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¿Cómo explicar el extremismo violento en África?

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Las instituciones débiles y el Estado ausente, así como las brechas persistentes en desarrollo, hacen de África un continente sumamente vulnerable al extremismo violento. Foto: PNUD

África se ha llevado la peor parte de las vidas perdidas, las economías arruinadas y las relaciones fracturadas por el terrorismo. Es el continente donde al-Qaeda inició su guerra contra los Estados Unidos en 1998, al bombardear la embajada americana en Nairobi, Kenia, y en Dar es Salaam, Tanzania; donde Boko Haram secuestró 276 niñas nigerianas en 2014; y donde 147 estudiantes fueron asesinados mientras dormían en la Universidad de Garissa en Kenia a inicios de 2015.

Aunque estos ataques lograron atraer la atención del mundo, la mayoría de personas no sabe que –solo en los últimos 5 años- 33 mil personas han muerto debido a la violencia vinculada al terrorismo en África. El extremismo violento, y los grupos que la impulsan, están amenazando con revertir las ganancias en desarrollo de África, no solo a corto plazo, sino durante muchas décadas.

Los países africanos son particularmente vulnerables a las ideologías violentas debido a la prevalencia de instituciones débiles y territorios donde el Estado está ausente, donde los grupos extremistas pueden germinar. Si añadimos a esto la mala gestión de la diversidad étnica y religiosa, junto a una extensa proporción de la población joven que se encuentra desempleada y cada vez más conectada digitalmente, el continente ofrece las condiciones ideales para el caos.

Siguiendo el ejemplo de otros países, los gobiernos africanos han respondido al extremismo violento principalmente con “mano dura”. Pero estrategia no ha reducido la potencia o el alcance de los grupos extremistas. De hecho, existe evidencia de que una respuesta exclusivamente militar puede ser un desperdicio de recursos, e incluso hacer más mal que bien. Lo que falta es un análisis más profundo de las causas subyacentes, y particularmente de los desafíos en desarrollo.

Algunas personas argumentan que la conexión entre condiciones socioeconómicas y extremismo violento es engañosa porque la mayoría de comunidades pobres o marginales no suelen participar en grupos terroristas. Pero este argumento omite un punto clave: la pobreza, la marginalización social y el distanciamiento de la política son fertilizadores que los grupos extremistas necesitan para sembrar raíces y crecer. Alrededor del mundo, las políticas y respuestas al extremismo violento se fundamentan ampliamente en teoría, en vez de recoger evidencia empírica a través del estudio de las motivaciones personales y factores estructurales que llevan a las personas a cometer actos terroristas.

Recientemente visité Galkayo, en Somalia del Norte, para entrevistar a miembros capturados de al-Shabaab como parte de un estudio en marcha del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sobre las raíces del extremismo africano. Lo que me sorprendió fue que, fuera de su encarcelamiento, estos jóvenes parecían completamente normales, y sus derroteros individuales hacia el extremismo no estaban particularmente impulsados por la religión.

El extremismo prospera bajo las condiciones adecuadas, como aquellas creadas por el conflicto de Somalia, o la fragilidad política y el abandono social en el noreste de Nigeria, donde muchas de las personas entrevistadas citaron la dificultad de acceder a educación, tanto secular como religiosa.

El estudio del PNUD sobre las motivaciones personales de los extremistas –basada en más de 350 entrevistas a antiguos miembros de grupos extremistas en prisiones o centros de transición de Camerún, Kenia, Níger, Nigeria, Somalia y Uganda- es el proyecto de este tipo más extenso realizado en África, si no a nivel mundial.

Nuestros resultados preliminares sugieren que la ideología detrás del extremismo violento es impartida con una estrategia de marketing diferenciada, componiendo mensajes específicos para cada grupo de potenciales reclutas. Para las personas desempleadas o en condición de pobreza, ofrecen trabajos pagados; para las minorías étnicas o religiosas marginadas, prometen recursos a través de la violencia; y para la clase media, predican aventura, un sentido de “propósito”, y un escape a la mundanidad. La ideología muta para explotar las vulnerabilidades de sus posibles reclutas.

Nuestra investigación, que se completará a inicios de 2017, busca proveer a las comunidades, otros investigadores y tomadores decisión con evidencia empírica sobre la cual basar futuras intervenciones.

Una cosa que sabemos con certeza es que la pobreza y el subdesarrollo no pueden seguir siendo ignoradas si algún día buscamos derrotar el extremismo violento. Enfrentando estos temas, en vez de solo fortalecer las capacidades militares y de aplicación de la ley, debe ser una prioridad en cualquier estrategia.

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