| Programa sobre VIH y
Desarrollo |
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Documento de Trabajo No. 6
LA
MUJER EN EL CENTRO DEL ANALISIS
por Elizabeth Reid
RECONOCIMIENTOS
NOTA BIOGRAFICA
Existe un consenso
creciente en el mundo de la asistencia para el desarrollo
de que el desarrollo humano sea quien debe proveer los
lineamientos de trabajo para aquélla en los 1990s. Sin
embargo, mientras las mujeres reciben muy bien esta
noticia, existen pocas bases, si es que las hay, para
asumir que esta ideología beneficiará a las mujeres
más que las ideologías previas de asistencia al
desarrollo, llámense crecimiento económico, crecimiento
equitativo, necesidades básicas o de cualquier otra
manera.
Los orígenes de la
literatura sobre mujeres y desarrollo son casi tan
antiguos como los de la literatura misma sobre el
desarrollo. Los mandatos y las directrices han estado
allí por mucho tiempo. Sin embargo, los recuentos
exitosos son más anecdóticos que profundos, lo que
provoca un cuestionamiento creciente de las estrategias
anteriores.
Hay entre nosotros
quienes, de manera seria pero con sentido del humor y
como respuesta a esta falla crónica, proponen dos
estrategias nuevas pero entrelazadas: la estrategia
radical de procedimientos y la estrategia analítica
radical. La primera consiste en desarrollar un conjunto
de procedimientos que podrían producir un mejor
desempeño de nuestras mujeres en las áreas del
desarrollo. Por ejemplo, todas las misiones responsables
de la formulación de programas o proyectos, los equipos
de implementación y las misiones de evaluación,
deberán estar formados predominante o exclusivamente por
mujeres. Todas las personas consultadas durante esos
trabajos deben ser predominante o exclusivamente mujeres,
y así sucesivamente. Semejantes directrices de
procedimiento -de provenir del PNUD o del CIDA, por
ejemplo-, serían sin lugar a dudas recibidas con gran
desagrado o incluso como ofensa. Es interesante hacer
notar que el anverso, como es la situación presente, no
recibiría tal rechazo.
La estrategia
analítica radical ubica a las mujeres en el centro del
análisis; esto es, en cualquier actividad relacionada
con el desarrollo, el análisis debe empezar en el punto
en que se encuentran las mujeres -sin importar lo que
estén haciendo-, debe ayudar a llevarlas a donde quieren
estar y provocar los cambios que desean. El resto del
mundo (hombres, niños, instituciones sociales o
financieras, economías, etc.) deben estar incluidos en
el análisis, sobre todo, en base a cómo se relacionan
con las mujeres, o en la manera en que pueden contribuir
a lograr las metas de las mujeres. De nuevo, es radical
sólo en cuanto a que el anverso es el modus operandi
aceptado.
Ahora no es el
momento de entrar al detalle de estos procedimientos,
pero sí es el momento de entender el precio que
tendremos que pagar si no ponemos a las mujeres en el
centro del análisis del VIH. El error de no hacerlo ha
traído consigo un costo muy alto en vidas de mujeres, un
costo que está forzando a entender que, para los 1990s y
más allá, el desarrollo humano estará condicionado por
la supervivencia humana; esto es, la supervivencia
humana, no el desarrollo humano, puede muy bien
convertirse en el foco principal de nuestra asistencia al
desarrollo.
Permítanme
extenderme sobre esto, tomando el ejemplo del VIH. El
foco principal de los programas actuales sobre VIH ha
consistido en evitar una mayor transmisión del virus. Me
enfocaré en la transmisión sexual ya que, para las
mujeres, ésta es la vía principal por la que se
infectan.
Las tres principales
estrategias de prevención para la transmisión sexual
más difundidas, particularmente en países en vías de
desarrollo, son: uno, la disminución del número de
parejas sexuales; dos, el uso del condón; tres, la
fidelidad dentro de las relaciones, y el celibato y la
abstinencia fuera de ellas. A éstas, se ha sumado
recientemente una cuarta, a saber, el tratamiento de las
ETSs (Enfermedades de Transmisión Sexual).
No deseo discutir
hoy los méritos de estas estrategias per se, sino más
bien ver su conveniencia como medidas preventivas para
las mujeres y para aquéllos que pueblan el mundo de las
mujeres.
