Helen Clark: “Nuestro mundo en 2050, ¿más sostenible y equitativo… o menos?”

07 nov 2012

“Nuestro mundo en 2050: ¿más sostenible y equitativo… o menos?”
Alocución de Helen Clark,
Administradora del PNUD ante el Consejo de Asuntos Mundiales del Norte de California
San Francisco, California
7 de noviembre de 2012

Doy las gracias al Consejo de Asuntos Mundiales por invitarme a pronunciar esta conferencia dentro de su miniciclo actual: “Importancia de los retos en materia de desarrollo”.

Como Administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, considero que el tema de este ciclo de conferencias y el interés del Consejo por el aspecto que tendrá el mundo en 2050 resultan especialmente acertados desde el punto de vista de nuestro trabajo para tratar de resolver uno de los problemas más apremiantes de la humanidad: cómo potenciar el desarrollo humano dentro de las fronteras de nuestro planeta.

Resulta oportuno plantear estas cuestiones ahora, apenas unos meses después de publicarse las conclusiones de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20) y cuando los Estados Miembros de las Naciones Unidas inician las conversaciones acerca del marco de desarrollo posterior a 2015, que podría orientar el paradigma de desarrollo y ser de aplicación durante muchos años.

El título de mi conferencia de hoy es “Nuestro mundo en 2050: ¿más sostenible y equitativo… o menos?”

Permitan que comience poniendo el año 2050 en perspectiva. Parece muy lejano. Sin embargo, con la mitad de la población mundial actual por debajo de los treinta años de edad, y con una esperanza de vida situada en casi setenta años, podemos esperar que más de la mitad de las personas que están vivas hoy en día sigan estándolo en 2050. No se trata de una fecha hipotética perteneciente a un futuro de ciencia ficción.

Con esto no quiero decir que si 2050 no estuviera en nuestro horizonte, la responsabilidad para con las generaciones futuras sería menos perentoria. En 1987, el informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (la Comisión Brundtland) definió el desarrollo sostenible como aquel que “satisface las necesidades de hoy sin comprometer las posibilidades de satisfacer las suyas a las próximas generaciones”.

Esta definición ha guiado el trabajo del PNUD desde entonces. Refleja un principio de justicia fundamental: no se puede negar a los seres humanos la capacidad o la oportunidad de vivir existencias valiosas debido a su género, origen étnico, credo religioso o a cualquier otro factor; como, en este caso, la generación a la que pertenecen.

Asumir que nuestras acciones actuales tienen consecuencias para el mundo del mañana y actuar en consonancia es algo necesario para alcanzar el “futuro que queremos”. Tal es el llamamiento realizado desde Río+20.

Mi intervención de hoy versará sobre tres cuestiones:

  • en primer lugar, examinaré los motores mundiales del cambio que afectan al aspecto que puede tener nuestro planeta en 2050;
  • a continuación, sostendré que la pobreza, la desigualdad y la sostenibilidad medioambiental son problemas mundiales relacionados entre sí y que deben ser abordados de manera conjunta;
  • por último, analizaré el modo en que los países y las comunidades, guiados por normas y modelos globales, están empleando enfoques innovadores para abordar estos problemas de una manera integral.

1. Motores mundiales del cambio y proyecciones para 2050
Así pues, ¿cuáles son algunas de las tendencias y de las previsiones detectadas por los investigadores y calificadas como fundamentales para dar forma al mundo de 2050? Me centraré en los tres principales motores del cambio que implican dinámicas demográficas, limitaciones medioambientales y cambios geopolíticos.

a. Presiones demográficas y urbanización
Según estimaciones de las Naciones Unidas, la población mundial alcanzará los 9.300 millones de personas en 2050, lo que supone cerca de 2.300 millones de habitantes más en nuestro planeta con respecto a la actualidad. Se espera que esta tendencia demográfica vaya asociada a una aceleración de la urbanización y del envejecimiento. Se trata de dos consideraciones importantes para la planificación del desarrollo.

Se espera que las zonas urbanas absorban este crecimiento de la población. En la actualidad, más de la mitad de la población mundial reside en zonas urbanas, pero ese coeficiente no es uniforme en todas las regiones. Está previsto que Asia lo registre en 2020 y África en 2035.

