Programa sobre VIH y Desarrollo

Documento de Trabajo No. 1

LA EPIDEMIA DEL VIH Y EL DESARROLLO: EL DESPLIEGUE DE LA EPIDEMIA
por Elizabeth Reid

INDICE

LAS IMPLICACIONES DEL DESARROLLO EN LA EPIDEMIA DEL VIH
LA PROPAGACIÓN DEL VIRUS
EL OLEAJE DE LAS CONSECUENCIAS
LOS RETOS DE LA EPIDEMIA DEL VIH
RECONOCIMIENTOS
NOTA BIOGRAFICA

LAS IMPLICACIONES DEL DESARROLLO EN LA EPIDEMIA DEL VIH

La epidemia del VIH representará un desafío sin precedente para las comunidades, las naciones y la comunidad internacional: un desafío a la supervivencia, los derechos y el desarrollo humanos. Es difícil visualizar los devastadores efectos que la epidemia del VIH tendrá dentro de nuestro tiempo de vida y más allá de él.

 Las consecuencias de la diseminación del virus son inexorables y aterradoras. Las comunidades nacional e internacional enfrentan un desafío: actuar con prontitud y efectividad para limitar una mayor diseminación y para minimizar su impacto.

 El impacto de la epidemia del VIH en los países en vías de desarrollo debe ser entendido dentro del contexto de los problemas sociales y económicos que experimentan, ya de suyo críticos: pobreza, hambruna, escasez de alimentos, sanidad y cuidados en salud inadecuados, subordinación de las mujeres y políticas de ajuste que asignan recursos insuficientes a los sectores sociales.

 Estos factores generan una vulnerabilidad específica ante las consecuencias devastadoras de la epidema. Las penurias económicas y la dependencia conducen a actividades que magnifican los riesgos de transmisión del VIH e implican que muchas personas, particulamente las mujeres, no puedan protegerse contra la infección. Estructuras de poder injustas, falta de protección legal y estándares inadecuados de salud y nutrición, favorecen en su conjunto la diseminación del virus, aceleran el desarrollo de la infección por VIH a SIDA y agravan la condición de quienes ya están afectados por la epidemia.

 El comienzo de la epidemia de VIH en países en vías de desarrollo genera una espiral descendente donde las privaciones sociales, económicas y humanas existentes producen un ambiente particularmente fértil para la propagación del VIH y, a su vez, la epidema del VIH empeora e intensifica las carencias que ya experimentan los habitantes de esos países. No sólo se debe tratar directamente la epidemia por sí sola dentro de los programas de asistencia, sino también sus consecuencias, que impactarán todas las iniciativas de desarrollo existentes las cuales, ya por sí mismas, necesitan ser reformuladas para incluir estas nuevas situaciones.

 Las lecciones importantes que hemos aprendido en estos primeros diez años de responder a la epidemia, son que los cambios de conducta que frenan la transmisión del VIH pueden darse, y de hecho se dan, pero que necesitan del aval de la comunidad y de un ambiente legal que los facilite y los apoye. El cambio de conducta es un proceso que debe incluir esencialmente cambios en las normas y valores comunitarios y sexuales; la disponibilidad de aconsejamiento y de servicios para la prueba, confidenciales y voluntarios; y la creación de un ambiente que permita la posibilidad para hablar de manera honesta y franca sobre la sexualidad y la muerte.

 También hemos aprendido que, para que ocurran cambios sostenibles en la conducta, se tiene que creer en el futuro, o por lo menos, tener un motivo para la esperanza. Hemos descubierto que esto se da cuando las comunidades y los individuos se comprometen en el cuidado de los que viven con el VIH. Sabemos que estos cuidados llevan a la compasión y la atención, atributos humanos ricos y valiosos que yacen en el centro, no sólo de la respuesta a la epidemia, sino del desarrollo humano en sí. Las estrategias de las comunidades para lidiar con la epidemia deben estar en el centro de las respuestas nacionales.

 Para mantener viable el futuro ante la faz de esta aterradora epidemia, la infraestructura que requieren las comunidades debe seguir funcionando. A la par que respondemos a las necesidades inmediatas de cambios de comportamiento, y de atención y apoyo de los infectados y afectados, no debemos descuidar la necesidad de mantener la infraestructura física, social y económica de las comunidades y las naciones. El impacto de la epidemia comienza a afectar esta infraestructura al aumentar el número de personas que enferman y mueren.

 Los retos que representa la epidemia para el bienestar humano y el desarrollo son tan inmensos, que la colaboración y las acciones complementarias resultan esenciales para que nuestra asistencia sea oportuna y efectiva. Nuestros esfuerzos también deben ser sostenibles. Se necesitarán respuestas efectivas para la epidemia por muchos años más, lo cual debe quedar reflejado en el cuidado con el que desarrollemos y coordinemos nuestros esfuerzos.

 La coordinación se da cuando existe respeto mutuo, visión en común, intercambio de experiencias y sentido compartido de que las políticas y programas establecidos son efectivos y sostenibles.

