• La contribución del desarrollo: dar sentido al mundo en que vivimos | Helen Clark

    11 ago 2014

    Refugiados de Sudán del Sur en el norte de Uganda. Foto: F. NOY/ ACNUR

    Es difícil recordar una época en la que haya habido más crisis disputándose los titulares de la prensa, o en la que diplomáticos como el Secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, y el Secretario General de la ONU estuvieran involucrados en tantas mediaciones diplomáticas simultáneamente.

    Los primeros conflictos que vienen a la mente, de fines del mes pasado, son los de Gaza y Ucrania oriental, Siria, Iraq, Libia, Sudán del Sur, República Centroafricana y Mali, Nigeria.

    El costo de la ayuda humanitaria está resultando abrumador. A fines de junio de este año, los llamados de la ONU para las crisis humanitarias sumaban US $16,400 millones. Esto antes de que comenzara el último conflicto en Gaza, y antes de que tuvieran lugar muchos de los enfrentamientos armados en Ucrania oriental.

    ¿Se puede hacer más para prever, prevenir o mitigar estos traumáticos hechos? La respuesta es sí; y existe una necesidad imperiosa de intentar mantenerse un paso adelante de futuras crisis para evitar costosos contratiempos en el desarrollo y la pérdida de vidas humanas. 

    Las estimaciones a grandes rasgos sugieren que por cada dólar que se gasta en preparación para el desastre y su mitigación, se ahorrarán siete dólares cuando ocurra el desastre. También es verdad que invertir en estados frágiles que han estados inmersos en conflicto o aun lo están absorbe una cantidad considerable de asistencia oficial para el desarrollo mundial. 

    Sin embargo, una gran porción se destina a la ayuda humanitaria, lo cual deja sumas relativamente pequeñas para inversiones a más largo plazo que podrían propiciar avances en gobernabilidad inclusiva, mediar en tensiones locales, e impedir el conflicto.

    Para invertir en mantener la cohesión al interior de las naciones, los actores del desarrollo deben ser más pragmáticos y veloces. En última instancia, se trata de un proceso político que requiere de liderazgo, visión, tolerancia e inclusión. Si el mando de un país no adopta la inclusión y el cambio, tarde o temprano el cambio se impondrá por la fuerza y, posiblemente, a un costo terrible en términos de vidas y economía.

    Al final del próximo año vence el plazo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que en gran parte surgen de la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas en 2000. Qué los reemplazará es tema de gran debate a nivel mundial.

    Sin embargo, para prevenir los conflictos y lograr la cohesión de las naciones, nuestro mundo necesita un cambio radical de gobernabilidad inclusiva y eficaz, igualdad, derechos humanos y estado de derecho. Como actores del desarrollo, podemos cumplir nuestra función, pero quienes dirigen los países y quienes aspiran a dirigirlos también deben cumplir la suya.