Científicos y pobladores del sur unidos por la tortuga golfina

La comunidad de El Venado se organiza en brigadas para recoger los huevos de tortuga y cultivarlos en viveros
La comunidad de El Venado se organiza en brigadas para recoger los huevos de tortuga y cultivarlos en viveros

Cada año a principio de septiembre, el sur de Honduras es testigo de la llegada de cientos de tortugas que se adentran en el Golfo del Fonseca para desovar. En su breve visita, a las playas de la región, cada una de ellas dejará entre 80 y 120 huevos que 45 días más tarde eclosionarán.

Pero a pesar del elevado número de huevos, las tortugas que llegan a adultas es escaso. Constantemente los nidos son atacados por animales, impidiendo que muchas de ellas lleguen siquiera a nacer. Las que sí lo hacen y logran atravesar la arena de la playa, han de superar una larga travesía en el mar llena de obstáculos entre ellos aves y peces, lo que hace que sólo unas cuantas consigan salir del Golfo.

Destacado

  • La tortuga golfina, se ha convertido en un símbolo de identidad
  • La población se organiza en brigadas para recoger los huevos abandonados
  • Cada tortuga deja entre 80 y 120 huevos; Con hogueras calientan la arena que hace las veces de incubadora
  • El evento se ha convertido en un acontecimiento científico y turístico

La acción de los depredadores a los que se suma los seres humanos, han sido las principales causas de la drástica reducción de la población de tortuga en el Golfo de Fonseca. La caza de este reptil para el consumo de su carne, la comercialización de los huevos y la muerte del animal al quedar atrapado en las redes de pescadores, son acciones que ponen en peligro la supervivencia de esta especie.

Símbolo de identidad

La tortuga golfina, se ha convertido en un símbolo de identidad de las comunidades costeras del sur de Honduras y su protección se ha hecho indispensable para intentar revertir el proceso de extinción. Para detener esta tragedia, los habitantes de El Venado, Punta Ratón, Cedeño y Boca del Río Viejo, comunidades situadas en el municipio de Marcovia, Choluteca, se organizan en auténticas brigadas para patrullar las playas y recoger los huevos que las tortugas abandonan a su suerte, trasladándolos a unos viveros que vigilan 24 horas al día, a la espera de que nazcan las nuevas tortugas del golfo.

En El Venado, esta vigilancia se hace desde hace más de 20 años, cuando se dieron cuenta “de que ya apenas venían tortugas a desovar”, explica Enrique Vijil, presidente fiscalizador del Comité de Protección de la Tortuga Golfina.

Esta actividad comunitaria nació de manera espontánea; durante años se reunían en una choza de palos de madera y lona, hasta que el Programa de Pequeñas Donaciones (PPD), que impulsa el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF, siglas en inglés) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), apoyó a la comunidad para construir el edificio actual. Con un monto inicial de 28.000 dólares, el Comité construyó las instalaciones actuales, y, posteriormente, a través de otro proyecto del PPD, con 20.000 dólares equiparon el Centro de Investigación.

De esta manera, el Comité de Protección de la Tortuga Golfina fue tomando forma hasta que finalmente fue reconocido como organización ambiental en el año 2007. Su presidente, Nerys Zelaya, explica que “su finalidad era proteger esta especie y concienciar a la comunidad sobre su desaparición y la necesaria protección”.

No hay datos exactos que ofrezcan un panorama real de la situación de la tortuga en el Golfo, pero actualmente divisar cinco o seis tortugas en una noche es una buena cifra; “antes, en los años setenta, podían llegar 80 o 100 tortugas a las playas de El Venado cada noche a desovar”, recuerda Vijil.

Preocupados por su extinción, la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente (SERNA), decretó el pasado uno de septiembre, 25 días de veda, durante los cuales estaba prohibido consumir y comercializar los huevos de tortugas.

Durante estos días, los pescadores y los habitantes de la zona se encargan de que la normativa se cumpla a rajatabla. “En otras comunidades, llegan policías o militares para hacer que la ley se cumpla, pero aquí en El Venado no hace falta, porque hemos logrado concienciar a la comunidad”, dice orgulloso Vijil.

“Se hacen dos turnos cada día. Uno de seis de la tarde a 12 de la noche y otro hasta las seis de la mañana”, explicó Zelaya. Con walkies-talkies en mano, los voluntarios comunitarios caminan en grupos de tres o cuatro, en busca de huellas de tortuga. El ritual siempre es el mismo: seguirlas hasta que cavan el nido, recoger los huevos cuidadosamente y enterrarlos en los viveros.

“Aún sin equipamiento científico, hemos encontrado la manera de que el huevo de tortuga madure, porque para ello necesita calor”, comentó Zelaya. “Hacemos una hoguera y ponemos la arena caliente en los viveros. Hemos inventado una especie de incubadora natural”, expresó el Presidente del Comité encargado de la protección de la tortuga.

La parte de investigación corre a cargo de la ONG ProTECTOR, organización dedicada a proteger la tortuga en Honduras. Su fundador y presidente, el biólogo marino de la Universidad de Loma Linda (California), Stephen G. Dunbar, acude cada año a El Venado para rastrear los movimientos de las tortugas, averiguar a dónde van y establecer vínculos genéticos entre ellas.

“Es muy importante que la población esté comprometida con la protección de la tortuga, pero a la vez tiene que haber un trabajo de investigación paralelo, porque si descubrimos que las tortugas recién nacidas mueren en playas a  cinco kilómetros de aquí, los esfuerzos serían en vano”, precisó el biólogo.

Es por ello que cada año Dunbar coloca un trasmisor satelital en el caparazón de alguna tortuga que llega a la playa a desovar. Así puede saber su recorrido. “Hemos rastreado una que llegó hasta Costa Rica”, aseguró. A las demás, se les saca sangre para extraer el código genético y se fotografían y marcan con una placa para poder identificarlas cuando lleguen a otra playa.

Turismo ecológico.

Durante el mes y medio de desove  y en el momento de trasladar a las miles de tortugas recién nacidas al mar, el Centro de Investigación de la Tortuga Golfina se convierte en punto de referencia para estudiantes, investigadores y voluntarios nacionales y extranjeros, que llegan para colaborar con la protección de la tortuga.

El Centro de Investigación ofrece alojamiento en sus siete camas, hamacas y tiendas de campaña, así como alimentación. Con todo ello, en la actualidad cada año dan alojamiento a unos 170 turistas y eso les ayuda a seguir financiando este  útil proyecto.

Sin embargo, el Comité apunta más alto y ya ha iniciado una remodelación para tener agua potable y ampliar el número de habitaciones. “Tenemos mucho potencial turístico”, afirma Zelaya, “podemos ofrecer tours para contemplar aves y delfines y ver los manglares, tenemos playa y un bonito entorno”, dice el presidente del comité, quien aclara que pueden “ofrecer actividades turísticas y medioambientales más allá de la época de tortuga”.

Pero mientras el proyecto turístico se desarrolla, los comprometidos miembros del Comité seguirán saliendo cada día a las seis de la tarde para comenzar su jornada de recogida de huevos de tortuga. Una lucha contra la extinción de una especie que no sólo es de interés comunitario, sino también nacional e internacional.