  

LA PROPAGACIÓN DEL VIRUS

 El análisis que presentamos coloca a las personas y a sus comunidades en el centro de la indagación sobre las repercusiones que tiene la propagación del virus. En el epicentro (Cuadro 1) de la inexorable cadena de consecuencias está la transmisión del virus de persona a persona, de adulto a niño. Aún nos debatimos por comprender los factores que determinan hacia dónde y qué tan rápido se esparce el virus, y quién se infecta. Una mejor comprensión de estos factores nos permitirá entender también de mejor manera cómo se mueve el virus de lugar a lugar, de persona a persona, de día a día, para que podamos limitar más eficazmente su diseminación y anticipar sus repercusiones.  

Desigualdad de riqueza, poder y autonomía

 El primer factor es la desigualdad de riqueza, de poder y autonomía. Entre mayor sea la disparidad, mayor será la estratificación social, y mayor y más rápida la dispersión del virus. Ricos y pobres estarán más propensos a tener mayores tasas de infección.

 Los ricos, como los poderosos, son más móviles, menos constreñidos a las normas comunitarias y pueden pagar el estilo de vida que escojan, lo que frecuentemente los pone en riesgo de contraer la infección. Los débiles y los desposeídos por igual, al tener menor capacidad para tomar decisiones sobre las circunstancias de sus vidas, con mayor frecuencia se ven forzados a trabajar lejos de su hogar y sus familias, o dedicarse al trabajo sexual. Sus niveles de salud y nutrición son bajos y no pueden darse el lujo de usar los servicios de salud.

 Las desigualdades de autonomía están más íntimamente relacionadas con las actitudes hacia las mujeres, aunque no sean lo mismo. La falta de autonomía se expresa en conceptos como: subordinación, opresión y explotación. La falta de autonomía económica difiere de la pobreza en el sentido de que una mujer puede tener un estilo de vida privilegiado, por ejemplo, debido a la riqueza y clase social de su esposo, pero carece de una autonomía económica separada de él. La subordinación puede ser tanto psicológica como física y social. La explotación y la opresión pueden ser económicas, pero también emocionales o culturales.

 Actitudes hacia las mujeres

 Estas desigualdades y estratificaciones están ligadas al segundo factor determinante, es decir, aquél permeado de actitudes humillantes hacia las mujeres, o que les niega valía y dignidad. Los indicadores de estas actitudes incluyen niveles de violencia doméstica; abuso físico y sexual; leyes y prácticas relativas al aborto; y que las mujeres sean escuchadas cuando hablan. Por ejemplo, un estudio realizado en parejas que se describen a sí mismas como iguales de verdad, muestra que mientras el 97% de las conversaciones iniciadas por los esposos concluyen exitosamente, sólo el 30% de las iniciadas por las mujeres continuaron hasta finalizar.

 Las recetas culturales, los mitos y los chistes en su conjunto encarnan esas actitudes hacia las mujeres, acompañadas de la literatura popular y seria de comunidades y naciones. El virus prospera allí donde se les niega dignidad y respeto a las mujeres.

 El tipo de actitudes que llevan a la diseminación del virus puede coexistir con un rango social muy alto para las mujeres, en términos de acceso a la educación, la capacitación y el empleo.

  Normas y valores comunitarios

 El tercer factor determinante son las normas y valores comunitarios. Las comunidades donde la construcción social del género conduce a diferentes paradigmas de masculinidad y femineidad, tienen niveles más altos de infección. De igual manera, las comunidades y familias que toleran o estimulan patrones de comportamiento sexual masculino que separan la satisfacción sexual de la responsabilidad hacia los demás y que valoran la pasividad y la auto-marginación en las mujeres, tendrán una desproporcionada y elevada tasa de infección.

 Patología e inmadurez del área genital

 El cuarto factor determinante de la velocidad y extensión de la diseminación del virus es la patología e inmadurez del área genital. Cuando una penetración no protegida ocurre, es más factible la transmisión del virus si hay lesiones, secreciones, inflamaciones o escarcificaciones en el área genital. La existencia de estas condiciones está asociada con las prácticas de higiene, el estado nutricional, el acceso a servicios de salud sensibles, las prácticas culturales y las prácticas reproductivas. En las mujeres, la transmisión también puede ocurrir más fácilmente durante los diferentes estados del ciclo hormonal o si el área genital no ha alcanzado la madurez, lo cual usualmente no sucede sino hasta que las jóvenes han cumplido veinte años o más.

 Este factor está claramente implícito en las altas tasas de infección en mujeres jóvenes y probablemente en la tasa de infección en hombres no circuncidados, y contribuye de manera significativa en la diferencia de tasas de infección en países desarrollados y no desarrollados.  

Movilidad

 El quinto factor determinante es la movilidad. Los patrones de dispersión del virus siguen los patrones de movilidad de la gente: el cruzamiento de los ejércitos entre países, las rutas de transporte, los bulliciosos centros de intercambio comercial, los mercados de trabajo, las migraciones temporales por agricultura o por ceremonias.

