Me complace presentar a los lectores de habla española este importante volumen dedicado al tema de los bienes públicos globales y a la necesidad de replantear los
términos en que tiene lugar hoy en día la cooperación internacional para el desarrollo.Hace bien el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo al facilitar esta
publicación, en la que se expresa de manera clara y precisa el grado de interdependencia global en el que se habrán de desenvolver las sociedades, tanto ricas
como pobres, al iniciarse el siglo XXI. La minuciosa definición inicial de lo que son los "bienes públicos globales", frente al clásico concepto de los "bienes públicos" y los
"bienes privados", hace de este volumen un pertinente recordatorio de que la especie humana tiene, a diferencia de las demás especies vivientes, una responsabilidad
especial con respecto a su propia supervivencia. Esta responsabilidad pasa necesariamente por la aceptación de que, por encima de los innegables elementos de
diversidad que enriquecen nuestras culturas, estamos atados a un destino común dictado, en gran parte, por la realidad material de nuestro hábitat: existen unas
necesidades globales que solo podrán ser satisfechas en el ámbito internacional mediante la cooperación, la toma compartida de decisiones y, sobre todo, la puesta en
práctica de una ética de la corresponsabilidad, tanto entre individuos como entre sociedades.
La lectura de este libro nos reafirma en la creencia de que el nuevo milenio tendrá que
regirse por una ética muy diferente a la que imperó en el siglo XX. No se trata de negar los grandes avances éticos que, por ejemplo, en el ámbito conceptual de los derechos
humanos y del desarrollo humano se alcanzaron en los últimos decenios del siglo que termina, ni de ignorar que ciertos valores como la democracia y la paz han alcanzado
reconocimiento casi universal. Sin embargo, en la práctica no ha bastado con enunciar, por lo general de manera meramente declarativa, unos derechos fundamentales: la vida,
la paz, la libertad y la satisfacción de las necesidades básicas de alimentación, salud, educación y vivienda. A la armazón ética que sirve de sustento a esos derechos, le ha
faltado un componente adicional que consiste en la alusión a las obligaciones humanas que deben ser cumplidas por los individuos y por los estados.
La idea de unas obligaciones humanas no es nueva en todas las regiones del mundo. Muchas sociedades han concebido tradicionalmente las relaciones humanas en términos de obligaciones, más que de derechos. Este es el caso de algunas
sociedades orientales. Mientras que en Occidente han tendido a prevalecer los conceptos de libertad e individualismo, en Oriente el énfasis ha recaído en las nociones
de responsabilidad y comunidad. Creo que es posible elaborar una ética global para el nuevo milenio basada en el balance entre las nociones interdependientes de libertad y
responsabilidad, igualmente aplicable a las relaciones entre estados y entre individuos. Tal ética podría permitirnos dar respuesta a la mayoría de las interrogantes que plantean
los autores de este libro en torno a la carencia de "bienes públicos globales" que amenaza a la humanidad. Para resolver esa carencia, la humanidad debe crear nuevas
relaciones y nuevas instituciones. Y no debemos olvidar que en toda relación humana y en toda institución hay un substrato ético y una predisposición moral que influyen de
manera fundamental en sus resultados. Una cooperación internacional sin soporte ético y moral sería, si no contraproducente, inútil.
Por ello, uno de los más estimulantes retos para los líderes del mundo consiste en la necesidad de crear y utilizar mecanismos sencillos y moralmente justificables para
aumentar y hacer más eficiente la cooperación para el desarrollo. La visión que se desprende del libro que tengo el honor de prologar nos autoriza a proponer que los
países más ricos del mundo, así como las grandes instituciones financieras internacionales de las que forman parte, conviertan el perdón de la deuda externa de los
países pobres en un eficaz instrumento de cooperación para el desarrollo mediante el recurso de vincular ese perdón al cumplimiento de determinadas metas de inversión social y de reducción del gasto militar.
Una formulación sumamente sencilla de este mecanismo consistiría en perdonar a cada uno de los países más pobres del mundo, por un período de dos o más decenios, los
pagos, tanto de intereses como del principal de la deuda externa, a condición de que durante dicho período el gasto militar no exceda el 30% del gasto estatal conjunto en
educación y salud. La viabilidad material y la justificación ética de este mecanismo se demuestran con el caso de Costa Rica: a lo largo de las últimas décadas, el gasto
costarricense en seguridad ciudadana --por disposición constitucional, Costa Rica no tiene fuerzas armadas-- ha oscilado alrededor del 5% del gasto estatal en salud y educación.
No me cabe la menor duda de que, reflexionando sobre el tema, los estadistas y los expertos podrán perfeccionar esta propuesta y encontrar otras que puedan ser útiles
para el fortalecimiento de la cooperación. Lo que se requiere, como lo subraya la presente obra, es la firme voluntad de lograrlo.
Oscar Arias
Ex-Presidente de Costa Rica, 1986-1990
Premio Nobel de la Paz, 1987