Por tanto, en 2050 la población urbana prácticamente se duplicará, de 3.600 millones en 2011 a 6.300 millones, conformando cerca del 68% de la población mundial total. En su mayor parte, este crecimiento urbano se concentrará en los países en desarrollo.

La Organización Mundial de la Salud predice que en 2050 el porcentaje de la población mundial con una edad superior a los 60 años se duplicará, pasando del 11% en 2000 a un 22%. En 2050, por primera vez en la historia, el número de personas mayores (con más de 60 años) superará al de personas jóvenes (menores de 15 años).

Este veloz crecimiento poblacional previsto plantea tanto problemas como oportunidades, ambos relacionados con el envejecimiento y la urbanización. Algunas de estas circunstancias son:

  • El suministro de alimentos deberá adecuarse a una población de mayor tamaño. Esto generará oportunidades para los agricultores y las empresas de transformación de alimentos, pero será necesaria una adaptación considerable a unas condiciones climáticas más extremas y volátiles que ya están afectando a la producción de alimentos;
  • Será preciso perfeccionar los sistemas de pensiones y de seguridad social para hacerlos asequibles para estas poblaciones, que tendrán una vida más prolongada y trabajarán hasta una edad más tardía;
  • Los sistemas de atención sanitaria deberán cubrir las necesidades de personas significativamente más longevas, así como responder al previsto incremento de las enfermedades no transmisibles. Estas enfermedades, a menudo consideradas un problema de los países desarrollados, plantean ahora problemas también en los países en desarrollo;
  • Los sistemas de planificación y gestión urbana deberán actualizarse para hacer frente al incremento espectacular de la demanda de vivienda, electricidad, agua, salud, educación, transporte, energía y otros servicios;
  • Será necesario vigilar y abordar los detonantes y las consecuencias del malestar social (lo que incluye pobreza, violencia y desigualdad);
  • Los países en desarrollo podrían obtener un dividendo demográfico significativo gracias al dinamismo de una población joven, pero únicamente si existe una inversión adecuada en el potencial de los jóvenes, y si la creación de empleo y de oportunidades se convierte en una prioridad específica y máxima de las políticas públicas.

Pese a que esta lista resulta extensa, también es cierto que las tendencias demográficas son en su mayor parte predecibles y que pueden ser planificadas desde sus fases iniciales. Por otra parte, no son tan cuestionadas como el ámbito al que me referiré a continuación: la presión medioambiental sobre el planeta.

b. Cambio climático, presión sobre los recursos naturales y riesgo de desastres
El cambio climático es uno de los principales problemas para el desarrollo en la actualidad. La OCDE estima que las emisiones de carbono en 2050 como mínimo duplicarán los niveles de 1990. Esto pone en peligro de manera creciente los logros obtenidos en términos de desarrollo y que tanto esfuerzo han costado, e introduce una complejidad mayor en nuestro trabajo como agentes de este proceso.

Existe un amplio consenso científico sobre el hecho de que sin una intervención urgente el mundo superará lo que se ha denominado como “fronteras planetarias” en cuanto a su dimensión climática y de otros tipos. En términos climáticos, se nos dice que esto significa “un cambio irreversible y catastrófico”. En lo que se refiere a la biodiversidad, implicaría la desaparición de numerosas especies. En cuanto al agua, puede significar no solamente penurias, sino también más conflictos en torno al acceso a un recurso escaso.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha llegado a la conclusión de que el incremento de una meteorología extrema ya es una tendencia discernible. Entre sus efectos se cuentan el agotamiento de los recursos naturales, amenazas en términos de seguridad alimentaria y medios de subsistencia; el aumento de la frecuencia de los desastres naturales, desde inundaciones hasta olas de calor y sequías; y un aumento de la incidencia de los conflictos relacionados con los recursos naturales tanto dentro de un mismo país como entre distintos Estados.