 Los integrantes de grupos móviles -servidores públicos de alto rango, parlamentarios, maestros, estudiantes, trabajadores inmigrantes, pilotos, choferes, militares, etc.- tienen tasas de infección más altas que otros.  

Cuando la gente cuenta su historia

El factor final que determina la velocidad y el alcance de la propagación del virus, y de quien resulta infectado, consiste en saber si existen o no condiciones para que la gente cuente su historia: historias de cómo se infectaron e historias de cómo cambiaron de comportamiento para prevenirse y no resultar infectados.

 Para que esto suceda, es preciso que exista un sólido marco de referencia legal y ético que disminuya la casi inevitable discriminación y estigmatización que rodea a la infección por VIH. Deben existir sistemas de apoyo comunitarios y familiares. Debe haber políticas gubernamentales positivas que aseguren la permanencia en el empleo, en la escuela, etc. Finalmente, debe haber personas valerosas que cuenten sus historias, ya que el costo que tienen que pagar los individuos y sus familias por hablar con la verdad es generalmente muy elevado.

  Si tenemos presentes estas características determinantes, podemos entonces darle rostro a algunos de los 12 millones de adultos infectados que hay en el mundo actualmente. Sabemos ahora que muy pronto habrá tantas, o más mujeres infectadas que hombres. Muchos, si no es que la mayoría, serán parejas, marido y mujer. Muchos, si no es que la mayoría, serán pobres. Aunque existirá un número no desdeñable de ricos y poderosos entre los infectados, muchos estarán en situaciones que los alejarán de sus familias y comunidades, y la mayoría provendrá de comunidades que aceptan e incluso valoran las conductas que ponen a hombres, mujeres y sus familias en riesgo de transmisión sexual. Podemos empezar a ver ahora nuestras propias caras entre las de esos 12 millones.

EL OLEAJE DE LAS CONSECUENCIAS

 Las consecuencias de la diseminación del virus irradian a través del tiempo y continuarán desplegándose. A través del tiempo se han hecho visibles varios tipos de repercusiones. Su alcance y naturaleza están determinados por muchos factores, pero hay un pequeño número que resultan dominantes. La primera ola de consecuencias aparece directamente tras la diseminación del virus: quienes están infectados empezarán, con el tiempo, a caer enfermos y a morir.

 La segunda ola de consecuencias surge de dos características dominantes de la epidemia:

  • los que están infectados se encuentran, en su mayoría, en una etapa de sus vidas en la que tienen el máximo número de dependientes: hijos, padres; otros que viven con ellos; otros a quienes mantienen;
  • el virus está concentrado en las familias y por ello, sus dependientes se quedan con pocos o con ningún medio de subsistencia;

La tercera ola de consecuencias surge de las demás características dominantes de la epidemia:

  • quienes están infectados se encuentran en el período más activo y económicamente productivo de sus vidas;
  • el virus se concentra de manera ocupacional y geográfica;
  • existe una rigidez en la división de géneros en el trabajo, las destrezas y las responsabilidades.

El alcance y la naturaleza de la cuarta ola de consecuencias está determinada por dos características dominantes:

  • la respuesta de las comunidades y los países hacia los infectados, hacia quienes los cuidan y hacia quienes les sobreviven tras la muerte, particularmente si permanecen o no como parte integral de sus comunidades, apoyados y cuidados por ellos;
  • la concentración en ciertas ocupaciones y regiones geográficas.

Las consecuencias personales, psicológicas, sociales y económicas de la propagación del virus se dejarán sentir décadas después de que el virus haya ingresado en una comunidad y se seguirán haciendo sentir, en tanto el virus continúe diseminándose.

 Veamos con más detalle la superposición de las olas de consecuencias.

 La Primera Ola de impacto que se hace sentir tiene su centro en la persona infectada y su familia, y su pareja y/o cuidadores. Incluye el trauma del diagnóstico; las reacciones comunitarias (aceptación o estigma y discriminación); el impacto económico y emocional en sus hogares; la reacción de los trabajadores de la salud; la enfermedad y la muerte. Como se indica en el Cuadro 2, los primeros afectados son los individuos y las familias; las maneras en que son afectados y los recursos que ellos y otros pueden conseguir para sobrellevar sus problemas, determinan las políticas y requerimientos del programa.

 En los países en vías de desarrollo, la mayoría de los hombres y mujeres enfrentan la probabilidad de estar infectados cuando se diagnostica clínicamente con VIH a un bebé o un niño. La falta de confidencialidad, que es muy frecuente en estos escenarios, a menudo lleva a que se culpabilice a la madre. El miedo y la negación por parte del padre pueden conducir al rechazo y repudio de la mujer. La familia puede llegar a dividirse, y las mujeres y sus hijos quedan desamparados y sin hogar. La estricta confidencialidad y la revelación del estado VIH-positivo del infante, acompañada de aconsejamiento a ambos padres y no sólo a la madre, puede a menudo proteger a la mujer y capacita a la familia para continuar como una unidad básica de socialización y cuidados para los niños.

