, poner en marcha las instalaciones y asumir su gestión.

Smiling woman in a blue shirt stands in the open doorway of a yellow house.

Rosy Leonardo

Foto: PNUD República Dominicana / Julia Ramírez
Two men bending over a dirt patch, using a power tool in a grassy field.

Junior de la Cruz (derecha)

Foto: PNUD República Dominicana / Julia Ramírez

El proceso también impulsó la organización comunitaria y dio lugar a la creación de la Asociación para el Desarrollo Comunitario de Anamá (ASODECOA), que hoy da continuidad a las iniciativas de agua y vela por su sostenibilidad. En paralelo, el impulso del proyecto mejoró 75 viviendas, ahora más resistentes a las tormentas tropicales, y se han instalado sistemas solares fotovoltaicos en otros 65 hogares, que hoy cuentan con electricidad, iluminación y comunicación.

Para Santa Mercedes, conocida como “Doña Pura”, a sus 82 años, después de una vida entre casas de madera y yagua —construidas con el tejido fibroso de las hojas de la palma real—, goteras y dificultades para conseguir agua, ahora vive en una casa resistente y puede abrir una llave cuando la necesita. Cuenta que se siente bien y hasta se permite imaginar que llegará a los 100 años.

Al noreste del país, en la comunidad de Las Tres Cruces, en la provincia Hermanas Mirabal, Ana Digna de la Cruz Jiménez podía pasar casi toda la jornada cargando agua.

La comunidad también tomó las riendas. Con picos y palas, construyó un sistema que lleva agua desde un manantial hasta depósitos a 250 metros de altura y a más de cuatro kilómetros de distancia. Una planta solar alimenta el bombeo y una red de 12 kilómetros la distribuye.

En esta ocasión, a través del PPD, aportamos el acompañamiento técnico e instalamos la planta solar. Y, junto con Guakía Ambiente y el Gobierno del Japón, movilizamos los recursos necesarios para completar la obra.

Hoy, más de 90 hogares tienen acceso al agua, además de negocios y la iglesia de la comunidad.

Para Ana Digna, el agua no solo llegó a su casa, sino que le devolvió el tiempo para su familia y para ella misma.

Ana Digna de la Cruz Jiménez

Foto: PNUD República Dominicana

Nazarena Rodríguez

Foto: PNUD República Dominicana

Agua para cultivar, y también para regresar

En el municipio de El Memiso, en la provincia de Azua, la agricultura siempre había dependido de una variable que nadie podía controlar: la lluvia. Cuando no llegaba, tampoco llegaba la cosecha.

“Nosotros sembrábamos y se perdía por falta de agua”, recuerda el agricultor Ángel Danilo Mordan.

La comunidad decidió no esperar a que lloviera aportando más de 4.900 jornadas de trabajo para abrir cerca de 20 kilómetros de terreno y construir un sistema de riego. Hoy, el reservorio tiene capacidad para almacenar hasta unos 9,5 millones de litros y abastecer unas 650 hectáreas de tierra, donde ahora crecen guineos, plátanos, yuca, aguacate y hortalizas. El agua se bombea con 418 paneles solares evitando más de 250 toneladas de emisiones de CO₂ al año.

En paralelo, a través del PPD y bajo el liderazgo del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, trabajamos junto a la Asociación para el Desarrollo de San José de Ocoa (ADESJO) y Hope Internacional para apoyar a la comunidad con recursos económicos e instalar el sistema de bombeo que garantiza el acceso al agua, ayuda a la agricultura a adaptarse al cambio climático y mejora los medios de vida. También facilitamos el acceso a tierras para familias que no las tenían y acompañamos a la comunidad en su organización para que la iniciativa pueda mantenerse en el tiempo.

Para José Mordan, estos cambios hicieron posible que volviera a sus orígenes.

A los 18 años dejó El Memiso para buscar oportunidades fuera del campo. Vivió y trabajó en la ciudad y se formó como licenciado en Mercadeo. Años después, decidió volver con su esposa y sus dos hijos.

“Luego que llegó esta ayuda para la comunidad tomé la decisión de regresar al campo con mi familia”, comenta.