Una de mis preocupaciones particulares es que los grupos y los individuos que ya se encuentran en desventaja deben hacer frente a las repercusiones más severas de la degradación medioambiental. Esto se debe a que:

  • Los colectivos más pobres dependen de manera desproporcionada del acceso a los recursos naturales para sus medios de subsistencia. Las mujeres y las niñas de los países en desarrollo, que a menudo asumen la responsabilidad de recoger combustible y agua, se enfrentan a cargas adicionales cuando dichos recursos escasean y se encuentran lejos de sus hogares.
  • El crecimiento de asentamientos informales en muchos países, impulsados por la urbanización y la migración, ha conducido al aumento de entornos vitales inestables. Debido a esto, las comunidades vulnerables y marginales sufren en mayor medida el impacto de los desastres naturales. He comprobado estos efectos al visitar los barrios de Puerto Príncipe, en Haití, que se levantan aferrados a profundos barrancos. El terremoto de enero de 2010 los desestabilizó, por lo que están expuestos de continuo a las amenazas de corrimientos de tierras o de riadas causados por el clima extremo.

Con la rápida expansión de las comunidades urbanas prevista para 2050, los problemas para las ciudades serán todavía mayores. Los pobres seguirán soportando una “carga doble” de exposición a los riesgos medioambientales, tanto en su entorno doméstico inmediato debido a la contaminación del aire y del agua y a la falta de medios sanitarios, como debido a las tendencias mundiales a largo plazo, como los riesgos de climas extremos y el aumento del nivel de los mares.

También es probable que estalle un conflicto en torno a los recursos naturales allí donde la gobernanza sea irregular, con una gestión deficiente o injusta de la tierra y de otros recursos. Esto se verá acentuado por las presiones medioambientales y demográficas que soportará el mundo en 2050.

c. Globalización, cambios en las dinámicas geopolíticas y papel de los agentes no estatales
Vivimos en una era de mundialización e interdependencia sin precedentes, en la que los efectos de las políticas, las decisiones y las iniciativas adoptadas en un determinado lugar pueden extenderse por todo el planeta.

Muy recientemente, la crisis generada en los mercados del hemisferio norte se expandió por todo el mundo, afectando a las naciones más pobres y lejanas, que registraron una demanda más baja y unos precios menores por sus exportaciones, una mayor volatilidad de sus flujos de capital y de los precios de los productos básicos, así como una disminución de las remesas.

Pero esta interdependencia también puede aportar beneficios en forma de nuevas oportunidades laborales y el florecimiento de la innovación y de las tecnologías, lo que acelera el desarrollo. En África podemos comprobar que las tecnologías de la información y la comunicación están llevando servicios como la banca móvil a poblaciones que anteriormente tenían servicios deficientes; y estas tecnologías tienen innumerables aplicaciones.

El crecimiento de las principales economías del Sur y las continuas transformaciones políticas en la región de los estados árabes, y en otros lugares, ya están teniendo consecuencias en los patrones tradicionales de gobernanza económica y política mundial, así como en los marcos de cooperación para el desarrollo.

Los motores del cambio en el ámbito geopolítico son, entre otros:

  • Las oleadas de democratización: en Europa tras la Guerra Mundial, en América Latina después de la época de los generales, en algunos puntos de Asia sudoriental y en la región de los estados árabes.
  • La emergencia de megaeconomías en el Sur, con China, India y Brasil ya situadas entre las diez mayores economías del mundo.
  • El rápido crecimiento de la cooperación Sur-Sur, mediante asistencia técnica, subvenciones, préstamos, comercio, inversión e intercambio de conocimientos.

A medida que se hace patente que los bienes públicos mundiales no pueden ser garantizados y protegidos por una sola nación, y que las amenazas y los problemas emergentes requieren una acción coordinada, se han establecido nuevas asociaciones no solamente entre países, sino también entre agentes no estatales del sector privado, la sociedad civil y grandes fundaciones filantrópicas. El papel de los agentes no estatales en el discurso y el desarrollo local, regional y global, sin dudas, aumentará.

De las tendencias a las proyecciones
Las tendencias demográficas, medioambientales, económicas y geopolíticas que he descrito tendrán una repercusión directa en el modo en que se van a abordar de manera general la erradicación de la pobreza y el desarrollo, así como en el aspecto que tendrá el mundo en 2050.