 La preocupación principal de la mujeres infectadas, y a menudo de los hombres, es el bienestar futuro de sus hijos. Quién los cuidará después de que ellos mueran? Cuando la familia adoptiva no puede ser la familia extendida, a muchas mujeres les gustaría participar en la elección de una manera alternativa de cuidados y ayudar a preparar a sus hijos para el futuro. Al llegar a esta etapa, es necesario poner atención para identificar o establecer formas de cuidado para esos niños, mucho antes de que se queden sin padres.

 La segunda área de preocupación inmediata es que los padres continúen siendo capaces de mantener a sus hijos y de darles cuidados el mayor tiempo que les sea

posible. En una comunidad en Kigali (Ruanda), las mujeres han identificado una comida nutritiva al día y el tratamiento a tiempo de cualquier infección oportunista -la candidiasis oral, por ejemplo- que pueda inhabilitarlas para cuidar a sus hijos.

Entre más y más niños y adultos caigan enfermos, la demanda de tratamiento para las enfermedades oportunistas y de antivirales irá en aumento, así como la demanda de camas de hospital. Si bien la negligencia para atender estas demandas puede causar disturbios políticos, quizás sea imposible atenderlas debido a la falta de infraestructura en salud básica y al constreñimiento de recursos. Existe, por lo tanto, la necesidad de alcanzar un consenso informado y amplio en la comunidad, en el sector salud y entre funcionarios públicos y políticos para elaborar una estrategia de tratamiento.

 El sistema formal de atención de la salud tiene que racionalizar su papel, en la medida en que disminuya su habilidad de proveer cuidado institucional para todos aquéllos con enfermedades relacionadas con el VIH. Deben diseñarse nuevos modelos para la administración de cuidados, así como regímenes de cuidado institucional y domiciliario, de carácter colaborativo y conplementario. El aumento en la carga de cuidados será, en gran parte, asumida por los familiares y amigos, pero probablemente de manera desproporcionada por la mujeres y las niñas.

 En este último caso, los demás papeles y responsabilidades de la mujer, incluyendo la crianza de niños y el papel que juegan en la producción, se verán severamente afectados si el peso de los cuidados se añade a la enfermedad y muerte de las mujeres. Puede que las niñas sean obligadas a dejar la escuela para ayudar en el cuidado de los enfermos y de sus hermanos, y para mantener unida a la familia el mayor tiempo que sea posible.

 Conforme aumente la carga de la enfermedad, el ingreso y el aprovisionamiento del hogar se verán directamente afectados. Quienes no puedan pagar la renta o la hipoteca pueden perder su casa. Las colegiaturas y los requerimientos de comida pueden volverse inaccesibles. Más aún, el uso de los ahorros y propiedades familiares en la infructuosa búsqueda de una cura, puede empobrecer seriamente a la familia. Se necesitarán programas de asistencia para cubrir las necesidades básicas de comida, casa, terapia y colegiaturas en los hogares afectados.

 La efectividad de los programas que atiendan a individuos, familias y comunidades afectadas dependerá, en última instancia, de la situación legal, ética y de derechos humanos pre-existente o establecida para responder a la epidemia. El respeto a los derechos y la dignidad de los afectados; la garantía de confidencialidad; condiciones anti-discriminatorias y un contexto político de apoyo y compromiso en el que todas las personas afectadas permanecerán como parte integral de sus comunidades, son condiciones sine qua non para obtener una respuesta efectiva. Más aún, sin este marco legal, los afectados no podrán hablar ni contar su historia para que otros puedan aprender y cambiar sus conductas. Tales historias están entre los motivadores más efectivos para provocar cambios de conducta.

 Con frecuencia, suele suceder que un posible consenso nacional sobre la urgencia del problema no ocurre sino hasta que un gran número de miembros de la población ya está infectado y que muchos de ellos han desarrollado SIDA o algunas enfermedades asociadas como la tuberculosis. Y usualmente es sólo cuando se ha llegado hasta esa etapa que las voces de las autoridades de salud pública, los trabajadores de salud y los infectados y sus familias finalmente comienzan a ser escuchadas.

A medida en que más adultos mueren, la Segunda Ola de impacto comienza a surgir: un gran número de niños y ancianos se queda sin manutención, fungiendo como jefes de familia (Cuadro 1). Por cada adulto que muere, puede estimarse un promedio de 2 o 3 dependientes. Así, la amplitud de esta fase puede ser dos o tres veces mayor que las tasas de mortalidad de la fase previa. La pobreza también se extenderá, habrá desintegración familiar y dispersión de niños.

