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La gestión del riesgo climático en América Latina y el Caribe

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 En los últimos 25 años, los desastres han cobrado más de 240 000 vidas y causado pérdidas por más de US$39 000 millones en la región. Foto: PNUD Bangladesh

En la mitología maya, Huracán fue el dios que surgió del corazón del cielo para gobernar el trueno, el rayo, los vientos y tempestades. Para los taínos caribeños, Juracán representaba a un dios maligno. Ya en 1494, Cristóbal Colon menciona en sus diarios de navegación a un posible ciclón tropical que sorprendió a su flota mientras navegaba en las aguas cercanas a Cuba. Es desde esta época que este fenómeno, en otros lugares del mundo denominado ciclón o tifón, adquiere el nombre huracán en el hemisferio occidental.

El reciente paso del Huracán Matthew por el Caribe, que ha afectado a millones de personas en Colombia, Jamaica, Cuba, Haití, República Dominicana, las Bahamas y Estados Unidos, nos recuerda una vez más las implacables fuerzas de la naturaleza. En Haití, además de las muertes provocadas, hay 750,000 personas en necesidad de asistencia. En las zonas más afectadas, los poblados han sido arrasados y la agricultura aniquilada. Dadas las precarias condiciones sanitarias del país, el cólera amenaza con un rebrote.

Las poblaciones precolombinas se habrían tal vez visto sorprendidas por las fuerzas de los cielos. En estos tiempos, sin embargo, podemos monitorear y predecir los cursos y fuerza de las tormentas tropicales y los huracanes, permitiéndonos tomar precauciones y prepararnos ante su llegada. Los científicos nos indican que la velocidad de los vientos en huracanes se incrementará con el cambio climático. Esto hace aún más patente que la necesaria preparación debe ser de largo plazo y un elemento integral en como erigimos nuestras sociedades. Para usar un anglicismo que se ha venido a instalar en nuestro idioma: debemos construir sociedades más resilientes.

La pregunta es entonces: ¿Estamos haciendo lo suficiente para crear esta resiliencia? Es verdad que hay una gran capacidad de respuesta ante desastres en muchos países: Cuba por ejemplo es reconocida por su alto grado de organización en la preparación ante huracanes, demostrada una vez más ante el paso de Matthew. Más de un millón de personas fueron evacuadas en pocos días y paulatinamente están regresando a sus hogares. Pero vemos también que en la región, la persistente pobreza generalizada, una urbanización rápida y descontrolada y la degradación del medio ambiente, han dado lugar a un aumento de la vulnerabilidad. El caso de Haití es notable, pero el Caribe en general es altamente vulnerable: según la CEPAL (2015), durante un período de 25 años, los desastres se han cobrado más de 240 000 vidas y han causado pérdidas por más de 39 000 millones de dólares en esta región. En el 2015, la tormenta tropical Erika causo severos daños en la región, en particular en Dominica donde las pérdidas se calcularon en un 90 % de su PIB (IFRC 2015).

Debemos además recordar que la mayoría de los eventos que causan perdidas y daños, no son necesariamente los que salen en los titulares de los medios de comunicación; incidentes como derrumbes, riadas, e inundaciones locales son los que provocan el mayor daño acumulado. Otra amenaza son los eventos climáticos más lentos: El fenómeno de El Niño del 2015 y 2016, afectó las cosechas y la ganadería, la disponibilidad de agua, la nutrición y las condiciones de salud de millones de latinoamericanos, provocando migración de las zonas más afectadas. Más de 3.5 millones de personas en Centroamérica requirieron asistencia humanitaria en forma de alimentos y apoyo para la recuperación de sus medios de vida. Sudamérica experimentó exceso de lluvias, con millones de hectáreas de tierras bajo agua, deslizamientos de tierra y afectaciones sobre la infraestructura. También se expuso la vulnerabilidad del sector energético: las hidroeléctricas de la región experimentaron una alarmante baja en los niveles de agua, lo cual obligó a racionamientos en varios países.

Como PNUD, apoyamos a los países en la gestión de estos riesgos climáticos. Apoyamos en la instalación de sistemas de alerta temprana, acompañamos la planificación para la adaptación en los sectores agrícolas e hídricos, promovemos la restauración y protección de ecosistemas para fortalecer su función amortiguadora ante desastres, calculamos las inversiones necesarias para que los países puedan hacer frente al cambio climático a largo plazo, y en caso de un desastre, apoyamos la reconstrucción de las sociedades, con un enfoque social y de derechos humanos.

El Acuerdo de París ha sido ratificado por suficientes países que juntos contribuyen más del 55% de las emisiones globales de efecto invernadero, y entrará en vigor el 4 de noviembre de este año. En el momento de su aprobación en diciembre de 2015, nadie podría haber imaginado tanta celeridad en el proceso de ratificación. Esto demuestra la voluntad global para hacer frente el reto del cambio climático. Un tema particular es la necesidad de encontrar esquemas que mitiguen o compensen las pérdidas y daños de los países más afectados – los fenómenos de El Niño y la Niña, y la temporada de huracanes en el Caribe son un recordatorio de la urgencia de tomar medidas preventivas y profundizar en la gestión del riesgo climático.

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