• Una sombra de 40 años: el 11 de septiembre de Chile | Heraldo Muñoz

    11 sep 2013

    Reflejo de un niño tomado en los barrios marginales del campamento Juan Pablo II en Santiago, Chile. Foto: Nicolas Pinto Tironi/PNUD
    Reflejo de un niño tomado en los barrios marginales del campamento Juan Pablo II en Santiago, Chile. Foto: Nicolas Pinto Tironi/PNUD

    Cuarenta años después del golpe de Estado del 11 de septiembre encabezado por el general Augusto Pinochet, que derrocó al presidente democráticamente electo Salvador Allende, muchos todavía me preguntan: ¿Acaso no fue Pinochet el responsable del milagro económico que transformó a Chile en un ejemplo de éxito?

    Un reciente editorial del Wall Street Journal expresó el deseo de que los “egipcios tengan nuevos generales en el molde de Augusto Pinochet" que "reclutó reformadores pro-libre mercado y facilitó la transición a la democracia."

    Pinochet personificó una contradicción inquietante. Ganó elogios por la transformación de la economía en una de las más prósperas de América Latina.

    El principal problema de los defensores de Pinochet fue su brutalidad y corrupción. Si solo hubiera modernizado la economía de Chile sin asesinar, torturar y exiliar a decenas de miles de disidentes y no hubiese sido descubierto con cuentas bancarias secretas en el extranjero, piensan algunos.

    Sin embargo, las bases de la modernización económica preceden a Pinochet. La reforma agraria de la década de 1960 e inicios de los 70 permitió que el régimen militar estimulara una economía impulsada por la agroindustria y orientada a la exportación. En 1970 la tasa de analfabetismo era inferior al 10%, la desnutrición y la mortalidad infantil declinaban por décadas y el país contaba con importantes instituciones estatales sólidas.

    ¿Podría Chile haber alcanzado la prosperidad sin Pinochet? Mi respuesta es que sí. Muchos países de América Latina, como Brasil y Perú, introdujeron reformas económicas profundas y difíciles, aunque no sin oposición.

    Un régimen como el de Pinochet no es un mal necesario. Ninguna nación necesita un tirano para modernizarse y alcanzar el bienestar. Como bien escribió Mario Vargas Llosa, las reformas impuestas por las dictaduras siempre resultan en "atrocidades que dejan secuelas cívicas y éticas infinitamente más costosas que el statu quo.” La libertad económica rara vez se desarrolla en ausencia de libertad política.

    Fue justamente el retorno de la democracia en 1990 que comenzó a poner remedio a los costos sociales heredados de la era Pinochet. En las dos décadas siguientes, el país tuvo el doble de la tasa de crecimiento de las tres décadas anteriores. Los salarios eran 74% superiores en 2009 que en 1989. De 1990 a 2011, la pobreza cayó del 40,8% al 9,9%, el consumo de carne aumentó de 37 a 84 kilos por habitante; el número de hogares con refrigeradores aumentó del 55% al 92%. Pero Chile sigue siendo uno de los 15 países más desiguales del mundo, según el PNUD, a pesar de que los subsidios para los más pobres han ayudado a paliar la brecha de la desigualdad de ingreso.

    Al igual que las diversas identidades que utilizó en sus cuentas bancarias secretas, Pinochet significa diferentes cosas para diferentes sectores.

    Pero Pinochet deberá ser recordado mucho más como un símbolo de la represión que como un reformador económico. La era del dictador terminó, aunque Pinochet sigue proyectando su larga sombra.

    Heraldo Muñoz
    Subsecretario General de la ONU y Director para del Bureau para América Latina y el Caribe del PNUD. También es autor de "La sombra del dictador: una memoria política de la vida bajo el régimen de Augusto Pinochet". (Alpha)

     


Sobre el Autor
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Heraldo Muñoz es Subsecretario General de las Naciones Unidas y Director Regional del Bureau para América Latina y el Caribe del PNUD. Síguele en Twitter: @HeraldoMunoz

 

BIOGRAFÍA (EN INGLÉS)
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