Katerin Custodio, presidenta de la Asociación de Mujeres del Memiso, lo resume así: “Este proyecto nos garantiza no migrar a otros lugares. Tenemos una estabilidad para quedarnos en nuestra comunidad y atraer a otras personas”.

Y esa posibilidad también está empoderando a las mujeres: nueve propietarias de fincas cedieron parte de sus terrenos a otras seis mujeres para que puedan cultivar. 

El agua, que antes marcaba los límites de lo que se podía sembrar, empieza así a cambiar también quién puede producir. Y quién puede regresar y echar raíces.

Smiling woman in a colorful patterned blouse with a mask under her chin at an outdoor gathering.

Katerin Custodio

Foto: PNUD República Dominicana / Julia Ramírez
Man in a gray T-shirt stands by a railing with mountains and blue sky behind.

José Mordan

Foto: PNUD República Dominicana / Julia Ramírez

Después de la oscuridad

Durante casi 20 años, los habitantes de la comunidad de Los Limoncitos, en la provincia de La Vega, esperaron algo que para muchos ocurre con solo pulsar un interruptor: que la noche dejará de significar oscuridad.

La respuesta estaba en el arroyo que corre junto a la comunidad.

Hoy, una microcentral hidroeléctrica aprovecha su caudal para generar electricidad para unas 420 personas. Para hacerlo posible, junto a nuestros socios, brindamos apoyo técnico y financiero para la adquisición e instalación de los equipos, y ayudamos a fortalecer las estructuras comunitarias para que fueran los habitantes quienes gestionaran el sistema.

A la iniciativa se sumaron el Ministerio de Energía y Minas y el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales Estado dominicano, así como Guakía Ambiente, Fundación Popular y Fondo Marena, quienes hicieron posible la construcción de la obra de toma, la tubería de conducción y las redes eléctricas.

“La primera vez que llegó la luz, eso fue una alegría, una claridad por donde quiera”, recuerda Clemencia Suero de la Cruz.

Con la electricidad llegaron también cosas que durante años estuvieron fuera de alcance. Joely de los Santos Victoriano puede usar su lavadora y enterarse de lo que ocurre fuera de las montañas a través del televisor. Santos Rosado puede conservar productos y vender bebidas frías en su colmado.

En la escuela, el cambio fue todavía más evidente.

Había tabletas, computadoras, un televisor y un bebedero, pero sin electricidad buena parte de esos equipos no podía utilizarse. “Era todo oscuro”, recuerda el profesor Santos Ramírez. “Después del proyecto todo cambió. Los niños están contentos usando sus tabletas”.

Antes, cuenta Ramírez, muchas personas pensaban en marcharse a la ciudad. Después de la llegada de la electricidad, comenzaron a mejorar sus viviendas, comprar equipos y hacer planes para quedarse.

“Ya nadie quiere irse”, dice con una sonrisa.

El poder de construir juntos

Cuando las personas participan, aportan su trabajo y gestionan sus propias soluciones, los cambios tienen más posibilidades de perdurar.

Esa es la lógica que, desde hace más de 30 años, desde nuestras oficinas del PNUD en la República Dominicana, a través del PPD del FMAM, bajo el liderazgo del Gobierno y junto con más de 200 socios, hemos venido impulsando: llegar allí donde los desafíos son mayores y acompañar a las comunidades para que desarrollen soluciones que respondan a sus necesidades, fortalezcan sus medios de vida y, al mismo tiempo, protejan los recursos naturales de los que dependen.

Este impulso ha contribuido a que más de 100 comunidades rurales tengan hoy acceso al agua y la electricidad, a salvaguardar más de 8.000 hectáreas de bosque, contribuir a la protección de más de 20 áreas protegidas y reducir emisiones de CO₂.

En estas tres décadas, también ha hecho posible la construcción de más de 50 microcentrales hidroeléctricas que proporcionan electricidad renovable a más de 25.000 personas, acueductos solares que abastecen a más de 1.500 hogares y sistemas agrícolas adaptados al cambio climático que han beneficiado a más de 300 productores.

Detrás de cada cifra hay personas como Nazarena, Junior, Ana Digna y Clemencia. Y detrás de cada solución, comunidades que han encontrado herramientas para transformar su territorio y construir un futuro en el que quedarse también sea una opción.