 La característica más grave de esta ola es el impacto psicológico que tiene en individuos y comunidades con tantas vidas perdidas, tantos padres, hermanos, amigos, niños, colegas, vecinos, muertos. Esto frecuentemente induce a los niños pequeños a caer en un estado casi catatónico, a aislarse del mundo de dolor y desesperación. Una historia de la región de Kagera en Tanzania, describe a una niñita, sentada día tras día a la orilla del patio, meciéndose sobre sus tobillos y mirando al espacio. Sus padres, sus hermanos y hermanas, sus tíos y tías han muerto. Hay algo de comida pero ella no tiene hambre, se mece de dolor.

 La abuela tiene que alejarse un poco de sus otras pesadas tareas de cuidar a todos sus demás nietos, para sentarse calladamente al lado de la pequeña. Sabe que debe traerla gentilmente de regreso al mundo de los vivos o morirá lentamente. La pequeña no tiene deseos de comer, de ir a la escuela o de ayudar en las tareas de la casa. A menos que los programas encuentren medios para llegar a estos niños y a las comunidades afectadas similarmente, otros programas de asistencia serán mucho menos que efectivos.

 Los abuelos y abuelas están enfrentando una carga de atención desgastante, pese a que, conforme la epidemia se profundiza, ellos también irán incrementando el número de los infectados. El aumento de niños y ancianos indigentes, abandonados y traumatizados estará fuertemente determinado por el aumento de ambientes positivos que puedan encontrarse o crearse para ellos.

 Los formatos de cuidados en la familia extendida y en la comunidad pronto se verán sobrecargados, a menos que ellas mismas reciban ayuda. Un estudio reciente en Kigali, donde ya es visible el impacto de la epidemia en una generación de sobrevivientes dependientes, muestra que una de cada dos familias ya está cuidando, además de los propios, a uno o más niños.

 Existen varias maneras diferentes de proveer asistencia a los sobrevivientes y a sus comunidades (Cuadro 2), a través de: programas de transferencia directa; subsidios; prestaciones; servicios crediticios y sociales que incluyan vivienda; alimentación y cuidado de los niños. Estas deben complementar y ayudar las iniciativas que surgen desde las mismas comunidades. La característica más impactante de esta epidemia es que dondequiera que el virus se disemina, los individuos y las comunidades responden. Surgen líderes, se crean estrategias para enfrentarla y proveer cuidados, y se desarrollan programas.

 Los sobrevivientes y los infectados necesitan de un ambiente de apoyo legal, ético y de respeto a los derechos humanos, esencial si se busca que reciban apoyo de sus comunidades y que puedan ser capaces de conservar sus propiedades, herencias y derechos de custodia. Esto es particularmente cierto para las mujeres y los niños huérfanos.

La Tercera Ola de impacto se centra alrededor de la pérdida de tantos miembros dentro de la fuerza de trabajo y en el impacto de la epidemia en los ahorros familiares y domésticos, así como en los ingresos en moneda extranjera (Cuadro 2). La epidemia causará una reducción en la cantidad y la calidad del trabajo disponible para generar productos, tanto en el sector formal como en el informal, y en las actividades que se pueden medir y/o en las que no se pueden medir. El trabajo de las mujeres, productivo o doméstico, es un trabajo desproporcionadamente no medido. La pérdida del trabajo femenino pondrá en peligro los estándares de vida en el hogar y las comunidades, y afectará la producción nacional. Los patrones de oferta y demanda laboral cambiarán, ya que el factor determinante será la concentración geográfica y ocupacional del virus (Cuadro 1).

 También habrá una reducción y un cambio en el uso de los ahorros. La cantidad de ahorros disponibles y la manera en que son empleados influye en la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Se dará un decrecimiento en los niveles del ahorro, simultáneo al incremento de los costos directos e indirectos asociados con la escalada de la epidemia.

 Las economías más vulnerables serán aquéllas que dependan de un sector, o de un número limitado de sectores, por ejemplo, la agricultura sola, o la minería y la agricultura. Los sectores más vulnerables serán aquellos que requieren de un número crítico de personal capacitado para los cuales sea difícil encontrar reemplazos -los pilotos y los ingenieros en minas, entre muchos otros-, o que tienen ocupaciones con tasas de infección altas -trabajadores del sector de transporte, de la construcción, funcionarios públicos de alto rango, o estudiantes, por ejemplo.

 El sector transporte une a los productores con el mercado; a la materia prima y los productos terminados; compagina la oferta de trabajo migratorio con la demanda laboral; enlaza la economía rural y la urbana; mantiene unidas a las familias; facilita el control militar y policíaco centralizado. Una disminución en este sector traerá consigo profundas repercusiones económicas, políticas y sociales.

 En el sector agrícola, los sistemas de cultivo más vulnerables a la disminución de oferta laboral, son los que requieren de trabajo intensivo durante todo el ciclo agrícola, o donde la demanda laboral es crítica en ciertos momentos; o aquéllos que tienen una división estricta de género asociada al trabajo. En los sistemas agrícolas de subsistencia, la combinación de cosechas ya está cambiando, alejándose de las cosechas comercializables y de cierto tipo de cosechas para consumo interno, hacia cosechas que exigen menos labor, como la mandioca, por ejemplo. También son vulnerables los sistemas agrícolas basados en la disponibilidad de fuerza laboral, por ejemplo, las cosechas en plantaciones. Cambios importantes en los patrones de producción afectarán de manera negativa la nutrición familiar y el nivel de ingresos, así como el abasto de alimento a las ciudades y los ingresos en moneda extranjera.

