Equipo de profesionales de la salud en el hospital clínico José de San Martín en 1945. Foto de la familia Catterberg

“Ir a ver al doctor” significó en el imaginario colectivo de las y los argentinos, desde los propios inicios del país, ir a ver a un médico varón. Durante casi dos siglos, los números convalidaron este imaginario. A mediados del siglo XIX, los profesionales de la medicina comenzaban a participar, a la par de la construcción del estado moderno, en las universidades, la dirección de las instituciones de salud y en las políticas sobre salud pública. Las mujeres prácticamente no tuvieron acceso a esta elite y quedaron excluidas del ejercicio regulado de la medicina.

Sin embargo, a partir del impulso de las Escuelas Normales, un grupo de notables mujeres comenzó a luchar por su ingreso a la universidad. Si bien no había prohibiciones formales, distintas disposiciones lo obstaculizaban. En 1889, Cecilia Grierson fue la primera mujer en graduarse de médica en el país. No pudo ejercer como cirujana. Dejó importantes contribuciones a través de la creación de asociaciones profesionales y la fundación de escuelas especializadas. Abrió además el camino a una nueva generación de mujeres médicas. Fue un camino largo y arduo.

Un siglo más tarde, en el año 1980, ir al médico seguía significando en el imaginario y, con una alta probabilidad, en los hechos, atenderse con un médico varón. Como muestra la más reciente publicación de género del PNUD en Argentina, “Género en el sector salud: feminización y brechas laborales”, ocho de cada diez médicos eran hombres, o, en otras palabras, sólo dos puestos de las y los profesionales en medicina eran ocupados por mujeres. No obstante, la medicina se encontraba en los albores de una transformación profunda en la composición de sus recursos humanos. Sólo 20 años después, la proporción de mujeres médicas se duplicó, y en la actualidad alcanza al 46,3% del total de médicos y al 51,9% en edad activa. Esta transformación convergió en una “feminización profesionalizada”: desde una presencia mayoritaria de mujeres entre sus técnicos y operativos, a una presencia también mayoritaria entre sus profesionales.

A pesar de esta transformación, las creencias y estereotipos hacia las mujeres médicas persisten, especialmente en ciertas especialidades. La feminización profesionalizada de la medicina no se produjo al mismo ritmo en todas las áreas. Por el contrario, la distribución no es aleatoria. Hay especialidades con clara presencia de mujeres, y otras de varones. Cecilia Grierson no pudo lograr su sueño de ser cirujana. Dos siglos más tarde, el quirófano sigue siendo un espacio pensado y ejercido predominantemente por hombres. Las estadísticas son elocuentes: al menos 90% de las y los médicos en cirugía general, neurocirugía, coloproctología, cirugía vascular, traumatología, cirugía de tórax, cirugía de cabeza y cuello y cirugía cardiovascular son hombres.

Las creencias y los estereotipos hacia las doctoras persisten, especialmente en ciertas especialidades. El 90 por ciento de los médicos en cirugía son hombres. Foto: Piron Guillaume / Unsplash

El quirófano es un ámbito donde el “control de situaciones de riesgo”, “el manejo del estrés” y la “resistencia física” son entendidas como atributos masculinos. En contraposición, las capacidades de las mujeres continúan principalmente asociadas con la empatía, la contención y el cuidado infanto-juvenil. Así lo expresa un cirujano general, coordinador del servicio de un hospital en el Área Metropolitana: “El hombre se siente más cómodo que la mujer con determinado nivel de estrés. Debe haber algo del género en el cual naturalmente hay un nivel que no quieren pasar, o no se sienten preparadas para pasarlo, y se transforma en una barrera”. Por su parte, un Cirujano general, coordinador de servicio, manifiesta “había que estar preparado como un soldado para ir a la guerra: un entrenamiento duro físicamente, duro emocionalmente. Es muy difícil que una mujer pueda superar eso”.

La eliminación de estereotipos y prejuicios de género requiere transformaciones en las creencias sobre las formas de ser, actuar y pensar de mujeres y varones. Estas transformaciones involucran especialmente a los varones: si bien las mujeres son las que padecen la desigualdad y la discriminación, los varones son en general quienes las alimentan. En este marco el empoderamiento es fundamental, si bien no suficiente. Las mujeres deben poder elegir libremente un acceso pleno al mercado laboral. En el caso de las médicas, se trata también de que puedan acceder con libertad a una especialidad y a la elección de la misma. Es decir, poder erradicar el doble estereotipo -la división sexual del trabajo al interior de los hogares y al interior de sus instituciones- sin sesgos que determinen sus funciones simplemente por ser mujeres.

Un paso fundamental para romper estereotipos sobre las capacidades asociadas a lo masculino y lo femenino en el ámbito de la salud es visibilizar contextos institucionales y formativos en los cuales los estereotipos se construyen, reproducen y visibilizan. Influir sobre la transmisión de valores, disposiciones y expectativas sociales y de comportamiento que se socializan en gran medida en las residencias y las instituciones hospitalarias a través de mecanismos formales e informales es imprescindible para un mayor empoderamiento de las mujeres del sector.

Más de un siglo de logros de las mujeres en la medicina no han sido suficientes para erradicar los estereotipos sobre sus capacidades. ¿Podrán ellas, en los próximos 100 años, elegir libremente su especialidad y tener las mismas oportunidades para acceder a un quirófano que sus contrapartes varones?

Sobra la autora

Gabriela Catterberg es Investigadora de Desarrollo Humano y Políticas del PNUD en Argentina y autora principal del informe 'Género en el sector salud: Feminización y brechas laborales'. Síguela en Twitter:  @GCatterberg

 

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