Si ese mundo será más justo y sostenible, o menos, depende de las decisiones políticas adoptadas a escala mundial y nacional, así como en las esferas empresarial y social.

En cada uno de estos ámbitos, los responsables de la adopción de decisiones deberán ser ágiles para ocuparse de los problemas emergentes, que no podemos prever hoy, y para hacerlo mediante nuevas asociaciones y aportaciones innovadoras. Hace cuarenta años, la pandemia del VIH/SIDA todavía no había aparecido. Cuando lo hizo, tuvo un impacto muy importante en el desarrollo de muchos países, provocando una caída de la esperanza de vida, un crecimiento de los costes del tratamiento con un efecto asociado en los presupuestos sanitario y de desarrollo, una pérdida de productividad, una carga adicional para las mujeres y un aumento del número de niños huérfanos sin la atención adecuada.

Es posible elaborar modelos sobre tendencias y riesgos, que nos permiten planificar y asesorar las decisiones políticas. El Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD para 2011 sobre la igualdad y la sostenibilidad estableció una gama de escenarios diferentes en anticipación del aspecto que podría tener nuestro mundo en 2050, basándose en el grado de progreso registrado en términos de lucha contra la desigualdad y los riesgos medioambientales.

Antes de ocuparme de estos aspectos, permítanme que defina “desarrollo humano”, el paradigma con el que el PNUD ha trabajado de manera consciente desde la elaboración de su primer Informe sobre Desarrollo Humano, en 1990. Se considera que el desarrollo humano amplía las opciones y las libertades de las personas, permitiéndoles vivir una existencia más prolongada y saludable, recibir una educación y disfrutar de una calidad de vida digna.

Mediante el Índice de Desarrollo Humano, que incluye componentes de salud y educación junto con el PIB, el Informe Anual sobre Desarrollo Humano del PNUD clasifica a los países según este parámetro compuesto, ya que cree que sirve para medir el desarrollo más eficazmente que el PIB por sí solo.

El Informe sobre Desarrollo Humano 2011 describió tres escenarios, dando forma a distintas tendencias sobre degradación medioambiental y desigualdad y sus consecuencias sobre el desarrollo humano en las próximas cuatro décadas.

El escenario “de referencia” y, en este caso, el “mejor” escenario, prevé cambios limitados en lo referente a la desigualdad y las amenazas y los riesgos medioambientales. Anticipa que, para el año 2050, el IDH podría ser un 19% mayor de lo que es actualmente. Esto representaría un ritmo de progreso del desarrollo humano similar al que se logró entre 1990 y 2010.

Según estas proyecciones, el IDH aumentaría más rápidamente en países en desarrollo, conduciendo a una convergencia constante del estado del desarrollo. En el África subsahariana, el IDH aumentaría un 44%, lo que significa el mayor aumento en cualquier región del mundo y que impulsaría a gran parte del continente a lo que actualmente se clasifica como niveles de desarrollo humano medios o altos.

No obstante, el Informe también lanza un mensaje fundamental muy serio: que es muy improbable que este escenario se materialice, salvo que se tomen medidas audaces en la actualidad para evitar catástrofes medioambientales en el futuro, se ponga freno a la degradación medioambiental y se reduzcan las profundas desigualdades existentes entre las naciones y dentro de ellas.

A continuación se creó un escenario de “desafío medioambiental”, que captura, entre otros aspectos, el efecto del calentamiento global sobre la producción agrícola; desafíos relacionados con el agua, el saneamiento y la contaminación; así como el aumento de la desigualdad y sus consecuencias, como una mayor probabilidad de conflicto entre estados. Este modelo predice un aumento del IDH global de ocho puntos porcentuales menor con respecto al nivel “de referencia” y de doce puntos porcentuales menos para el África subsahariana.

Incluso en un marco hipotético de “desastre medioambiental” más adverso que amplificaba la magnitud de los efectos modelados, el IDH mundial podría ubicarse un 15% por debajo del nivel “de referencia” en 2050. El efecto más contundente de este escenario se observaría en el África subsahariana, que descendería 24 puntos porcentuales con respecto al escenario “de referencia”, y en el sudeste asiático, donde estaría 22 puntos porcentuales por debajo.