Veamos la primera:
la disminución de parejas sexuales. Datos preliminares
de estudios realizados en Africa indican que entre el 60
y 80% de todas las mujeres infectadas tienen sólo una
pareja sexual. Así pues, esta estrategia no es relevante
en sus vidas. Tampoco lo es para la vida de aquellas
mujeres que, debido a circunstancias económicas, se ven
forzadas a vender o intercambiar relaciones sexuales.
Así pues, para la mayoría de las mujeres esta
estrategia resulta inaplicable e irrelevante.
En segundo lugar: el
uso del condón. Los hombres son los que usan condones.
Resultados obtenidos de programas con trabajadoras
sexuales muestran claramente que algunas mujeres pueden
negociar exitosamente con sus clientes el uso del
condón. Sin embargo, ésta sigue siendo una rara
habilidad entre las mujeres. La mayoría de los hombres
no usan condones, y la mayoría de las mujeres no tienen
la habilidad o el poder para protegerse a sí mismas de
esta manera. Esta es una estrategia para hombres.
Tercera: fidelidad,
abstinencia y celibato. En la etapa actual de la
epidemia, se puede estimar que cada día, cada nuevo
día, 1,500 mujeres fieles son infectadas. Esto es, cada
día, sólo ahora, 1,500 mujeres que no tienen otra
pareja sexual que sus esposos están siendo infectadas.
Este número aumentará conforme aumente el número de
hombres infectados. Existen algunas indicaciones de que
la incidencia de violaciones, particularmente de niñas,
ha ido en aumento y, de hecho, no hay razón para pensar
que esta situación sea diferente por lo que toca al
incesto. La mayoría de las mujeres no tiene poder para
conseguir que, dentro de la relación de pareja,
prevalezcan la abstinencia y la fidelidad de ambas
partes. Para un número cada vez mayor de niñas y
mujeres, el asalto sexual es una realidad. Así que esta
estrategia es inaplicable.
Estos son hechos
desagradables, pero son la realidad que yace tras los
datos epidemiológicos. Las estrategias por las que se
aboga actualmente son estrategias que los hombres, no las
mujeres, tienen bajo su control. Esta es la razón por la
que una de cada 40 mujeres adultas en Africa está
infectada. Es la razón por la que existe un número
igual o mayor de mujeres infectadas que hombres en
Africa. También es la razón por la que, en América
Latina y el Caribe, la proporción de infección
hombre/mujer ha caído de manera tan precipitada durante
los últimos años.
¿Acaso no hay esperanza
para las mujeres? En el largo plazo, tiene que cambiar el
desequilibrio de poder en las relaciones y en la
sociedad, que genera la subordinación de la mujer. Pero,
en términos inmediatos, ¿qué pueden hacer las mujeres
para salvar sus vidas y las de sus hijos?
Si, por un momento,
uno deja a un lado las estrategias actuales y comienza el
análisis con la realidad de la vida de las mujeres,
entonces la primera pregunta es: ¿Existe alguna medida
de protección que la mujer tenga bajo su control y que
le ofrezca protección contra la infección?
Las medidas de
protección pueden dividirse en dos tipos: aquéllas que
al prevenir el contacto con una persona infectada
previenen la transmisión del virus; y las que disminuyen
la eficacia de la transmisión cuando ocurre un contacto
sexual no protegido. La primera, por ejemplo, incluye el
uso del condón, la fidelidad y la abstinencia. Estas
medidas son mucho más eficaces que las del segundo tipo.
Sin embargo, éstas pueden resultar, dentro de todo, tan
eficaces o más, si más personas pudieran llevarlas a
cabo.
De hecho, existen en
cada una de estas dos categorías algunas medidas que las
mujeres en lo individual pueden usar. Es importante que
las empecemos a mencionar.
Uno de los medios
más seguros que se conocen para reducir la efectividad
de la transmisión del virus -esto es, cuando se tiene
contacto sexual no protegido con una persona infectada-,
es que la piel de la zona genital esté intacta (sin
lesiones ni cuarteaduras). Este es el consejo que les
damos a los trabajadores de la salud: la barrera más
eficaz es la piel intacta. Si llegasen a cubrirse de
sangre, lávense inmediatamente. En el área genital, la
piel intacta también protege.
La transmisión del
virus puede facilitarse por la presencia de lesiones
genitales, inflamación, secreción y escarificación.