 Con el número creciente de mujeres que enferman y mueren, y con muchas de ellas cada vez más ocupadas en cuidar a los enfermos, las mujeres tienen cada vez menos tiempo para cuidar y pasar más tiempo con sus hijos y para dedicarse al trabajo productivo en el campo, al autoempleo o a trabajos remunerados.

 Con frecuencia, no se reconoce ni valora el trabajo femenino. Casi nada de lo que hacen las mujeres se ve reflejado en el sistema contable nacional ni tampoco se le incluye en las mediciones económicas, como el PIB. Será muy difícil monitorear el impacto que tendría a nivel macro el debilitamiento de las redes sociales y económicas vinculadas al cuidado de los hijos, la manutención, la sobrevivencia y los cuidados. Sin embargo su ausencia será ampliamente sentida. El trabajo de las mujeres es esencial para la economía y el bienestar social de las familias, las comunidades y la sociedad.

 Un aumento en la mortandad eventualmente afectará a todos los sectores de la economía: las instituciones financieras, los sectores educativo y de salud, el abasto de agua y electricidad, la industria y la gobernabilidad (Cuadro 2).

 La Cuarta Ola de impacto está directamente relacionada al fracaso de intervenciones previas. Si la diseminación del virus no se reduce lo más pronto posible durante la epidemia, y si no se apoya de manera adecuada a quienes han sido afectados, entonces la sobrevivencia de muchas comunidades y naciones estará en grave peligro. Las tácticas de sobrevivencia de las bandas de niños y jóvenes desamparados pueden llevar a aterrorizar a la población. La vulnerabilidad estratégica irá en aumento junto con la tasa de mortalidad dentro de la milicia. Los servicios básicos como agua, electricidad, mantenimiento de caminos, servicios financieros, se verán fracturados. El aumento de precios y la disminución de servicios llevarán al descontento y provocarán disturbios. La gobernabilidad nacional podría llegar a un cese. Hogares, comunidades y países se desintegrarán.

 Llegado este punto, incluso la intervención internacional para prevenir una desintegración total del estado nacional sería quizás tardía. Dichas intervenciones necesitan ocurrir mucho antes y de manera intensa y sistemática.

 Las consecuencias a largo plazo no son inevitables; su extensión y gravedad dependerán directamente de la oportunidad y efectividad de los programas que buscan cambios de comportamiento y actitud, y de las políticas adoptadas para responder a las necesidades de los infectados, los enfermos y los sobrevivientes.

 Las fases identificadas en el Cuadro 1 no son disyuntivas sino que se sobreponen. Sin embargo, a menudo tiene que pasar un lapso antes de que los problemas asociados con cada etapa sean visibles y la fase sea reconocida. La severidad de las fases subsecuentes dependerá de la eficiencia de intervenciones más tempranas. Si esto no se entiende, las demandas que compiten unas con otras para tener acceso a recursos nacionales limitados, podrían conducir a que los programas para las primeras fases, particularmente aquéllos orientados hacia el cambio de conducta, no van a recibir los recursos que necesitan. Mas aún, en cada fase existen opciones de políticas que se deciden mejor de manera anticipada; de este modo, se puede educar a la gente y ayudarla a que las entienda y acepte de mejor manera, y enseguida se pueda echar a andar su planeación.

 Los costos proporcionales de retrasar el arranque de un programa efectivo en VIH se muestran en el Cuadro 3. En él, del lado derecho, aparecen los costos proporcionales en el año treinta de la epidemia en un país determinado. La diferencia en los niveles de costo dependen de la etapa a la que ha llegado la epidemia antes de que se haya implementado un programa efectivo. El costo de arranque de un programa efectivo aumenta con la etapa de la epidemia. Esto se debe a que habrá más sectores y componentes del programa y una mayor demanda de servicios. Los distintos niveles de costo a los treinta años probablemente difieren entre sí por factores de diez o más. Así existe una ventaja desproporcionada cuando se comienzan temprano los programas efectivos en VIH.

 Cada fase tiene su propio conjunto de requerimientos en lo que a políticas y programas se refiere, que son más acumulativos que secuenciales. Es decir, se tendrá que desarrollar un nuevo conjunto de políticas y programas en la medida en que se despliegan las diversas fases de la epidemia; entretanto, los de las fases previas deberán continuar. Así pues, con el tiempo, la demanda de recursos financieros y humanos aumentará en lugar de cambiar.