En términos generales, en el peor de los supuestos el desarrollo humano se ralentizaría en extremo y, de hecho, sufriría un retroceso en el África subsahariana y el sudeste asiático de aquí a 2050. Sin duda, se plantea la imperiosa necesidad de adoptar medidas en todos los niveles para impedir que esta hipótesis se haga realidad.

2. Un enfoque renovado sobre la desigualdad y la sostenibilidad
El mensaje clave que se desprende de nuestro Informe sobre Desarrollo Humano 2011 y sus proyecciones es que, para mantener y acelerar el progreso del desarrollo humano, debemos afrontar juntos la desigualdad y la sostenibilidad.

El Informe sobre Desarrollo Humano 1995 identificaba tres elementos esenciales del paradigma del desarrollo humano:

  • Igualdad de oportunidades para todas las personas en la sociedad;
  • Sostenibilidad de esas oportunidades, de una generación a la siguiente; y,
  • Empoderamiento de las personas, de modo que participen en el proceso de desarrollo y se benefician con él.

El informe sobre sostenibilidad y equidad del año pasado demostró que estos elementos, además de ser conceptualmente importantes respecto al marco, también eran importantes para obtener resultados en términos de desarrollo.

Sin duda, este llamamiento para renovar el enfoque sobre la sostenibilidad y la equidad también proviene de otros académicos, cuyo trabajo demuestra que la pobreza, la desigualdad y la sostenibilidad medioambiental son retos mundiales relacionados entre sí. 

Y los líderes internacionales están de acuerdo. El documento resultante de la Conferencia Río+20 concluye que el desarrollo sostenible es el único camino viable para el desarrollo. Este documento destaca la relación entre la protección medioambiental y el desarrollo económico y otorga, por primera vez en una conferencia mundial de este tipo, la misma importancia a la dimensión social, o centrada en las personas, del desarrollo sostenible.

El informe Gente resiliente en un planeta resiliente del Grupo de Alto Nivel sobre la Sostenibilidad Mundial del Secretario General, publicado anteriormente a la Conferencia Río+20, sugería que “la mayoría de los encargados de tomar decisiones económicas todavía consideran el desarrollo sostenible como algo ajeno a sus responsabilidades principales”. Sin embargo, la integración de las dimensiones medioambientales y sociales puede resultar imprescindible para que las decisiones económicas prosperen.

A medida que nos acerquemos a 2050 y más contaminación y desigualdad sufra nuestro planeta, mayor será el número de gobiernos que tendrán que considerar los sistemas medioambientales y de protección social no como lujos que se deben adquirir cuando los países alcancen épocas de bonanza sino como requisitos fundamentales para sostener el desarrollo y satisfacer las necesidades de los ciudadanos.  Los costos de dicha mitigación serán mucho mayores entonces si no se adoptan medidas ahora. Este fue un mensaje central del informe de referencia de Nicholas Stern para el Gobierno británico en 2006 en relación con el imperativo de adoptar medidas urgentes sobre el cambio climático. 

Esta conclusión es cada vez más convincente para países en desarrollo con poblaciones jóvenes inquietas, servicios sobrecargados, ciudades en rápido crecimiento y una mayor exposición al riesgo de desastres. Los retos son particularmente difíciles para pequeños estados insulares que se enfrentan a su desaparición debido al aumento de los niveles del mar y para otros países pobres que también se llevan la peor parte de los fenómenos climáticos extremos, desde las mortíferas sequías que azotan periódicamente distintas partes de África hasta las inundaciones catastróficas de Pakistán y otros lugares.

Pero permítanme hablar un poco más sobre las relaciones entre la desigualdad y el desarrollo. Los debates sobre la desigualdad en la distribución de los ingresos y, en especial, los que se han dado en los recientes movimientos de “ocupación” en todo el mundo, se han etiquetado a menudo como ideológicos y sin relación con los resultados en materia de desarrollo.

