• Sin diversidad, no hay democracia | Heba El-Kholy

    19 sep 2013

    Mujeres libias muestran con orgullo sus dedos entintados después de votar en las elecciones generales para el Congreso Nacional del 7 de julio de 2012. Foto: Samia Mahgoub/PNUD
    Mujeres libias muestran con orgullo sus dedos entintados después de votar en las elecciones generales para el Congreso Nacional del 7 de julio de 2012. Foto: Samia Mahgoub/PNUD

    Alguien dijo alguna vez que la historia es cíclica. En 2004, el PNUD publicó lo que considero como uno de los mejores Informes sobre Desarrollo Humano mundial: La libertad cultural en el mundo diverso de hoy. El informe explicaba que la libertad cultural en el mundo diverso de hoy representa uno de los desafíos centrales de nuestra época y que las decisiones políticas sobre el reconocimiento de las diversidades étnicas, religiosas, idiomáticas y éticas “constituyen una característica fundamental del panorama político del siglo XXI”.

    Sin embargo, todavía debemos desmitificar creencias muy arraigadas, como la que sostiene que las culturas que poseen valores democráticos inherentes tienen mayores posibilidades de progreso que las demás.

    En 2004, como en la actualidad, el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD demostró que no había razón para afirmar que existe un desequilibrio entre la inclusión de algunas culturas y la promoción de la democracia.

    Lamentablemente, muchas personas aún sostienen este argumento y señalan que la Primavera Árabe se está convirtiendo en un “invierno islámico”.

    A lo largo de los años, he constatado que la democracia no puede subsistir sin la diversidad. A través de estudios realizados con la sociedad civil y las Naciones Unidas, pude comprobar que abordar el tema de la diversidad en su sentido más amplio sigue siendo uno de los desafíos más importantes de la agenda para el desarrollo y la democracia. Esta es una de las lecciones que surge a partir de la ola de revoluciones que se desató en la región árabe, que tomó al mundo por sorpresa y que provocó el derrocamiento de los regímenes autoritarios que habían gobernado la región durante décadas.

    Considero que el éxito de estas protestas se debe, primero y principalmente, a la diversidad cultural que las conforman: jóvenes y adultos, hombres y mujeres, ciudadanos rurales y urbanos, pobres y ricos, musulmanes y cristianos, chiitas y sunitas, ateos y agnósticos.

    De hecho, los conflictos que se han generado en la actualidad en muchos países de la región se deben, en parte, a que los nuevos gobiernos le han quitado protagonismo a la diversidad cultural. En lugar de fomentar el debate abierto, las opiniones irritantes se silencian y se excluyen. Las mujeres, los jóvenes y los representantes de la clase trabajadora, las minorías y los movimientos populares quedan relegados.

    La participación inclusiva requiere medidas y mecanismos explícitos que aseguren la integración de la diversidad de opiniones e identidades a los procesos y a las medidas políticas. Asimismo, estas opiniones deben respetarse y divulgarse a través de otros grupos sociales. Se necesitan políticas que garanticen estas medidas, como las que apoyan el pluralismo jurídico, las cuotas de participación política y la división de poderes.

    Acerca del lema de este año para conmemorar el Día de la Democracia, Reforzar las voces de la democracia, el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, declaró que “la capacidad de las personas para elevar sus voces y elegir su forma de gobierno es inherente a la democracia”.

    A través de la encuesta internacional MyWorld de las Naciones Unidas, más de un millón de personas expresó que la necesidad de contar con un gobierno confiable, transparente y eficaz es la prioridad fundamental del mundo que desean.

    Debemos garantizar que la opinión de las personas se vea reflejada en las políticas y en la toma de decisiones si queremos una democracia más representativa.

    Heba El-Kholy
    Directora del Centro de Oslo para la Gobernanza del PNUD