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La última legua de erradicación de la pobreza

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 Solo una nueva generación de políticas publicas y la acción concertada de toda la sociedad pueden achicar la legua de la erradicación de pobreza. Foto: Mauricio Martínez/PNUD El Salvador

Los últimos datos sugieren que la “última legua” de erradicación de la pobreza en América Latina y el Caribe no es ni tan “última” ni tan “legua”. Durante el periodo de mayor dinamismo económico en la región (2004-2013), salían de la pobreza cerca de 6,8 millones de personas al año. Ese nivel de reducción es significativamente menor hoy y a una tasa negativa de crecimiento económico regional, se sumarán más bien nuevos hogares a la pobreza este año. Nuestra “legua” se estira en el horizonte. Pero, parafraseando a Eduardo Galeano, el horizonte nos hace caminar.

A futuro, la erradicación de la pobreza implicará mayores esfuerzos para su reducción o amortiguamiento. Tan importante como reducir la pobreza y la exclusión será sostener los logros en el tiempo. Para ello, el mundo, y también la región, requieren pasar de un modelo fragmentado de política pública (que hace trabajar a sobretiempo a las transferencias sociales) a un modelo multidimensional (donde se combinan transferencias sociales con instrumentos de protección social y de inserción laboral) y que posicione firmemente un mercado laboral dinámico, un desarrollo territorial armónico y una canasta de bienestar multidimensional, más allá del vivir por debajo o por encima de la línea de pobreza.

El bienestar no se agota en el ingreso. El bienestar subjetivo, la capacidad de tomar decisiones autónomas, la educación de calidad, la salud a lo largo del ciclo de vida, una comunidad segura y el empoderamiento ciudadano son tan importantes como el ingreso. Las mediciones multidimensionales de pobreza en el mundo que describen 10 indicadores de carencia aguda, sugieren que cerca de 26 millones de personas de la región sufren de carencias múltiples. Si en la medición multidimensional se emplean indicadores que guardan mayor coherencia con el nivel de desarrollo de la región, incluido el ingreso per cápita, el número de personas en pobreza multidimensional alcanzaría a cerca de 159 millones de latinoamericanos, es decir, casi 24 millones de personas más que según la línea de pobreza de ingreso de 4 dólares al día, según los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

En el mediano plazo, importan más las transiciones de estratos de la población que los datos puntuales de ingreso. ¿Qué hace con que la gente salga de situaciones de pobreza crónica a la clase media, pasando por la vulnerabilidad (las mujeres y hombres que ni son clasificados como pobres ni han logrado ascender a la clase media)? ¿Y qué impide los retrocesos? De hecho, en nuestro próximo Informe de Desarrollo Humano sobre Progreso Multidimensional en América Latina y el Caribe compartimos “canastas de progreso multidimensional” asociadas a estas transiciones entre los que privilegiamos las capacidades laborales, la tenencia de activos físicos y financieros, el acceso a la protección social y combatir las exclusiones más duras que requieren de acción afirmativa y una agenda explicita de no-discriminación y empoderamiento.

Nuestra región obtuvo importantes logros con la gestión de transferencias sociales en la última década, pero a futuro no bastarán estas para los retos de resiliencia y erradicación de la pobreza. Para lograr el Objetivo de Desarrollo Sostenible número uno (de poner fin a la pobreza) necesitaremos trabajar sobre 25 o 30 indicadores de bienestar entre los que se encuentran todos los indicadores de pobreza multidimensional y los que identificamos en nuestras canastas de progreso multidimensional.

Detrás de lo observable en encuestas de hogares se encuentran retos más estructurales, vinculados a cambios en relaciones de poder: cambios en las relaciones de género, que restringen la inserción laboral formal de la mujer, la economía del cuidado y la desactivación de la violencia contra la mujer y la familia; cambios en el uso de recursos naturales, que inhibe la salida del patrón extractivista de baja productividad, con sobre-dependencia de ciclos de commodities externos; cambios en el desarrollo territorial, para fomentar un proceso armónico de construcción de vivienda y transporte hechos a la medida de personas y del ecosistema en el que vivimos.

Mas-de-lo mismo —en crecimiento económico— no achicará la última legua. Nuevas estimaciones del PNUD muestran que aunque retorne el ritmo de crecimiento económico a alrededor de 3% a la región, los ritmos de reducción de pobreza se mantendrán muy por debajo del ritmo más dinámico de la década (3,5 millones por año versus 6,8 millones por año). Cuando utilizamos los pronósticos de crecimiento del FMI para 2015, estimamos un aumento neto de cerca de 1,4 millones de personas.

Esta mirada del progreso multidimensional, más allá del crecimiento económico que, por sí solo no necesariamente mejora la vida de todas las personas, es fundamental para las políticas públicas en la era del desarrollo sostenible. Solo una nueva generación de políticas públicas y la acción concertada de toda la sociedad pueden achicar la legua de la erradicación de pobreza.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro - El País.

George Gray América Latina y el Caribe Desarrollo sostenible Reducción de la pobreza y la desigualdad Trabajo y medios de vida

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