No obstante, en su libro de 2009 “The Spirit Level: Why Greater Equality Makes Societies Stronger”, Richard Wilkinson y Kate Pickett demostraron que las sociedades más igualitarias tienen un mejor desempeño en la mayoría de las medidas del bienestar humano y que de esta situación no solo se benefician los más desfavorecidos sino todos los segmentos de la sociedad.

Un ensayo de importancia capital sobre “Desigualdad en la distribución de los ingresos y las condiciones para la pobreza crónica” que apareció recientemente en una publicación del PNUD describe los mecanismos potenciales implicados, y afirma que: “Una desigualdad elevada y en aumento también reduce la probabilidad de que se apliquen e implementen políticas económicas y sociales que fomenten un crecimiento inclusivo y el desarrollo humano. Por ejemplo, puede haber grupos más ricos que afiancen ventajas económicas ineficaces como impuestos regresivos o la asignación de fondos públicos en interés propio en lugar de pensar en el país”.

En referencia a este tema, varios líderes intelectuales, desde el nobel Joseph Stiglitz a Robert Putnam , postulan que es menos probable que las sociedades más desiguales, donde los niveles de confianza y cohesión social son bajos, inviertan en bienes e infraestructuras públicas como la conservación del medio ambiente, la salud pública o la mejora de los sistemas educativos. Sin embargo, dichas inversiones son fundamentales para el bienestar de las generaciones actuales y futuras.

Cuando pensamos en el desarrollo sostenible, debemos tener en cuenta los recursos de nuestro capital económico, humano, social y medioambiental y qué parte de los mismos legaremos a nuestros hijos. El aumento de la desigualdad puede tener un efecto negativo en todos ellos.

En ocasiones, este efecto es muy visible. Por ejemplo, cuando el aumento de la desigualdad conduce a la violencia y al conflicto armado con un coste humano, social, económico y medioambiental que supone una lacra en la trayectoria de desarrollo de toda una sociedad. En otras ocasiones el efecto puede ser menos visible, aunque el aumento de la desigualdad puede llevar a una sociedad en la que la distancia entre ricos y pobres impida imaginar un futuro compartido por el cual trabajar juntos y, por tanto, que sea imposible adoptar las medidas necesarias para conseguirlo.

Como nos recuerda el nobel Joseph Stiglitz: “el aumento de la desigualdad es la cara opuesta de otra realidad: la disminución de las oportunidades”. 

Es importante considerar que la agenda para el desarrollo global posterior a 2015 que está debatiéndose actualmente incluya el fomento de una mayor sostenibilidad y equidad medioambiental como objetivos vinculados. Este aspecto es necesario para sostener los logros conseguidos en desarrollo de los últimos cuarenta años y garantizar que las generaciones futuras no tengan menos recursos que las actuales.

3. ¿Qué decisiones e intervenciones sobre políticas pueden asegurar un año 2050 más sostenible y equitativo?
Si me permiten, comentaré algunos de los enfoques que pueden afrontar los temas de la pobreza, la desigualdad y la sostenibilidad a través de: a) lograr consenso sobre “el futuro que queremos” en el plano mundial; b) adoptar decisiones sobre políticas inteligentes en el plano nacional; y, c) encontrar soluciones innovadoras en el plano local.

a. Lograr consenso en el plano mundial
Un reto al que se enfrentan los encargados de formular políticas a la hora de promover el desarrollo sostenible consiste en que los ciclos electorales y las presiones políticas relacionadas conducen a un enfoque a corto plazo.

Esto puede significar que las prioridades del momento se acometen de forma fragmentada, y los riesgos a más largo plazo no se tratan debidamente. Es aquí donde las Naciones Unidas, en su papel de conseguir consenso en torno a normas y establecer objetivos y metas de desarrollo mundiales a largo plazo, puede contribuir a definir el camino a seguir.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio han sido eficaces al concentrar los esfuerzos de desarrollo y movilizar a los diversos actores alrededor de una causa común a lo largo de un horizonte a largo plazo de quince años. Los gobiernos con un buen desempeño que mantienen a sus países encaminados a fin de cumplir los objetivos obtienen el reconocimiento en conferencias de las Naciones Unidas que se celebran periódicamente; asimismo, en ellas se identifica a aquellos que necesitan mayor apoyo por parte de la comunidad internacional.

