• Por qué la igualdad de género debe ser una prioridad del desarrollo | Jeni Klugman

    02 dic 2013

    Mujer cultivando la tierra en Togo
    Una mujer cultiva la tierra en Togo donde sólo los hombres pueden heredar la tierra. Foto: PNUD Togo.

    “El futuro se presenta gris para mujeres como nosotras, dedicadas a la pequeña agricultura”. Esto es lo que declaró un grupo de Togo en la encuesta “El Mundo que Queremos” en la que se recogen testimonios y opiniones sobre los futuros objetivos de desarrollo. Según las costumbres locales, explican, “la tierra sólo la heredan los hombres pero las mujeres hacemos la mayor parte del trabajo en los campos. Esto nos hace depender de los hombres y nos encadena a la pobreza”.

    La discriminación legal es sólo uno de los múltiples obstáculos que frenan la participación de las mujeres en la economía. Las normas sociales, la falta de autonomía y el acceso limitado a los recursos también influyen, con unos costos, particularmente en los países pobres y emergentes, enormes.

    Las diferencias entre géneros son generalizadas en todos los continentes y sectores. Las mujeres que trabajan en la agricultura tienden a tener una productividad menor, poseer terrenos más pequeños y cultivar productos menos rentables. Durante la crisis económica global, las mujeres mexicanas y hondureñas han sufrido el 70 por ciento de todos los despidos. En las economías avanzadas, las mujeres ganan un 16 por ciento menos que los hombres –incluso en los mismos puestos– ocupan menos cargos de responsabilidad y hay menos mujeres empresarias.

    El cierre de estas brechas podría proporcionar enormes réditos al desarrollo. Igualar el número de mujeres y hombres en la población laboral activa podría añadir un 5 por ciento al crecimiento económico de los Estados Unidos, un 9 por ciento al de Japón y un 34 por ciento al de Egipto.

    Nuestras conclusiones indican que las normas sociales desempeñan un factor clave en la restricción del tiempo de las mujeres y la infravaloración de su potencial. Las tareas del hogar, el cuidado de los niños y la atención a las personas mayores son típicamente consideradas responsabilidad de la mujer. Al mismo tiempo, cuatro de cada diez personas a nivel mundial –casi cinco de diez en los países en desarrollo – coinciden en que los hombres deben tener prioridad cuando escasea el empleo.

    Muchas mujeres no tienen acceso a la tierra, a recursos económicos y servicios financieros ni a tecnología, servicios de capacitación, información y redes sociales. A nivel global, sólo el 47 por ciento de las mujeres, por ejemplo, tiene una cuenta abierta en una entidad financiera formal, comparado con el 55 por ciento de los hombres. La discriminación legal sigue siendo extremadamente frecuente. Todavía hay 15 países donde las mujeres necesitan el consentimiento de sus esposos para poder trabajar.

    Para superar esta situación y empoderar a las mujeres en el mundo laboral es preciso entender los contextos locales y diseñar soluciones que tengan en cuenta las carencias y los obstáculos existentes. Entre las soluciones a aplicar probablemente estarán las siguientes:

    • Eliminación de las barreras legales y formales al trabajo de las mujeres.
    • Implicación del sector privado.
    • Promoción del emprendimiento entre las mujeres.

    La erradicación de la pobreza es una ambiciosa meta que exigirá aprovechar todos los recursos a nuestro alcance. Se puede aventurar casi con total certeza que si enfrentamos la desigualdad entre géneros en el mundo laboral y liberamos todo el potencial económico de las mujeres –algo necesario desde hace tiempo– estaremos ante una transformación que cambiará radicalmente los parámetros en que nos movemos.