Las causas de estas condiciones en las mujeres incluyen:
infecciones en el tracto génito-urinario, enfermedades
de transmisión sexual, prácticas sexuales y prácticas
tradicionales de infibulación. Todas las condiciones
genitales que puedan facilitar la transmision del virus
deben ser, a partir de ahora, un foco de atención. Las
mujeres no tienen el poder de cambiarlas todas. Un gran
número son tratables. Otras, en particular las
prácticas sexuales y de infibulación, requieren de
soluciones a largo plazo. Sin embargo, existen muchos
padecimientos que se pueden mejorar, a través del
mejoramiento de la higiene o del tratamiento.
Las mujeres se
pueden ver, cultural y socialmente, obligadas a no hacer
uso de los servicios destinados a las enfermedades de
transmisión sexual, o incluso a no buscar tratamiento
para dolencias genitales; frecuentemente, porque ello no
cuenta con la aprobación social o cultural. Si queremos
habilitar a las mujeres para que busquen formas de
protección, es importante saber si el diagnóstico y
tratamiento de estas enfermedades puede combinarse, por
ejemplo, con otras consultas que requieran un examen
interno. Esto es, si las mujeres no pueden acudir a
recibir tratamiento para esas dolencias, podríamos
identificar servicios a los que ya asisten y en los que
ya están siendo examinadas externamente.
Este análisis nos
llevará a un énfasis más amplio sobre cómo mejorar
los servicios de atención de ETSs, y enfocarnos después
exclusivamente en él. Los hombres y las mujeres con
varias parejas sexuales son los principales usuarios de
los servicios de ETSs. La mayoría de las mujeres no usan
estos servicios y padece de otras condiciones genitales
diferentes a las ETSs, aunque éstas también están
incluidas. Así, un análisis en esta área centrado en
las mujeres, se enfocaría en el diagnóstico y
tratamiento de esos padecimientos genitales, en hombres y
mujeres, que los ponen en mayor riesgo de infección, y
se concentraría en llevar los servicios a lugares
concurridos por estas personas.
Otra estrategia para
disminuir la eficacia de la transmisión puede darse
asegurando que los cambios en la infectabilidad de una
persona en el curso de la infección sean ampliamente
conocidos. La infectabilidad de una persona, es decir, la
habilidad de infectar a otra persona, aumenta conforme
él o ella pasa de la infección asintomática a la
infección sintomática. Mientras que una mujer en lo
individual puede no encontrar la forma de rehusar un
encuentro sexual en general, ella bien podría encontrar
esa manera si su pareja está enferma. En otras palabras,
es posible que ella pueda hacerlo por un corto período,
pero no durante un largo tiempo. El conocimiento sobre la
infectabilidad es un elemento importante en la terapia de
parejas discordantes dentro de nuestra sociedad. En
sociedades invadidas por el virus, esta información debe
darse a conocer lo más ampliamente posible para que
quienes puedan, la usen como medida de protección.
Aparte de las
anteriores, existen cuando menos dos estrategias para
prevenir el contacto con una persona infectada, -el
primer tipo de medidas-, que están bajo el control de
las mujeres.
Se ha dado poca
atención a los métodos de barrera que, a diferencia del
condón, están bajo el control de las mujeres. La
literatura sobre enfermedades de transmisión sexual
distintas al VIH en mujeres indica que los diafragmas
protegen a la mujer, por ejemplo, contra la gonorrea, del
mismo modo que el uso del condón lo hace. No hay razón
para asumir que el condón protege a la mujer mejor que
el diafragma, con o sin espermicida, para el caso del
VIH. Y sin embargo, no se ha prestado ninguna atención
para definir si el diafragma, como medida protectora, es
adecuado.
La segunda
estrategia que controlan las mujeres para prevenir el
contacto con un hombre infectado, en ausencia de otra
alternativa conocida, se está extendiendo cada vez más
en zonas de alta incidencia: es la deserción. Esto es,
simplemente mudarse, alejarse de la casa y de la
relación. Es a menudo una opción de consecuencias
trágicas para la mujer, que bien puede no ser capaz de
mantenerse por sí misma y a sus hijos, cuando puede
llevárselos. En estos casos, la prostitución, y por
ende la infección, puede convertirse en su única
estrategia viable.
Hay una necesidad
apremiante para explorar e identificar más a fondo las
estrategias que una mujer puede tener bajo su control.