Río+20 reiteró la necesidad de impulsar el progreso para cumplir los ODM de aquí a 2015, aspecto que el PNUD respalda totalmente, además de acordar el diseño de “objetivos de desarrollo sostenibles”.

Igualmente, hizo hincapié en la urgente necesidad de favorecer el acceso universal a servicios energéticos modernos y fiables sin olvidar la importancia de alejarse del alto nivel de dependencia de los combustibles fósiles.

Los Estados Miembros destacaron la iniciativa “Energía sostenible para todos” del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, que incluye tres metas para 2030:

  • lograr el acceso universal a los servicios de energía modernos;
  • duplicar la proporción de energías renovables en la combinación mundial de fuentes de energía; y
  • duplicar la proporción de mejoras en la eficiencia energética en todo el mundo.

De los 500.000 millones de dólares estadounidenses garantizados a través de proyectos voluntarios en Río+20, más del 60% se dedicó a esta iniciativa, lo que implica que las metas mundiales pueden estimular el apoyo financiero para complementar el compromiso político necesario para el cambio.

El Secretario General de las Naciones Unidas también lanzó un desafío ambicioso personal, el de conseguir “hambre cero” en vida. Concretamente, instó a lograr un mundo en el que:

  • todas las personas tengan acceso a niveles suficientes de alimentos nutritivos durante todo el año;
  • no exista malnutrición durante el embarazo ni durante la infancia temprana;
  • todos los sistemas alimentarios sean sostenibles;
  • los pequeños agricultores tengan los insumos y las oportunidades que necesitan para doblar su productividad e ingresos; y
  • se ponga fin a las pérdidas de alimentos como consecuencia del despilfarro, la deficiencia en la capacidad de almacenamiento e infraestructuras.

Las decisiones sobre políticas a diferentes niveles pueden contribuir a cumplir estos objetivos. Por ejemplo, las inversiones en agricultura sostenible tienen el potencial de aliviar la inseguridad alimentaria y la malnutrición, mitigar el cambio climático y proteger el medio ambiente. Asimismo, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que estas inversiones podrían crear hasta 50 millones de puestos de trabajo de aquí a 2050.

Conseguir consenso respecto de dónde queremos que esté el mundo en los años 2030, 2040 y 2050 es un paso necesario; la acción concertada de los gobiernos, las ONG y los actores de la sociedad civil, el sector privado, las organizaciones filantrópicas y los investigadores podría ayudar a llevarnos a ese punto.

b. Acción en el plano nacional
Para que el propósito prospere, los países necesitarán adoptar formulaciones de políticas integradas y perseguir objetivos transversalmente en los tres ejes del desarrollo sostenible —el económico, el medioambiental y el social— simultáneamente. Esto requiere administraciones públicas y sistemas de gobernanza efectivos, así como una amplia participación de diversas partes interesadas.

El PNUD se compromete a ayudar a los países a desarrollar estas capacidades y planes a favor de las economías verdes e inclusivas, que puedan alcanzar prioridades de desarrollo nacionales al tiempo que limitan emisiones futuras y responden a las necesidades de las comunidades y los grupos vulnerables, pobres y excluidos.

En nuestro informe, recientemente publicado y titulado en inglés “Triple Wins for Sustainable Development”, mostramos a través de estudios de caso cómo las políticas integradas realmente funcionan en sinergia y cuestionamos el planteamiento obsoleto que entiende el crecimiento económico como algo que va en contra de la ética desde el punto de vista del medio ambiente.