 Más aún, como puede apreciarse en en Cuadro 2, la responsabilidad para implementar la mayoría de estas políticas y programas descansará en sectores y ministerios diferentes al de salud. Entre más temprano se entienda esto, más pronto se podrá crear un consenso más amplio sobre la necesidad de hacer inversiones oportunas en programas de prevención efectivos. Es entonces que la epidemia dejará de ser solamente responsabilidad de los departamentos o ministerios de salud y pasará a convertirse en un asunto multisectorial. Entre mas rápido suceda esto, mayor será la posibilidad de minimizar el severo impacto de las fases subsecuentes. No existe intervención más poderosa para minimizar el impacto de la epidemia que un programa efectivo que impida una mayor dispersión del virus.

 Así una respuesta estrátegica efectiva contra la epidemia sería una respuesta en fases, consistente al inicio en brindar apoyo a las comunidades que responden ante la epidemia, y el establecimiento de un marco legal, ético y de derechos humanos apropiado. Enseguida, es preciso identificar las causas socioeconómicas subyacentes que determinan el patrón y la velocidad de la diseminación y, de ese modo, establecer programas que las consideren.

 A medida que las comunidades se movilizan y responden, aumentará la demanda de tecnología y servicios, de centros de detección voluntaria, condones, servicios de salud, agujas estériles, etc.; en esta etapa, todo ello debería ser accesible y costeable. Finalmente, las consecuencias socio-económicas de la diseminación del virus necesitan identificarse, monitorearse y minimizarse.

 La diseminación del virus desencadena una serie inevitable de consecuencias que continuarán por decadas, por generaciones. La naturaleza de estas repercusiones es tan devastadora que la desesperación y el fatalismo parecerían ser las únicas respuestas racionales. Como quiera que sea, este panorama tan desolador está siendo contenido por la extraordinaria respuesta que la epidemia ha provocado. En donde quiera que el virus se disemina, los individuos y las comunidades responden.

  

LOS RETOS DE LA EPIDEMIA DEL VIH

 Existe un número de retos que las comunidades y los gobiernos deben enfrentar (Cuadro 2), y cuyas respuestas habrán de minimizar o agravar las posteriores olas de impacto. El primer reto está relacionado con el tipo de cambio en el comportamiento y las políticas en prevención que se adopten, y la magnitud de los recursos destinados a la epidemia en sus etapas más tempranas.

 Las decisiones que se tomen afectarán el número de gente infectada y, en consecuencia, el número de gente que muere y el número de gente que sobrevive. Ello determinará el alcance del impacto, ya que mientras el virus continúe diseminándose en la comunidad, será necesario dar una alta prioridad a los programas de cambio de comportamiento y actitudes. Dada la situación económica de la mayoría de los países, iniciar nuevos programas requiere de compromiso, valor y argumentos efectivos. Los miembros de los gabinetes gubernamentales necesitan estar convencidos de la necesidad de financiar adecuadamente los procesos de planeación y desarrollo de políticas, participando además de manera activa en ellos.

Sin embargo, incluso si todos los posibles casos futuros de infección por VIH se pudiesen prevenir desde hoy, cada año durante los siguientes veinte, un 5% aproximado de quienes ya están infectados desarrollarán SIDA y morirán. Es decir, en una ciudad o país con medio millón de personas ya infectadas, cerca de 25,000 personas morirán anualmente de SIDA en las próximas dos décadas. En países que ya tienen una alta tasa de infección, el impacto se sentirá durante más tiempo.

 El segundo reto estará representado por el grado en que la respuesta de la comunidad se integre a la respuesta gubernamental y se vea complementada por ésta. Las comunidades afectadas ya han comenzado iniciativas que responden a sus propias necesidades, creando sus propios recursos y utilizando sus redes de trabajo y formas de organización social. Se les deberá dar el espacio político y social, y los recursos para continuar. Otros actores importantes en la respuesta comunitaria incluyen a sus líderes, a profesionales de la salud, a organizaciones no gubernamentales tradicionales, empleadores, sindicatos, entidades religiosas y políticas, grupos de jóvenes, organizaciones de mujeres y muchas más.

 Las estrategias nacionales más efectivas estarán basadas en la diversidad de respuestas que surjan desde el interior de la comunidad, dándoles coherencia; al equilibrar, apoyar y conformar estas iniciativas, dichas estrategias convocarán a un apoyo más amplio.

Otro reto consiste en saber si los gobiernos ayudarán a los afectados -es decir a los infectados, sus familias, sus cuidadores y sus sobrevivientes-, y hasta qué grado lo harán, para que se mantengan como una parte integral de sus comunidades. Para que ello ocurra, la confidencialidad tiene que estar garantizada; debe haber protección contra la discriminación y el repudio; asistencia a los infectados para vivir positiva y productivamente; guarderías y cuidados para los niños; acceso a servicios de salud y educación; ingresos y mantenimiento del hogar; asistencia a las familias para que se mantengan unidas mientras el padre o la madre esté todavía vivo/a, y programas para que los sobrevivientes permanezcan en la comunidad.