Sin embargo, al mismo tiempo debe entenderse que las
estrategias preventivas más eficientes y eficaces son
aquéllas que los hombres controlan. Por ello, deben
continuarse todos los esfuerzos para cambiar la conducta
masculina.
En esta área,
también ha existido una enorme negligencia en el
ánalisis centrado en la mujer. Existen cuando menos dos
instrumentos muy poderosos que aún no han sido
identificados por completo dentro de los esfuerzos para
modificar la conducta masculina. La primera es la acción
colectiva de las mujeres. La segunda es la ley.
Si bien es cierto
que las mujeres en lo individual pueden sentirse
impotentes -y en realidad serlo- para cambiar la conducta
masculina, colectivamente las mujeres pueden lograr
cambios extraordinarios. La historia escrita del
movimiento global de las mujeres durante las últimas dos
décadas está llena de ejemplos. Las mujeres de
Maharastra que decidieron no tolerar más la
alcoholización de los hombres, de sus maridos, se
organizaron en grupos de vigilantes. Como grupo, no
individualmente, salían hacia las cantinas en busca de
los hombres borrachos. Lograron cambiar los patrones de
bebida de los hombres que bebían. Las mujeres Chipko se
amarraban a sí mismas a los árboles para evitar la
degradación ambiental en Nepal. Las mujeres mexicanas,
durante mediados y hasta finales de los setenta, formaron
alianzas entre todo tipo de mujeres en o fuera de grupos
para reducir la incidencia de violaciones y asalto sexual
de las mujeres. Las mujeres de Kenya, cansadas también
de la alcoholización de sus maridos, se unieron para
diseñar estrategias para detener ese comportamiento. Y
los ejemplos siguen y siguen.
Es necesario buscar
modelos de acciones colectivas de mujeres que hayan
cambiado el comportamiento de los hombres en relación al
VIH. Se tiene que convocar a un amplio espectro de voces
y acciones colectivas de mujeres: desde los mecanismos
nacionales que hay para mujeres y sus organizaciones
nacionales, hasta los grupos de mujeres a nivel de aldea
o pueblo. En Kenya aprendimos que si se desea incrementar
los ingresos de las mujeres, no se le puede dar una cabra
a una mujer. Tradicionalmente, las cabras pertenecen a
los hombres. Si se le da una cabra a una mujer, el hombre
la matará cuando él así lo decida y, además, se
quedará con el dinero. Lo que las mujeres hicieron
entonces, fue unirse de manera colectiva. Si las mujeres,
colectivamente, eran dueñas de una cabra, ningún marido
en lo individual podría tomar decisión alguna al
respecto. Necesitamos acciones análogas para enfrentar
esta epidemia.
El segundo
instrumento es la ley. Existe actualmente un proyecto
sobre Las Mujeres y la Ley en el sur de Africa muy
eficiente y activo. Al inicio de este proyecto, y por muy
diversas razones, se decidió que un área importante de
estudio serían las recién introducidas leyes relativas
a la manutención de los hijos. Estas leyes exigían a
los hombres el pago de la manutención de cualquier hijo
del que fueran padres. Uno de los hallazgos del proyecto
de Mujeres y Ley es que ha habido cambios importantes en
el comportamiento sexual masculino. Los hombres están
ahora engendrando menos hijos. Ahora que hay la exigencia
para que provean y mantengan a aquéllos que engendren,
engendran menos.
Esto nos presenta un
modelo importante. Hemos tratado durante mucho tiempo,
por medio de intervenciones legales directas relacionadas
con violación e incesto, de cambiar el comportamiento de
los hombres pero con un éxito muy irregular. El anterior
es un ejemplo muy efectivo de cómo puede usarse la ley
para provocar el cambio de conducta.
Mientras el
análisis primario, hasta ahora, se ha enfocado en la
prevención, se necesita de un análisis similar para
determinar el impacto potencial de esta epidemia en
familias individuales, comunidades y economías y, en
consecuencia, planear respuestas eficientes y efectivas.
Incluso en el análisis centrado en los hombres, por así
decirlo, no estamos muy lejos de entender, describir y
encontrar estrategias efectivas. Pero lo que trato de
enfatizar es lo siguiente: necesitamos partir desde otro
punto, en esta área también; necesitamos comenzar en
los espacios de las mujeres.
