Hilando fino contra la pobreza


En diversas comunidades de Puno, decenas de familias criadoras de alpacas suri están revalorizando la fibra de este camélido. Foto: PPD del GEF/PNUD.

En el distrito de Pichacani-Laraqueri, 17 organizaciones de más de 300 artesanas generan mejores ingresos gracias a su trabajo con fibra de alpaca suri de color.

Nilda, Agustina y Teófila, al frente de un grupo de veinte señoras joviales, nos reciben con una lluvia de picapica amarillo que –afirman– atrae la buena suerte. Representan de alguna manera a las 17 organizaciones que repartidas por los alrededores agrupan a más de 300 artesanas del distrito de Pichacani-Laraqueri. Esta localidad de la zona aimara cercana al Lago Titicaca, en Puno, ha sido incluida en la iniciativa de rescatar de la extinción a las alpacas suri de color. Para el Programa de Pequeñas Donaciones del PNUD, cumple con los cuatro requisitos mínimos que se exigen: gozar de una cierta organización, tener talleres de artesanos, poseer alpacas de color y contar con el compromiso del municipio de apoyar el proyecto con una contrapartida, que no necesariamente tiene que ser monetaria.

“El entusiasmo que le ponemos a las cosas nos ha permitido superar dificultades”, dice Pascuala Ventura Humire. Ella es artesana y regidora, siempre en ese orden. Viste con el clásico bombín altiplánico de la zona aimara, ojotas en los pies y una chaqueta en tonos naturales que ella misma diseñó y tejió. No se ha casado ni ha tenido hijos, pero ha criado a un sobrino que la llama mamá.

Aspectos Destacados

  • Son 300 artesanas las que participan en este proyecto.
  • La localidad de Pichacani-Laraqueri forma parte del proyecto de protección de la alpaca suri.

“Hoy en día no tenemos los ingresos suficientes para garantizar la vestimenta, la salud y la educación de nuestros hijos. Queremos que la artesanía nos ayude en eso”, afirma Pascuala, en medio de un local de dos pisos que gracias a su gestión se ha implementado como centro artesano.

Chalinas, chompas, chales, chullos: todo un abecedario con la “ch” es producido y vendido en la tienda de seis por cuatro metros de la planta baja. En el segundo piso, ocho mujeres y hombres reciben en un gran salón su clase diaria de telar. En el segundo piso, al igual que Pascuala, todos creen en el futuro de esta actividad. Es una gran esperanza en sus vidas.

Una esperanza que se repite en varias localidades: en las altas pampas de Huaccochullo, cientos de alpacas corren diminutas y lejanas entre el cerro que corona el horizonte y una gran laguna o cocha que, a la distancia, parece congelada. Agustina Quispe, sentada en una pequeña ladera, nos regala una historia:

“Huallca las protege”, comenta mirando el rebaño. “Huallca es aquel cerro. Es el dueño de las alpacas de estas pampas. Nosotras sólo las cuidamos”.

Un mito aimara cuenta que las alpacas nacieron de los ojos de agua, de los bofedales y lagunas como la que tenemos enfrente. El mundo no era uno, sino dos: el inferior y el superior. En el primero pastaban grandes rebaños de alpacas bajo la atenta mirada de la hija del apu, el dios de la montaña, dueño y protector de las majadas. Cuando la joven se casó con un pastor del mundo superior, ambos viajaron hacia allá llevando a todas las alpacas. Al cabo de un tiempo, sin embargo, el pastor se desentendió de una cría que le había prometido al apu cuidar. La hija del dios de la montaña, espantada, juntó al rebaño y huyó al mundo inferior. Pocas fueron las alpacas que el joven logró retener. Según el mito, éstas son las que continúan pastando bajo la mirada protectora de cerros como el Huallca.

Y, claro, de Agustina, quien junto con sus compañeras artesanas está salvando a las alpacas suri gracias a una iniciativa que les brinda desarrollo a sus familias.

La historia en imágenes