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Consumismo y bienestar: ¿qué nos falta? | George Gray Molina

27 jun 2014

"El boom de consumo" se concentra en las altas esferas de la sociedad. Foto: Mauricio Martínez / PNUD en El Salvador

Slavoj Zizek cuenta de un chiste que circulaba en Europa oriental en los años sesenta. Un señor ingresa a la tienda de abarrotes y grita: “seguramente no tienen jabón, ¿verdad?” El tendero responde desganado: “no señor, somos la tienda que no tiene papel higiénico; la tienda que no tiene jabón está al frente”.

En América Latina opera algo similar en las discusiones sobre progreso y desarrollo. Nos acostumbramos en la posguerra a pensar que somos la sociedad a la que le “falta algo”, que está “incompleta”.

Nos interesa explorar por las peculiaridades de la escasez que hace falta, la de los datos que requerimos para visualizar mejor los excesos de un patrón de consumo insostenible o las dimensiones faltantes de una pobreza multi-dimensional que aún no alcanzamos a definir.

Hace un par de semanas se publicaron datos nuevos sobre los patrones de consumo, gasto y endeudamiento en la CEPAL. La primera constatación es como sigue a continuación:  

Datos recientes de la CEPAL muestran que el “boom de consumo” se concentra en los deciles más ricos de la población: el 20 por ciento más rico de la población latinoamericana contabiliza más o menos el 50 por ciento del gasto de los hogares. El 20 por ciento más pobre contabiliza alrededor del 7 por ciento de los gastos de hogares.

Ademas, la composición del gasto muestra una transición en marcha, de hogares que asignaban la mayor parte de su gasto a los alimentos, a hogares que gastan cada vez más en vivienda, transporte y consumo de ropa y calzados.   El ascenso de clases medias emergentes hace más pronunciada esta transición en los patrones de consumo.

Finalmente, los hogares latinoamericanos se endeudan cada vez más –con créditos de consumo y tarjetas de crédito que explican la mayor parte de la nueva carga. Colombia, México y Brasil rondan el 30 por ciento de deuda/ingreso disponible, mientras que en Chile la carga de deuda de hogares asciende a más del 60 por ciento del ingreso disponible –solo comparable con EEUU, que ronda el 100 por ciento en nuestro hemisferio.

Dimensiones faltantes

Otra escasez son las “dimensiones faltantes” de la pobreza. Hace 20 años que analizamos la pobreza en base a líneas de pobreza o aproximaciones de necesidades básicas insatisfechas. A pesar de mucha sofisticación en la manera de tratar exclusiones, discriminación y desigualdad, nuestra métrica sigue midiendo básicamente educación, salud y condiciones del hogar como síntesis de “todo lo demás” que asociamos con bienestar.

La excepción notable es el trabajo sistemático de Sabina Alkire en pobreza multi-dimensional que genera espacio para variantes en la métrica. Mi colega Eduardo Ortiz se encuentra trabajando en una de esas variantes estas semanas. ¿Que sucedería si en vez de una línea de pobreza multi-dimensional visibilizáramos una “familia” de líneas de bienestar para hogares en pobreza extrema, pobreza moderada, vulnerables y clases medias?

En algunos lugares, los ciudadanos darían mayor prioridad a la “seguridad ciudadana” que a otras dimensiones. Para ciertos grupos de la población la prioridad será “mejor calidad del empleo”; para otros, es mayor “empoderamiento ciudadano”.

Cuéntanos ¿como ponderaríamos las diferentes dimensiones de bienestar?