Déjenme compartir
con ustedes algunos aspectos de lo que revelaría un
análisis centrado en las mujeres.
Primeramente, la
mayoría de las mujeres infectadas no saben que lo
están. La mayoría de las mujeres no quiere saberlo.
Infectadas o no, ellas deben seguir con su vida diaria.
No hay nadie que las remplace.
Para muchas mujeres
que saben que están infectadas, no hay privacidad, no
hay confidencialidad. La revelación pública de su
estado no está en sus manos. La mayoría de las mujeres
se enteran que están infectadas durante el embarazo o
cuando un pequeño hijo se enferma y es diagnosticado. El
diagnóstico del niño hace público el estado de
infección de la mujer.
Para las mujeres que
saben que están infectadas, lo que domina prácticamente
cada minuto del día son dos emociones primarias: coraje
y culpa. Coraje hacia la persona que las infectó,
normalmente su marido o la persona con la que comparten
su vida diaria. Y culpa, porque habrán infectado a uno o
más de sus hijos.
La culpabilización
es una realidad en la vida de estas mujeres, pues se les
señala como la fuente de la transmisión, aunque -como
se dijo anteriormente- probablemente entre el 60 y 80% de
las mujeres infectadas no lo fueron a través de su
propio comportamiento. El estigma y la discriminación
asociadas con esta enfermedad agobia con demasiada
frecuencia a las mujeres.
Además, los
servicios de apoyo que las mujeres seropositivas
requieren va mucho más allá de las solas medicinas y
cuidados médicos. Estos tendrán que incluir desde el
cuidado domiciliario para mujeres enfermas, la atención
y cuidado para sus hijos, apoyo emocional para manejar el
coraje y la culpa, apoyo social para manejar el estigma,
apoyo legal para disminuir la discriminación, y apoyo
económico, ya que muy a menudo no tendrán manera de
aportar ingreso para el hogar. La principal preocupación
de muchas mujeres infectadas es la manutención y
cuidados -presentes y futuros- de sus hijos,
especialmente porque los padres de esos niños muy a
menudo estarán enfermos o muertos.
El desplazamiento
del trabajo femenino en la crianza de los hijos, en
actividades productivas y de trabajo comunitario para
cuidar de los enfermos, tendrá enormes consecuencias
dentro de esas familias y comunidades. Este
desplazamiento, aunado a las altas tasas de mortalidad en
las mujeres, podría llevar a la desintegración de las
estructuras familiares. Esta situación que puede verse
ya en partes de Africa, llevará a cambiar patrones en la
producción agrícola, lo que posiblemente traerá
consigo una disminución en la producción de alimentos,
y un decremento en el sector del comercio informal donde
las mujeres venden alimentos principalmente. Llevará a
escasez de personal en aquellos sectores formales donde
predominan las mujeres, que también incluyen la salud y
la educación.
Si al analizar la
epidemia del VIH uno incluye un análisis centrado en la
mujer, sea respecto a la prevención o a las estrategias
de desarrollo para minimizar el impacto de esta epidemia,
sostengo firmemente que con ello se podrán identificar
diferentes estrategias y prioridades con resultados más
efectivos que las estrategias actuales. Este no es un
ejercicio académico o feminista. Para las mujeres, es
cuestión de vida o muerte.
Colocar a la mujer
en el centro del análisis nos lleva a muy variadas
tácticas y estrategias. Para las mujeres de hoy, la
ausencia de este análisis en la epidemia del VIH, ha
costado ya tal vez millones de vidas, las suyas y las de
sus hijos. El precio es muy alto para continuar con la
ceguera del pasado. Debemos cambiar.
RECONOCIMIENTOS:
Una primera versión
de este documento fue presentado en la reunión Mujeres y
SIDA: Estrategias para el Futuro, en la Agencia
Canadiense Internacional para el Desarrollo, Quebec,
Canadá, diciembre 6, 1990.
NOTA BIOGRAFICA
Elizabeth Reid es
Oficial Principal del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD) en Nueva York. Antes de integrarse al
PNUD, participó estrechamente con grupos comunitarios
que trabajan con la epidemia en Australia y fue
responsable de la formulación de la Estrategia Nacional
en VIH/SIDA de Australia. Tiene amplia experiencia en el
diseño e implementación de asistencia en desarrollo en
Asia, el Pacífico, el Medio Oriente y Africa.

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