No importa cómo le llamen, la violencia contra las mujeres nunca es aceptable | Lucio Valerio Sarandrea

07 mar 2015

                 Aunque los activistas locales continúa sus esfuerzos para detener la tradición del rapto de novias, se necesita más trabajo para hacer la diferencia. Foto: PNUD Kirguistán

Además de la belleza de sus paisajes montañosos, una de las primeras cosas que se asocian con Kirguistán es el cruel fenómeno del rapto de la novia.

Este ritual consiste en capturar a una mujer joven y retenerla hasta que acepte casarse con su raptor. Leo muchas historias tristes sobre esta práctica, provenientes de varios países en Asia Central y África, así como sus justificaciones trilladas basadas en la cultura y condiciones económicas de pobreza. Pero quizás la historia más sorprendente que he escuchado es el relato personal de una joven a quien llamaré Roza.

Roza fue raptada dos veces, primero a los 19 años y luego a los 23. En ambas ocasiones recuerda claramente los aplausos que recibió el raptor cuando llegó a su casa con ella. Igual que si fueran héroes que regresaban victoriosos de una batalla. Ella era el trofeo.

La primera vez, Roza fue llevada a una habitación bien arreglada y le ofrecieron té y plov mientras su potencial suegra exaltaba las virtudes de su hijo: "una persona muy trabajadora y tranquila". Roza se negó rotundamente a casarse. Muchas otras mujeres de la familia intervinieron en el intento hasta que las discusiones se volvieron tensas y hubo gritos y amenazas. Luego de una larga noche, la dejaron ir. Cuando llegó a su casa, tuvo que enfrentar la ira de su padre por avergonzar a toda la familia y a ella misma. En su opinión, debería haber aceptado el matrimonio con el raptor aunque apenas lo conocía.

La segunda vez que Rosa fue raptada no le ofrecieron ni té ni plov. Fue violada.

Ahora Roza tiene dos hijos con el esposo que ella eligió libremente. Pero sus heridas nunca sanaron y el trauma sufrido la persigue.

Aun así, Roza cree que tuvo suerte. La mayoría de sus compañeras de escuela fueron raptadas al menos una vez. Algunas aceptaron, otras se negaron o incluso se suicidaron. Otras decidieron casarse lo antes posible para evitar ser raptadas. En todos los casos, los mejores años de su vida estuvieron marcados por el temor a la violencia.

Como asesor en estado de derecho para el PNUD en Kirguistán, como padre y como ser humano, adopté el compromiso de ayudar a erradicar este cruel ritual. Ya se ha hecho mucho a través de nuestros proyectos que se centran en fortalecer los marcos legales y mejorar el acceso a la justicia.

Pero no es suficiente. Estudios recientes revelan que, en Kirguistán, 32 mujeres por día son raptadas para contraer matrimonio. Las investigaciones penales son escasas; solo 1 de 700 casos son procesados.

Este Día Internacional de la Mujer, adoptemos el compromiso de trabajar para poner fin a este ritual. No hay novias en esta historia. Solo hay raptos y violaciones, así que ¡también dejemos de llamarlo rapto de la novia!.

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