• El consumo te consume | George Gray Molina

    10 ene 2014

    Mujer en una industria en México
    Casimira Sánchez prepara piezas de equipo de gimnasio en una planta en la ciudad de México. Un programa del PNUD para fortalecer las pequeñas y medianas empresas aumentó su acceso a nueva tecnología de mercado. Foto: Luis Acosta / AFP para el PNUD

    El escritor F. Scott Fitzgerald decía del alcohol: “primero, te tomas un trago, luego el trago se toma un trago, luego el trago te toma a ti”. Lo mismo podríamos decir sobre el consumo. En particular, sobre el consumo conspicuo, que busca y genera estatus y reconocimiento social.

    Primero, algunos datos. El consumo es el motor de las economías latinoamericanas. Contabiliza el 59% del PIB en Brasil, 66%  en Mexico, 69% en Chile, 77% en  Honduras y 88% en República Dominicana.  No solo que pesa mucho, sino que es el dínamo de crecimiento en la región. Durante la última década –a pesar de vaivenes de crecimiento– el consumo se mantuvo a flote. Contabiliza hoy más de dos tercios del crecimiento económico de Brasil, de México y de Chile del último año.

    El consumo también redundó en una significativa reducción de la pobreza y la emergencia de estratos medios en la región. El medio emergente se debe a mercados laborales dinámicos, a su vez alimentados por consumo de estos mismos estratos. Hoy, el grupo más grande de la población en la región ya no es “pobre” en el sentido estadístico, sino “vulnerable”, inserto en mercados laborales precarios pero con más ingreso y más poder adquisitivo que antes.

    Segundo, una preocupación. El consumo está íntimamente ligado a condiciones de alta liquidez, crédito fácil y endeudamiento de los hogares. La deuda acumulada por los hogares se disparó en toda la región. De acuerdo a datos de Morgan Stanley, los hogares chilenos tienen una deuda equivalente a más del 60% de su ingreso disponible.

    Noticias del “fin del boom latinoamericano” son prematuras, pero la caída de los precios de commodities ya es innegable. La depreciación gradual de nuestras monedas, aumentos en las tasas de interés y pérdida de reservas internacionales son parte de un proceso de amortiguamiento de este declive.

    Desde el enfoque de desarrollo humano, lo que más preocupa es el impacto sobre la pobreza. Los mecanismos de desaceleración tienden a empezar en los mercados financieros (el crédito se va contrayendo) y toman un tiempo hasta afectar sectores líderes de la economía real (construcción, materiales de construcción) que eventualmente redundan en bajones de consumo y caídas en empleo.

    Los impactos, por supuesto, trascienden lo material. Una encuesta en EEUU preguntaba a una muestra de individuos cuales son los temas sobre los cuales “prefieren no hablar” con alguien que acaban de conocer: el “monto de mi deuda en la tarjeta de crédito” es el mayor tema tabú con un 81%. Estoy convencido que los resultados de una encuesta semejante en América Latina no daría para tanto. Sin embargo, la deificación del dinero fácil preocupa; en estos tiempos turbulentos, que el consumo no nos consuma.

    Cuéntanos: ¿Cómo cambian los hábitos de consumo cuando las sociedades progresan y qué impacto tienen en el desarrollo?