 Sin estas políticas, un creciente número de niños y ancianos quedará sin el cuidado y apoyo de sus familias o comunidades. Como consecuencia, la falta de socializabilización y el aislamiento de estos niños podría llevar, a medida que los números aumentan, a una disolución de las relaciones sociales y a la posibilidad de intranquilidad civil y de anarquía. Así pues, la seriedad del impacto a largo plazo depende de las respuestas al reto anterior.

 Si se toma la decisión de ayudar a los infectados y a sus sobrevivientes para que sigan viviendo y recibiendo cuidados en sus comunidades, será esencial que los gobiernos generen un clima de aceptación y apoyo para esta política. Será preciso atender los temores y conceptos erróneos de la gente a través de programas de educación y de todos los medios disponibles para reducir el rechazo, la culpa y el estigma, y oponerse a la discriminación.

 Otro desafío más lo constituye saber si los gobiernos, el sector privado y otros deben comenzar a planear cómo minimizar los impactos económicos y sociales adversos y en qué etapa lo harán.

 La epidemia ha surgido en un mundo ya estructurado por una multitud de factores que, a su vez, influyen y determinan sus dimensiones. Las naciones pobres, agobiadas por la deuda, son incapaces de respetar los derechos básicos de mujeres y hombres a la salud, la educación, la vivienda y el empleo. Esto ha creado un exceso de carencias que facilita la diseminación del virus y agrava sus consecuencias. La pobreza de los individuos, en especial de las mujeres y los niños, ha provocado un aumento en la vulnerabilidad que tienen ante la infección. La pobreza causada por 1nfermedades y muerte relacionadas al VIH agrava la miseria ya existente, genera más pobreza y aumenta el endeudamiento. Esta interrelación entre la epidemia y el entorno dentro del cual se da, hará que los intentos del gobierno para planear la minimización de sus impactos adversos sean más difíciles.

 Todos los retos identificados hasta aquí se presentan a nivel de los hogares, las comunidades y las naciones.

 Existe otro reto más crítico aún que se presentará a nivel global: saber si la comunidad mundial aportará de manera directa la inversión extranjera que permita, a través de capital humano, desarrollo tecnológico y redes de seguridad social, la sobrevivencia de las naciones pobres y de las naciones empobrecidas por esta epidemia.

 El libre desempeño del mercado global tiende a aumentar las disparidades entre naciones ricas y pobres. Los gobiernos tratan de compensar estas tendencias a nivel nacional, redistribuyendo el ingreso a través de sistemas de impuestos graduales sobre el ingreso y lo complementan con redes de seguridad social para prevenir que la gente caiga en el desamparo total.

 Hasta el momento, a nivel global no existen sistemas similares en operación. Lo más aproximado a una red de seguridad global en el mundo es el actual sistema de asistencia para el desarrollo. Pero este sistema es fatalmente defectuoso, no sólo por lo inadecuado de su alcance, sino porque en la actualidad, su asignación no está relacionada con el nivel de pobreza.

 Algunos ejemplos. Asia del Sur recibe $5 dólares americanos de ayuda por persona, en tanto que los países que reciben ayuda en el Medio Oriente, con un ingreso per cápita tres veces superior al del Sur de Asia, reciben $55 dólares americanos por persona. La India tiene 34% de los pobres absolutos del mundo, sin embargo recibe tan sólo el 3.5% del total de la ayuda generada. De hecho, los 10 países que juntos tienen más del 70% de la población más pobre recibe sólo el 25 por ciento de la ayuda total.

 Si se busca que la ayuda financiera externa a otros continentes pueda fungir como una red de seguridad social para los pobres del mundo, deberá basarse en principios que requieran que la ayuda deba dirigirse a cuestiones prioritarias para el desarrollo humano.

 El reto final queda en nosotros. En última instancia, nuestra esperanza descansa en entender la esencia del deseo de vivir, de mantenerse juntos, de lidiar y sobrevivir a todos los niveles -individual, familiar, comunitario, nacional e internacional.

 Si permanecemos callados, si pensamos que no es nuestro problema, el VIH cambiará al mundo a pesar de nosotros. Podemos hacer la diferencia. Podemos superar la epidemia hablando, utilizando nuestra influencia dentro de nuestras familias y comunidades. Cambiando nuestras vidas y nuestro comportamiento, podemos crear un mundo en el que podamos coexistir pacíficamente con el virus. 


RECONOCIMIENTOS

Un primer borrador de este documento se presentó en las Reuniones Conjuntas de los Ministerios Africanos de Finanzas y Planeación organizadas por el Buró Regional del PNUD para Africa en Lusaka, Nairobi, Abidjan y Libreville en julio de 1991.


 NOTA BIOGRAFICA

 Elizabeth Reid es Oficial Principal del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Nueva York. Antes de integrarse al PNUD, participó estrechamente con grupos comunitarios que trabajan con la epidemia en Australia y fue responsable de la formulación de la Estrategia Nacional en VIH/SIDA de Australia. Tiene amplia experiencia en el diseño e implementación de asistencia en desarrollo en Asia, el Pacífico, el Medio Oriente y Africa.