Entre los diversos ejemplos exitosos, se incluyen:

  • el programa Bolsa Verde (o Subvención Verde) de Brasil, que genera transferencias de ingresos destinadas específicamente a familias que sufren pobreza extrema y que promueve la conservación medioambiental en zonas donde viven y trabajan estas familias.
  • El programa Red de Seguridad Productiva de Etiopía que, hasta la fecha, ha proporcionado ingresos y suministros alimentarios previsibles a más de ocho millones de beneficiarios en 300 distritos que sufrían inseguridad alimentaria. Las personas que participan en el programa trabajan en los ámbitos de la conservación medioambiental, gestión del agua y organización de la tierra en terrazas, creando una mayor resiliencia ante las condiciones extremas del clima de cara al futuro.
  • La Ley Nacional de Empleo Rural Garantizado Mahatma Gandhi en la India, que ha permitido ofrecer un mínimo de cien días de trabajo al año a personas pobres rurales que cumplían ciertas condiciones, con una cuota a favor de la participación de la mujer, en proyectos determinados por consejos de aldeas y especial atención puesta en la rehabilitación medioambiental y la conservación del agua. Este programa beneficia actualmente a un mínimo de 46 millones de hogares.

Gracias a la cooperación Sur-Sur, los países en desarrollo pueden compartir las mejores prácticas y las lecciones aprendidas, y el PNUD continuará siendo un socio sólido a la hora de promocionar esta colaboración.

c. Innovación y asociaciones en el plano local
Más allá de lo que puedan hacer la comunidad internacional y los gobiernos, la importancia y relevancia de las cumbres mundiales radican en definitiva en su capacidad de conectar e influir en lo que las personas están haciendo sobre el terreno en todas las partes del mundo para “pensar globalmente mientras actuamos localmente”.

Río+20, con su enorme implicación de gobiernos subnacionales, ONG, comunidades y empresas, se puede entender como una promoción del liderazgo desde la base a favor del desarrollo sostenible, basándose en coaliciones pragmáticas, multisectoriales y específicas en cuanto a temática. Finalmente, lo que motivará a los gobiernos a actuar es el conocimiento de que existe un mar de fondo propicio para el cambio.

Las iniciativas innovadoras en el plano local que demuestran ser eficaces pueden ser trasladadas y ampliadas. En mi trabajo, veo innumerables ejemplos de acciones comunitarias de éxito. Recientemente, en Senegal, conocí a mujeres locales que plantaban de nuevo bosques de manglares y posteriormente los protegían. Estos, una vez restablecidos, alimentaban a cantidades de peces y crustáceos, generando así nuevas fuentes de ingresos para sus familias.

El importante papel que desempeñan las organizaciones filantrópicas al establecer alianzas para el futuro también merece ser destacado. La asociación filantrópica puede contribuir a estimular la innovación y diversas soluciones para abordar la sostenibilidad y la equidad, entre otras cosas, facetas que pueden ser adoptadas por comunidades locales y ser ampliadas posteriormente.

Conclusión
En mis observaciones de hoy he examinado distintos motores mundiales del cambio —demográficos, medioambientales, económicos y geopolíticos— y las decisiones sobre políticas necesarias para asegurar que el mundo sea más equitativo y sostenible en el año 2050.

Entender las tendencias y aplicar técnicas sofisticadas de elaboración de modelos puede ayudarnos a planificar el futuro. Sin embargo, en última instancia, es preciso que exista la voluntad política y el liderazgo firme, en todos los niveles, para dedicar recursos financieros y humanos adecuados que sirvan para afrontar los retos identificados, encontrar soluciones innovadoras y establecer alianzas sólidas.

He subrayado ejemplos fructíferos de acciones de este tipo, procedentes de todos los rincones del planeta. Me dirijo a vosotros desde el Área de la Bahía —un centro internacional de innovación tecnológica y emprendeduría social, además de una comunidad que respeta la diversidad de las personas y protege el medio ambiente—. Esto me hace sentir optimista y pensar que el mundo puede ser un lugar más equitativo y sostenible en 2050. 

Espero que todos ustedes participen en el debate sobre el marco de desarrollo posterior al año 2015 y compartan sus ideas, creatividad y dedicación para contribuir a moldear el “futuro que queremos”.

Liderazgo
Helen

Helen Clark entró en funciones como Administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo el 20 de abril de 2009, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir la organización. Es también Presidenta del Grupo de las Naciones Unidas para el Desarrollo, un comité compuesto por los directores de todos los fondos, programas y departamentos de la ONU que trabajan en cuestiones relacionadas con el desarrollo.

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