PREÁMBULO

Los bienes públicos nacionales han sido parte durante siglos de la teoría económica del gobierno.  Como lo sabe cualquier estudiante de políticas públicas, la idea de que la sociedad necesita un gobierno para superar los defectos del mercado en cuanto al logro de eficiencia y equidad en la asignación y distribución de recursos no es ninguna novedad.  Además, es una idea conservadora.  Presume que los bienes y servicios privados siempre constituirán el grueso de las adquisiciones de las personas.  Es preciso que los mercados puedan funcionar.  No obstante, un tercero debe aportar los "bienes de consumo colectivo" que la sociedad también necesita pero que el sector privado tiene insuficientes incentivos para proporcionar.

 Es posible estar de acuerdo con Adam Smith en cuanto a que el Estado, como fuente de bienes públicos, debe circunscribirse a unas pocas esferas:  mantener la oferta de dinero, hacer respetar los derechos de propiedad, promover los mercados competitivos, proporcionar defensa nacional y administrar justicia.  Tambien podría afirmarse que las sociedades centradas en el ser humano requieren una gama más amplia de bienes suministrados públicamente, desde la seguridad social, los servicios de salud y la asistencia al estudiante, hasta los transportes públicos, los parques nacionales y los subsidios para que los pobres compren alimentos.  Pero, sea cual fuere la posición que se adopte en este debate, se comprende en general que los bienes y servicios públicos nacionales son fundamentales para el bienestar de las personas y que es preciso que los gobiernos y los mercados colaboren para proporcionar dichos bienes y servicios.

 Este libro lleva el concepto de bienes públicos mas alla de las fronteras nacionales; al hacerlo, transforma las dimensiones del debate y eleva el concepto hasta un nuevo y urgente plano de importancia.  Los autores comienzan con la observación de que, en muchas esferas de política pública, cuestiones que otrora se consideraban puramente del ámbito nacional trascienden las fronteras y tienen alcance y efectos mundiales.  Los autores sugieren que, en momentos en que se está produciendo la mundialización, se necesita una teoría de los bienes públicos mundiales para alcanzar metas de importancia crucial, como la etabilidad financiera, la seguridad humana o la reducción de la contaminación del medio ambiente.  Señalan que, en verdad, muchas de las actuales crisis internacionales tienen sus raíces en una grave escasez de bienes públicos mundiales.

 Considérese, por ejemplo, la cuestión de la seguridad humana a escala mundial.  En momentos en que se estaba iniciando este debate, el Informe sobre Desarrollo Humano 1994, analizó las amenazas a la paz mundial en lo concerniente a varios problemas transfronterizos:  crecimiento galopante de la población, disparidades en las oportunidades económicas, degradación del medio ambiente, excesiva migración internacional, producción y tráfico de estupefacientes y terrorismo internacional.  En el informe se afirmó que el mundo necesita un nuevo marco de cooperación internacional a fin de hacer frente a amenazas mundiales de este tipo.  Dicho argumento sigue siendo profundamente pertinente en la actualidad, en momentos en que estamos reflexionando sobre la mejor manera de abordar una gama de cuestiones de política pública internacional, desde los derechos humanos y la salud hasta el mercado de trabajo y el medio ambiente.  Una teoría de los bienes públicos mundiales sería un componente esencial de un nuevo marco de ese tipo, y proporcionaría una nueva motivación a un tipo diferente de asistencia para el desarrollo.

 Después de todo, la sociedad siempre ha estado dispuesta a pagar a cambio de obtener bienes públicos nacionales.  Deberíamos estar igualmente dispuestos a sufragar los bienes mundiales que están al servicio de nuestro interés común, sean éstos los sistemas conjuntos de control del medio ambiente, la destrucción de armas nucleares, la lucha contra las enfermedades transmisibles, como el paludismo y el VIH/SIDA, la prevención de los conflictos étnicos o la reducción de los desplazamientos de refugiados.  Y deberíamos estar preparados a financiar esos bienes mediante mecanismos innovadores, basados en los principios de reciprocidad y responsabilidad colectiva, principios que exceden el concepto de asistencia oficial para el desarrollo (AOD).

 Por supuesto, seguimos necesitando la AOD, reformada y reorientada.  El propósito principal de la AOD debería ser contribuir a erradicar la extrema pobreza mediante el desarrollo humano sostenible.  En verdad, en las circunstancias actuales, en que el 20% más opulento de la humanidad es 135 veces más rico que el 20% más pobre, y en que la pobreza se está propagando en todas las sociedades, pero especialmente en los países en desarrollo, hay una urgente necesidad de incrementar el monto de la AOD.

 Pero no posible poner fin a la pobreza si no hay paz, o estabilidad financiera, o seguridad medioambiental.  No es posible lograr el desarrollo humano sostenible si no prevenimos los conflictos, administramos sabiamente los mercados o contrarrestamos la tendencia al agotamiento de los suelos, la energía, el agua dulce y el aire puro.  La equidad dentro una misma generación y entre distintas generaciones no es viable en ausencia de un sistema internacional para detectar y distribuir los costos medioambientales, para hacer frente a los efectos desestabilizadores de las estructuras financieras endebles o para ayudar a las personas, estén donde estuvieren, a que se beneficien del acervo de conocimientos mundiales acumulados.  La responsabilidad de esos retos, y los orígenes y efectos de éstos, trascienden las fronteras nacionales.  En consecuencia, además de la AOD, necesitamos una nueva forma de cooperación internacional que abarque el comercio, la deuda, las inversiones, las corrientes financieras y la tecnología y que incluya pagos e incentivos para que los países aseguren un suministro suficiente de bienes públicos mundiales.  En esta obra pueden encontrarse algunas ideas sobre la manera en que podría construirse y financiarse un sistema de ese tipo.

 Espero que este libro imprima nuevo impulso al debate sobre el futuro de la cooperación internacional en el nuevo milenio; merece que lo lean con detenimiento y lo debatan vigorosamente todos quienes tienen un interés creado en el futuro.  En un planeta en proceso de mundialización y cada vez mas interdependiente, esto entraña, en verdad, un amplio círculo de lectores.  Todos nos hemos de beneficiar enormemente con un mundo que coloque al ser humano en su centro y provea equidad, sustentabilidad y paz durante generaciones por venir.

 

                James Gustave Speth
                Administrador
                Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo